domingo, 22 de octubre de 2017

Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales


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Serie II  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Serie  III  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Serie IV  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Serie V  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Una buena parte de la imagen popular de los orígenes de la España contemporánea proceden de esta magna empresa de Benito Pérez Galdós, su recreación novelada. Su éxito entre el público se mantuvo hasta nuestros días, a través de cambiantes regímenes y modas ideológicas más o menos efímeras. Y eso a pesar de que Galdós no renuncia en ningún momento a enunciar sus propios principios y planteamientos: nacionalismo, liberalismo progresista y republicano, un anticlericalismo moderado aunque patente… Todo ello en absoluto limita su enorme interés literario e histórico, al contrario: advertimos sus tomas de partido, sus filias y sus fobias, como facetas que enriquecen nuestro acercamiento a la época, aunque no las comportamos. Pero quizás resulte más útil releer al maestro Julián Marías, en su artículo La clave de los Episodios Nacionales, publicado en ABC en 1987:

«Acabo de terminar la lectura ―relectura en gran parte― de los cuarenta y seis volúmenes de los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós. Los he leído seguidos y por su orden. La impresión que producen así es considerablemente diferente de la que viene de una lectura fragmentaria y a salto de mata. Debo adelantar que, salvo una decepción final de la que será menester hablar, pocas veces he tenido mayor placer literario, o he sentido mayor admiración por un novelista. Sorprenderá que diga esto a propósito de los Episodios, que suelen ser desestimados incluso por los devotos de Galdós (…) Los Episodios Nacionales suelen verse más como una crónica de tres cuartos de siglos de la historia de España, desde Trafalgar hasta los primeros tiempos de la Restauración. Sin duda son esto, con un valor asombroso, salvo contadas excepciones. Pero lo que los Episodios son, antes que otra cosa, es una maravillosa serie de novelas. Desiguales, ciertamente, pero casi siempre con enorme talento de novelista y de historiador a la vez.

»Galdós era un escritor fecundo y rapidísimo. Solía poner al final de sus libros las fechas de composición: la mayoría de los tomos de los Episodios fueron escritos en dos, tres, rara vez cuatro meses. Y sorprende la extraordinaria documentación que los respalda; no sólo la propiamente histórica, sino la geográfica de innumerables lugares, ciudades, pueblos, montes, ríos, llanuras, puertos de montaña o de mar; y la que corresponde a los oficios y a los diversos estratos de la sociedad: desde los conventos hasta la técnica de los cereros o de los pescadores. Los diez tomos de la primera serie y los diez de la segunda se escribieron entre 1873 y 1879, aunque parezca increíble; luego viene la gran interrupción, en que Galdós se dedica a la novela contemporánea, y en 1898 ―después de Misericordia, que es de 1897― reanuda la publicación de las series tercera y cuarta, veinte volúmenes hasta 1907. Por último, la serie final, incompleta, seis tomos entre 1907 y 1912. Hay diferencias importantes. Primero escribe Galdós de épocas no vividas por él (nació en 1843), imaginadas, reconstruidas, recreadas; en la cuarta serie empiezan a funcionar los recuerdos personales, la experiencia propia; la final, tan distintas de las anteriores, sobre todo los tres últimos volúmenes, se refiere a lo que Galdós vivió como adulto.

»Antes de empezar a escribir los Episodios Nacionales, ya en 1870, concibe Galdós la posibilidad ―y la conveniencia― de la gran empresa. Su novela La Fontana de Oro lleva un brevísimo prólogo, fechado en diciembre de ese año. Dice así: “Los hechos históricos o novelescos contados en este libro se refieren a uno de los períodos de turbación política y social más graves e interesantes en la gran época de reorganización que principió en 1812 y no parece próxima a terminar todavía. Mucho después de escrito el libro, pues sólo sus últimas páginas son posteriores a la revolución de septiembre, me ha parecido de alguna oportunidad en los días que atravesamos, por la relación que pudiera encontrarse entre muchos sucesos aquí referidos y algo de lo que hoy pasa; relación nacida sin duda de la semejanza que la crisis actual tiene con el memorable período de 1820-23. Esta es la principal de las razones que me ha inducido a publicarlo.” (...)

»Galdós era excepcionalmente inteligente. Su espontaneidad como escritor, su aparente descuido, su atención a los detalles cotidianos, incluso a los que se refieren a la comida, su trivialidad frecuente ―en general, y salvo “caídas” personales, justificada porque narra formas triviales de la vida―, todo eso ha hecho que con frecuencia se pase por alto su perspicacia, la hondura de su visión, la profundidad de los personajes. Hay una líneas en Montes de Oca, escritas en 1900, donde aparece la justificación de los Episodios como forma literaria y, si no me equivoco, mucho más: una comprensión profunda de la condición de la vida humana. Galdós dice así: “No hay acontecimiento privado en el cual no encontremos, buscándolo bien, un cabo que tenga enlace más o menos remoto con las cosas que llamamos públicas. No hay sucesos histórico que interese profundamente si no aparece en él un hilo que vaya a parar a la vida afectiva.”

»¿Qué quiere decir esto? Galdós comprende lo que es la circunstancialidad de la vida humana; lo privado, lo que se refiere a las personas como tales, no se reduce a ellas, sino que lleva a la realidad social, colectiva, pública, en que están insertas, de cuya sustancia están hechas. Es ilusorio el utopismo, y cuando se intenta por el escritor, las figuras humanas quedan mutiladas, paradójicamente menos personales. Pero, al mismo tiempo, descubre Galdós, casi sin darse cuenta, el carácter dramático de la vida, tanto individual como colectiva. Ningún suceso histórico interesa profundamente ―dice Galdós― si no está referido a la vida afectiva, es decir a la realidad palpitante, estremecida, de las vidas singulares; dicho con otras palabras, si no le pasa a alguien.

»Lo colectivo como tal no interesa, no conmueve, no apasiona; a última hora no es inteligible, carece de sentido, nos deja indiferentes. Es menester la proyección en vidas concretas, insustituibles, para que sintamos interés y para que podamos, simplemente, entender. Este es el error de muchos historiadores, muy especialmente en nuestra época, que olvidan que la historia está realizada por hombres y mujeres, es decir, por vidas individuales, aunque lo que resulta de sus acciones vaya más allá de ellas, de sus voluntades, de sus propósitos, hasta de lo que habían imaginado. Por eso la España del siglo XIX se comprende incomparablemente en los Episodios Nacionales: en ellos se ve que todo lo que sucedió entre 1805 y 1880 le pasó a alguien, a los personajes históricos tomados como personajes de ficción, mezclados con los que no eran más que eso (quizás Unamuno diría “nada menos que eso.”)

»Quiérese decir que unos y otros están imaginados, vistos por dentro, entrelazados además. Eso es, precisamente, la verdad histórica: los personajes “históricos”, famosos, han vivido con ―a veces para― los otros, los que no aparecen en los libros, los que han vivido solamente sus vidas privadas. Y por eso Galdós tiene que crear un fabuloso mundo de personajes de ficción, un asombroso mundo novelesco.»


lunes, 2 de octubre de 2017

Andrés Giménez Soler, Don Jaime de Aragón último conde de Urgel

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La historia en ocasiones parece no tanto repetirse como reiterar situaciones, que luego se resuelven de manera diversa. El rey de Aragón Martín el Humano fallece tras la muerte de sus descendientes directos, hijo y nieto. En sus últimos meses de vida intenta resolver el problema mediante la convocatoria de una junta con representantes de todos los reinos, incluso de Sicilia, «y que esta junta, examinados los derechos de cada pretendiente, teniendo a la vista los testamentos y codicilos de los reyes anteriores, declarara el legitimo heredero.» No llegó a buen término, y sólo durante el consiguiente interregno se resolverá de un modo parejo con el conocido Compromiso de Caspe. Y aunque Jaime de Aragón, conde de Urgel, había estado muy próximo al viejo rey, será preterido, y el nuevo rey será el infante y regente de Castilla, Fernando de Antequera. Tras dudarlo, Don Jaime acaba por prestarle juramento, pero poco después encabeza la rebelión que había venido preparando tiempo atrás. Concita apoyos diversos entre los descontentos de Aragón, Cataluña…, gestiona el apoyo de tropas francesas e inglesas… Pero buena parte de la población y las instituciones mantienen su fidelidad al rey legítimo, también en Cataluña, aunque de allí procedían los dos únicos votos que obtuvo en Caspe. La sublevación finalizará con la toma de Balaguer.

Andrés Giménez Soler (1869-1938), de quien ya comunicamos su excelente La Edad Media en la Corona de Aragón, confeccionó esta breve biografía y la acompañó de un interesante aparato documental que se prolonga en el tiempo hasta el fallecimiento de su protagonista. Como ejemplo veamos la Carta comunicando a los reinos la nueva de la rendición:

«Promens. be creem vos sie manifest com començam entrar per nostres regnes e terres venint a la ciutat de Leyda per reverencia de Deu del qual tots bens procehexen nos havem piadosament vers Jayme durgell no solament perdonantli tots crims e excessos que tro aquella jornada hagues comesos ans entenents aquell proseguir de moltes gracias e favors pero lo dit Jacme oblidant la naturalesa e feeltat per les quals a nos era estret no tement Deu ans exalat de superbia ha assaiat offendre en diverses maneres nostra magestat donant dampnatges infinits per la sua escandalosa superbia a nostres sostmesos e vassalls e rebellant en moltes maneres contra nos. Mas Deu tot poderos que no consent que la verga del peccador longament estigue sobre la sort del just ha aplanada la altesa de la sua superbia. Car venints nos a la ciutat de Balaguer on lo dit Jacme e altres complices seus eren environam e assetiam la dita ciutat ab la nostra benaventurada host carregantlos incessantment ab diverses linatges de invasions no sens gran renom e fama de nostre molt car oncle lo duch de Gandia comtes barons nobles cavallers e altres gentils homens axide nostres regnes e terres com del regne de Castella aci en nostre servey residents. E ara a la perfi nostre senyor Jhesu Crist a suplicacio de la humil verge Maria en los quals es tota nostra sperança e devocio singular no volents la mort dels peccadors obrils via de salud ço es que vuy data de la present lo dit Jacme ensemps ab ses muller mare e germanes e altres es vengut a nos e ab los genolls en terra nos ha demanat misericordia ens ha soplicat li volguessem perdonar. E nos per reverencia de nostre senyor Deu e de la sua molt gloriosa mare havem usat vers ell mes de misericordia que de justicia rigurosa car havemli perdonade les penes de mort de mutilacio de membres e exil perpetual de nostres regnes e terres, semblantment a les dites muller mare e germanes sues e altres de la dita ciutat havem perdonat les dites mort exil e mutilacio e encara detencio de preso de ses persones exceptats los qui entrevingueren en la mort del Arquebisbe de Saragoça. Pero lo dit Jacme havem posat sots guardia e custodia feels. Perque sabents de cert que de aquestes coses haurets plaer aquelles agotx vos manifestam eus trametem lo feel de nostra cambra..... exhibidor de la present. Dada en lo siti de Balaguer sots nostre segell secret a XXXI dias doctubre del any MCCCCXIII. Rex Fernandus.»

Una visión romántica y decimonónica:
José Mª Tamburini y Dalmau, El Conde de Urgel en poder de los hombres del rey Fernando de Antequera.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Juan Luis Vives, Tratado del socorro de los pobres

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Comunicamos hoy otra obra del autor de los Diálogos o Linguæ Latinæ Exercitatio. Pero el humanista Juan Luis Vives fue también innovador en el campo del pensamiento social con su De subventione pauperum. José Vicente Gómez Bayarri, en su Vigencia actual de la obra del humanista valenciano Juan Luis Vives (Revista Valenciana d'Estudis Autonòmics, 60, 2015: 5-55) lo expone así: «En este tratado, nuestro humanista se plantea y analiza la problemática de la beneficencia como función social y está considerado como un monumento pragmático de la sociología de la época y una obra precursora de muchas de las ideas de la sociología moderna e, incluso, algunas de sus propuestas tienen de vigencia en el mundo actual. Es un verdadero ensayo sobre la organización municipal o estatal de la beneficencia pública con el objetivo primordial de remediar la pobreza, no valiéndose sólo de la limosna sino acudiendo a otras medidas que las instituciones públicas y privadas deben poner al servicio de la sociedad para atajar la plaga del pauperismo. Vives en De subventione pauperum interpreta, según Marcel Bataillon, el espíritu de las ciudades que empezaban a tener conciencia de la necesidad de organizar la beneficencia pública y los deseos de una reforma de orden intelectual, moral y religiosa que encarna perfectamente nuestro pensador, a la vez que su mentalidad puritana y laboriosa concuerda con las aspiraciones de ciertos sectores de la ciudad de Brujas que soñaban en la prosperidad por medio del trabajo. Su sentido social de la vida municipal le llevó a identificarse con los regidores que aspiraban a poner ciertos intereses particulares al servicio del bien común de los ciudadanos.»

Por su parte, Víctor Lillo Castañ, en su artículo Un reformista en la corte de los Austrias: sobre el autor de Omníbona, una utopía castellana anónima del siglo XVI (Studia Aurea, 10, 2016: 105-129), se refería así a la obra que presentamos, a la que considera una de las fuentes de la que estudia. Dice así: «Las reformas que acabamos de exponer guardan un evidente parecido con el De subventione pauperum (1526) de Juan Luis Vives, tratado en el que el humanista valenciano abogaba por acabar con la mendicidad. Vives censuraba a los que, pudiendo trabajar, preferían pedir limosna por las calles y las iglesias, proponía censar a los pobres que vivían en sus casas, y que aquellos que pudieran trabajar pero no supieran ningún oficio recibieran instrucción de forma gratuita. El plan asistencial de Vives desplazaba a la Iglesia del papel que tradicionalmente había desempeñado en la beneficencia; la tarea de recolectar y distribuir el dinero entre los pobres recaía ahora en los consejos municipales, encargados de la correcta administración de los hospitales y las casas de acogida (...)

»El De subventione pauperum no estuvo exento de polémica. En una carta fechada en agosto de 1527, Vives confesaba a su amigo Cranevelt que Nicolas de Bureau había “atacado con fortísimas críticas mi librito sobre los pobres. Lo declara herético y fautor de la facción luterana; parece ser que amenaza con denunciarlo”. Aunque no sabemos con certeza qué motivó esta airada reacción, Bataillon sugiere que podría deberse a que Bureau era un fraile franciscano y que, al pertenecer a una orden mendicante, no debió ver con muy buenos ojos las propuestas de Vives. A pesar de que el humanista valenciano se mostrara sorprendido ante tal acusación, pues admite que se esmeró en no ofender a nadie con su tratado, lo cierto es que el De subventione pauperum estaba destinado a levantar ampollas. En 1530, cuatro años después de su publicación se escuchan ecos de la misma polémica en Ypres donde “representantes de las cuatro órdenes mendicantes (...), denunciaban los estatutos reformistas de la ciudad” (Santolaria) que prohibían la mendicidad y apostaban por secularizar las ayudas a los pobres, al considerar que estaban basados en la doctrina luterana.

»Pero, dejando de lado la comprensible oposición de las órdenes mendicantes, ¿había motivos para considerar que las reformas del De subventione pauperum (...) eran de cuño luterano? El tratado de Vives, como se ha señalado, era mucho más revolucionario por su fondo que por su forma —en vano buscaremos en sus páginas ataque alguno a los frailes mendicantes, aunque en parte fuera por ahí por donde le vinieran las críticas—. En palabras de Bataillon, “el tema que abordaba —la extinción del pauperismo, como dirá el siglo XIX— desde luego tenía el alcance suficiente como para poner en tela de juicio la estructura económica de la sociedad al mismo tiempo que la moral” (Bataillon). El opúsculo del valenciano, además, coincidía en lo esencial con las medidas en contra de la mendicidad aprobadas unos años antes en Wittenberg (1522), Altemburg (1522) o Leising (1523) “cuyas ordenanzas de pobres habían sido inspiradas por adalides del luteranismo (…) como Andreas Carlstadt, Wenzel Lick o el mismo Lutero” (Pérez García). A pesar de estas coincidencias, no me atrevería a tildar de luterano el De subventione pauperum. Creo, con Michele Fatica, más sensato suponer que tanto Lutero como Vives participan de una mentalidad común, la de una clase media urbana que busca soluciones nuevas y radicales al problema inveterado de la pobreza.»

Jacques Callot, Mendigos, talla dulce y aguafuerte, 1622

viernes, 15 de septiembre de 2017

Cornelio Nepote, Vidas de los varones ilustres

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Nacido en el norte de Italia, Cornelio Nepote vivió en la agitada Roma del siglo I a. de C.: las agitadas crisis finales de la República, las guerras civiles, los triunviratos, Julio César… hasta la definitiva asunción del poder por parte de Octavio. Al igual que otros, parece que nuestro autor sorteó los excesivos riesgos de la vida pública en su época renunciando a los cargos políticos propios de un equites romano, para así dedicarse exclusivamente a la vida literaria. No faltan las referencias a nuestros autor por parte de sus contemporáneos: Cátulo, Plinio el Joven, Cicerón…, y de los autores posteriores, lo que nos permite conocer un buen número de títulos de su abundante obra.

Y, sin embargo, de toda ella sólo ha sobrevivido una pequeña parte de sus Vidas de los varones ilustres, casi un siglo anterior a las de Plutarco, que reproducirá y desarrollará su planteamiento. Nace así el género de la biografía política, que tendrá ilustres autores posteriores. Sin embargo Nepote ha sido considerado habitualmente un autor menor, ante lo que Ana Isabel Martín Ferreira, en un artículo reciente (Cornelio Nepote: revisión de un clásico a través de su público, Minerva. Revista de Filología Clásica, 18 (2005), pp. 117-136), lo reivindica así: «es innegable, al menos en el estado actual de la documentación existente… que el modelo biográfico seguido por el de Queronea se basa en el de Nepote, quien, a la postre, fue el primero en fijar un esquema basado en la presentación por parejas en sus biografías, un griego frente a un romano, dejando así a la libertad del lector la extracción de conclusiones fruto de la comparación de ambos.»

La obra estuvo compuesta por dieciséis libros, dedicados a narrar la vida de reyes, generales, oradores, jurisconsultos, filósofos, historiadores, poetas y gramáticos, tanto griegos como romanos, con la inserción de personajes de otros países; en la parte conservada, un persa y dos cartagineses. Ha llegado a nosotros el libro III, dedicado a los grandes generales extranjeros, que posiblemente, según la autora que citamos, «tuvo una difusión independiente, o al menos así fue publicado hacia el 34 o 35 a. C., aunque conoció una segunda edición anterior al 27 a. C., que contó con los añadidos de las vidas de Dátames, Amílcar y Aníbal, pues anteriormente sólo se habían biografiado personajes griegos, preferentemente figuras del período clásico. Por desgracia no conservamos el correlato correspondiente a los generales romanos.» Son en total veintitrés vidas, entre las que se encuentran, además de las citadas, las de Milcíades, Temístocles, Alcibíades, Epaminondas… Del libro XV, dedicado a los historiadores romanos, se conservan las muy interesantes de Catón y Pomponio Ático, este último espejo en que parece mirarse el autor.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Zacarías García Villada, Paleografía Española


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«Esta pérdida es toda la vida mía, toda la ingrata y afanosa labor de veintinueve años (...)¿Quién había de decir que en pleno siglo XX no había de tener uno reposo y seguridad suficientes para la investigación, y había de verse obligado a ocultar los materiales, arrancados a los archivos para la construcción de un edificio histórico, por temor a que los abrasasen aquellos mismos que alardean de querer formar una sociedad más humana, más culta y más civilizada? ¡Escarnio de los tiempos y de la verdadera ciencia!» Así se lamentaba Zacarías García Villada (1879-1936) del incendio provocado del 11 de mayo de 1931, que había destruido su archivo y biblioteca. Ya hemos comunicado otras obras suyas: su Metodología y crítica histórica, y El destino de España en la historia universal. Hoy aportaremos una de sus obras mayores, su Paleografía Española (1923). Desgraciadamente, la destrucción de su archivo (más de treinta mil fichas) le impidió concluir la obra de conjunto sobre la diplomática española en la que venía trabajando. Pocos años después, cuando España llega a la orilla donde ríen los locos (Sender) tendrá lugar su prematura muerte, asesinado en Madrid el 1 de octubre de 1936.

El profesor Fernando de Lasala publicó en 1996 un artículo en el que hace la semblanza de nuestro autor, «historiador, paleógrafo y diplomatista», de donde entresacamos algunos párrafos: «Después de muchos sudores, había publicado un tratado de Paleografía Española (1923). Conocía los logros alcanzados por investigadores no españoles acerca de la escritura visigótica. No había sucedido lo mismo en España. La Paleografía, como las ciencias históricas en general, había quedado casi olvidada por parte de los estudiosos españoles. Con la honrosa excepción de J. Muñoz y Rivero, quien el año 1881 había publicado un manual, e incluso lo había editado nuevamente en 1889. Pero, después de Muñoz y Rivero, nada consistente se había editado en España sobre cuestiones paleográficas. Por otra parte, aquella obra había caducado en algunos aspectos, en especial en lo referente las reproducciones de los manuscritos (…) Los facsímiles de manuscritos presentados por García Villada en su Paleografía Española constituyen, todavía hoy, una expresiva colección, utilísima para el estudio de la escritura latina en la Península Ibérica, especialmente en lo que se refiere a los códices y documentos en letra visigótica. García Villada afirma en su tratado que la escritura había sido inventada por los hombres con la finalidad de transmitir sus hechos y sus pensamientos a las generaciones venideras. Apoyado en esta tesis, concede más valor al contenido de los escritos que a la tipología de las escrituras. Siendo toda escritura vehículo de un contenido, la meta fundamental de sus investigaciones y de su método didáctico es la correcta interpretación de las fuentes.»

Ahora bien, su fructífera labor se realiza desde un talante nacional, cuando no nacionalista, propio y característico de su tiempo: «Apasionado investigador de lo visigodo, lo hace convencido de que, de ese modo, estudia las raíces de España, tan necesitada entonces de recuperar su sentido histórico y su identidad como nación. Está convencido de que las raíces del destino histórico de España se fraguaron, preferentemente, en León y Castilla, es decir, en las tierras del centro de la Península. De ahí su pasión por el fenómeno del visigotismo. Esta perspectiva histórica sobre España era una de las tendencias entonces dominantes (...) Concebía a España dentro de un paradigma histórico peculiar en donde se unían elementos sociales, políticos y religiosos: una nación que había rebrotado de la Reconquista, de la lucha contra los invasores musulmanes, iniciada en los viejos reinos de Asturias y de León (...) La Hispania romana, unificada bajo la monarquía visigótica toledana, había alcanzado cimas de unidad social y religiosa. En el discurso de recepción en la Academia de la Historia, recordaba el jesuita que, durante la época de la dominación musulmana, los escritorios cenobíticos continuaron dedicándose a copiar libros litúrgicos, canónicos, ascéticos y tal cual clásico. El mérito principal de estos centros estriba en haber elevado a su perfección el tipo de letra nacional, o sea la escritura llamada visigótica, mozárabe y toledana, y el haber contribuido a crear esa ornamentación que en el paisaje, en la indumentaria y en el perfil de los personajes ―tales como se manifiestan en las Biblias catalanas y en los Comentarios al Apocalipsis de San Beato de Liébana―, revela un influjo marcadamente oriental.»

viernes, 1 de septiembre de 2017

Platón, Las Leyes

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Francisco Lisi, inicia su pormenorizado estudio a la obra que nos ocupa de este modo: «Las Leyes son una de las obras más complejas y difíciles del Corpus Platonicum. Su extensión y la diversidad de sus temas, así como el estilo en que están tratados ―con numerosas y extensas digresiones que aparentemente no conducen a ninguna parte― han hecho que algunos intérpretes consideraran que su exposición ordenada constituía de por sí un tema digno de publicación. En efecto, no sólo es el diálogo más extenso de Platón, ya que supera en dos libros a su otro proyecto político, la República, sino el que supone, además, los más exhaustivos estudios: historia, teoría política, educación, códigos penales, sistemas constitucionales, teología, física, medicina, etc. Es el intento más antiguo que ha llegado hasta nosotros de organizar el sistema jurídico de acuerdo con principios racionales. En una palabra, se trata, sin lugar a dudas, de su obra más inmediatamente relacionada con su época y con la realidad social en la que fue escrita. No obstante, a pesar de ser quizás el escrito más significativo del filósofo ateniense, la atención que ha merecido por parte de la investigación no es sino menor. Se la considera una obra inconclusa, contradictoria, de un estilo imperfecto, algo que sostienen incluso aquellos que defienden el valor del diálogo. Es más, existen aún hoy quienes ponen en duda su autenticidad.»

Por su parte, en su clásica Historia de la Filosofía (volumen I. Grecia y Roma), Guillermo Fraile escribe: «En Las Leyes, diálogo de vejez, vuelve Platón a tratar ampliamente el tema político. Es una obra bastante desordenada, en la que se reflejan las experiencias de toda su vida. A sus tristes fracasos de Sicilia se añaden las derrotas de Atenas por Esparta en la guerra del Peloponeso, y después, de Esparta por Tebas en Leutra (371) y Mantinea (362). Platón demuestra un conocimiento exacto no sólo de las constituciones de Atenas, Esparta y Creta, sino de las de otros muchos países, como Egipto y Persia. La inspiración de Las Leyes es en el fondo idéntica a la de la República, pero Platón atenúa su idealismo y se atiene más a la realidad. Al poder personal omnímodo del monarca ideal, cuya razón era una norma flexible superior a la de la ley, sustituye la dictadura de la ley. “Un estado en que la ley depende del capricho del soberano, y por sí misma no tiene fuerza, está a mi juicio muy cerca de su ruina. En cambio, donde la ley es señor sobre los señores, y éstos son sus servidores, allí veo florecer la dicha y prosperidad que los dioses otorgan a los Estados.”

»Platón propone una forma de gobierno mixta, en que se combinan monarquía y democracia. El poder lo ejercen treinta y siete guardianes de la ley, elegidos por voto popular y universal de las cuatro clases de ciudadanos. La edad para ser elegidos es de cincuenta a sesenta años, y permanecerán en sus funciones hasta los setenta. El Consejo de la ciudad constará de trescientos sesenta miembros, de los cuales corresponderán noventa a cada clase social. Platón describe minuciosamente una multitud de funcionarios estatales, encargados de oficios administrativos secundarios (…)

»Describe una ciudad de carácter esencialmente agrario. Deberá estar compuesta por un número de familias no superior a cinco mil cuarenta, cifra que da una división exacta por los cincuenta y nueve primeros números, a cada una de las cuales corresponderá una casa con un lote de tierras indivisible y enajenable (…) Las tierras permanecen como propiedad del Estado, pero su explotación se hará no en común, sino en particular. Los cabezas de familias poseedores de los lotes sólo podrán dejarlos en herencia a uno de sus hijos. Nadie podrá poseer privadamente oro ni plata. La vida económica será esencialmente agrícola; solamente se permitirá el comercio exterior por razones de orden militar o para mantener las buenas relaciones con otras ciudades vecinas.»

Papyrus Oxyrhynchus 23, s. III, fragmento del lib IX de Las Leyes

viernes, 25 de agosto de 2017

Baltasar Gracián, El Político Don Fernando el Católico

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Alberto Montaner Frutos se refería así a la obra que nos ocupa hace unos años, en la obra colectiva Baltasar Gracián: Estado de la cuestión y nuevas perspectivas (Zaragoza 2001): «Reducir la maquina toda de la razón de Estado al breve termino y confín de una faltriquera era proeza reservada solo a quien surcaba el proceloso piélago literario gobernándose por el norte de una conceptuosa concisión con despuntes de agudeza. Frente a la extensión de los más célebres tratados políticos de la Contrarreforma, léanse el Tratado del príncipe cristiano (1595) o el De rege et regis institutione (1599) de sus hermanos de religión Rivadaneira y Mariana (558 pp. in 4º y 372 pp. in 8º, respectivamente), o el aun mayor bulto de Les six livres de la Republique (1576) de Bodino (759 pp. in fol.), Baltasar Gracián cifra una reflexión política de hondo calado en un tomito en dieciseisavo que vio por primera vez la luz en 1640 (a la sazón camuflado bajo el nombre de su hermano Lorenzo, para eludir —sin mucho éxito a la postre— la censura de sus superiores.»

Y más adelante: «Lo primero que salta a la vista es que Gracián se desentiende casi por completo del origen del poder político, en lo que no está solo: “no se preguntaran de ordinario nuestros autores qué es el poder y, en cambio, toda su preocupación irá hacia cómo se adquiere y se conserva. [...] Esto explica por que, en tan gran medida, la ciencia política del XVII adquiere un carácter de técnica o si se quiere de arte que nos dice cómo hemos de manipular las cosas si queremos lograr de ellas un resultado determinado» [Maravall]. Así pues, para Gracián, la política no es un saber histórico o jurídico sobre la naturaleza y las formas del poder, sino una disciplina práctica centrada en los modos de ejercitarlo sin perderlo; en suma, un arte de la razón de Estado (…) Como puede observarse en El Político, Gracián, sin optar por el pactismo, tan característico de la doctrina aragonesa coetánea, tampoco se apoya en la concepción de una monarquía absoluta por la gracia de Dios, como demuestra, entre otras cosas, su falta de empacho en poner como modelo de grandes gobernantes, no sólo a los siempre admisibles reyes de la Antigüedad, sino a los sultanes otomanos y mongoles, por más que tuviese la catolicidad por condición indispensable para alcanzar la primacía entre los soberanos. Su concepción del poder (como la que tiene de la moral) es básicamente laica, pero, si insiste en la importancia de descender de una familia afortunada, no es para poner el énfasis en la legitimación dinástica, sino en la capacitación del sujeto.»

Y finaliza refiriéndose otra vez a «la diferencia de volumen entre la obrita de Gracián y los grandes pilares de la tratadística política del periodo. Si, como entonces apuntaba, ello no es ajeno al ideal de brevedad expresado en un aforismo gracianesco bien conocido, también se ha de buscar la diferencia en una distinta orientación de fondo. Las obras citadas al principio y otros celebres textos del momento (el Leviathan, 1651, de Hobbes o la Politique, 1679-1709, de Bossuet) pretenden describir de modo bastante sistemático el edificio todo de la república, empezando por los cimientos mismos del poder político: el origen y alcance de la potestad real. Son obras de conjunto, explicaciones globales, algunas de ellas tan ambiciosas en sus planes como lo era la propia monarquía absoluta cuya justificación trascendental pretendían. No es este el caso de Gracián, que en ésta, como en sus demás obras, no aspira a la construcción de un sistema, sino a elaborar una reflexión mucho más cercana al quehacer cotidiano, desde una postura de filósofo político y moral que —no nos engañemos— tiene en su caso mucho más que ver con la pragmática que con la ética, sin renunciar, no obstante, a ésta (...) Por continuar con la metáfora propuesta al comienzo, frente a las cosmografías de un Mariana o un Bodino, Gracián ofrece ante todo un arte de navegar: no aspira a determinar la naturaleza misma de los meteoros, sino a explicar cómo mantenerse al resguardo de la costa cuando el leveche sopla por sotavento y empuja el bajel contra los arrecifes.»