viernes, 21 de julio de 2017

William Morris, Noticias de Ninguna Parte

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Completamos nuestra selección de utopías con Noticias de Ninguna Parte, o Una era de reposo, publicada por un maduro y afamado en tantos campos William Morris (1834-1896). Ha pasado medio siglo desde el Viaje por Icaria de Étienne Cabet, medio siglo repleto de cambios: el triunfo aparentemente definitivo del liberalismo, la segunda revolución industrial, el reparto del mundo entre un puñado de potencias imperialistas… Es la Belle Époque, henchida de convencimiento en el progreso ilimitado de la humanidad, de un optimismo tal que fácilmente deriva en un patente complejo (europeo) de superioridad. Las transformaciones de todo tipo parecen tan benéficas como irreversibles, pero no faltan voces ―aunque sean minoritarias― que se esfuerzan en desvelar el revés de la trama, desde contrapuestas posturas socialistas, católicas, extraeuropeas…, y que proponen diversos revolucionarios futuros o variopintos pasados idealizados, todas ellos tan hijos de su época como la sociedad a la que se oponen.

William Morris es un ejemplo redondo de ello. Con una maestría y prestigio indiscutidos en las artes aplicadas, se ha constituido en uno de los introductores del socialismo en Inglaterra, aunque su protagonismo en el campo político naufragará en los enfrentamientos entre marxistas y anarquistas. En la obra que presentamos Morris se esforzará en describir una sociedad futura ideal. En la mejor tradición del género, el punto de partida es la desaparición de la propiedad privada, con la consiguiente eliminación de las clases sociales y de cualquier tipo de conflicto. Pero a ello le añade la decisiva erradicación del Estado, y con él de las instituciones liberales: no existe gobierno, y el Parlamento de Londres ha sido convertido en el mercado de estiércol. Y del mismo modo se han eliminado las cárceles, los colegios y el matrimonio. Estamos, por tanto, en una sociedad plenamente anarquista. Pero Morris va más lejos: el maquinismo, la industria, el ferrocarril, las grandes ciudades, los mismos avances tecnológicos, también se volatizan, dejando espacio a una sociedad agrícola y artesanal cuyos individuos se realizan en l'obra ben feta, que diría Xènius, en el trabajo predominantemente manual.

Quizás este aspecto hizo especialmente sugestivo (pero limitado en eficacia) su planteamiento. Gilbert Keith Chesterton, pocos años después, en 1904, tomará esta vuelta al pasado como base de El Napoleón de Notting Hill; y más tarde, y de modo más riguroso, en El regreso de Don Quijote (1927). Y así mismo en el proyecto político distributista que pondrá en marcha junto con Hilaire Belloc. Sin embargo, Chesterton no deja de advertir lo que considera «el punto débil de William Morris como reformista: que pretende reformar la vida moderna cuando la odiaba en vez de amarla. El Londres moderno es ciertamente una bestia lo bastante grande y lo bastante negra como para ser la gran bestia del Apocalipsis, con un millón de ojos encendidos y rugiendo con un millón de voces. Pero a menos que el poeta pueda amar a este monstruo tal como es, y pueda sentir, con algún grado de generosa excitación, su gigantesca y misteriosa alegría de vivir, la escala inmensa de su anatomía de hierro y el latido atronador de su corazón, no podrá transformar a la bestia en el príncipe encantado. La desventaja de Morris consistía en que no era en realidad un hijo del siglo XIX: no podía entender dónde radicaba la fascinación de ese siglo.»

¿Y después de Morris? Se olvidará la esencia persistente de las utopías, el hecho de que están en ninguna parte, y se las quiere construir tanto en sociedades autoritarias como en sociedades abiertas, con el consiguiente resultado: el siglo XX. Podemos dejar correr la imaginación y suponer a un veinteañero Pol Pot leyendo esta novela en París, al filo de 1950, y acumulando convicciones de rechazo del mundo moderno… Es lógico, por tanto, que el género se transmute insensiblemente en distopía, como ya se vislumbraba en El Talón de Hierro, de Jack London (1908), al centrarse exclusivamente en la época previa al triunfo de la fraternidad humana… Pero la primera distopía auténtica será Nosotros, de Zamiatín (1921), a la que siguen las espléndidas Un Mundo feliz (1932) de Huxley La guerra de las salamandras (1936) de Čapek, y 1984 de Orwell, publicada en 1949. Un intento de volver a la utopía clásica, aunque para este lector su lectura resulta tremendamente distópica e ilustradora del presente, es Walden Dos (1948) de Skinner.


viernes, 14 de julio de 2017

Concilio III de Toledo

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En 1989, XIV centenario del acontecimiento que hoy nos ocupa, sintetizaba así José Orlandis su significado histórico: «Desde aquel Concilio III de Toledo, tan lejano en el tiempo, y hasta una época relativamente próxima a nosotros, el cristianismo católico constituyó un elemento esencial de la personalidad nacional española. La fe era el vínculo que aproximaba e imprimía un sello común a todo un mosaico de pueblos sobre los cuales el medio geográfico y los particularismos históricos, la lengua y hasta la insolidaridad temperamental, operaban como poderosas fuerzas centrífugas. Esta unidad de fe creó la conciencia de una radical comunidad de destino, que no sólo se mantuvo incólume durante la dominación islámica, sino que animó la secular empresa del reencuentro de la España perdida, que fue la epopeya de la Reconquista.

»En el Concilio III de Toledo quedó sellada la unidad espiritual de España, mediante la conversión al catolicismo de la población arriana de la Península. Este elemento germánico, descendiente de los invasores visigodos y suevos, constituía una reducida minoría en comparación con la masa de la población hispanoromana que, salvo escasas excepciones, era católica a mediados del siglo VI. Pero los godos, aunque inferiores en número, tenían un considerable peso social, porque integraban el estamento aristocrático-militar, principal detentador del poder político, del cual salieron todos los monarcas que ocuparon el trono del reino visigodo español. Durante largo tiempo, el dualismo religioso apareció como la lógica consecuencia del dualismo étnico y social: los hispano-romanos eran católicos, los godos eran arrianos, y la diversidad de confesiones constituía un importante y deseado hecho diferencial. Este planteamiento fue desechado como ideal político desde la hora en que Leovigildo comenzó a reinar en la España visigoda.

»Leovigildo ―uno de los grandes hacedores de esa España que los visigodos inventaron y construyeron― tuvo la aspiración de fundir en un único pueblo los dos elementos romano y germánico que integraban la población hispana. Esa habría de ser la unitaria base demográfica de la gran Monarquía que extendiera su autoridad soberana por todas las tierras de la Península Ibérica. Pero Leovigildo tenía el convencimiento de que tan solo sobre el firme fundamento de la unidad confesional podría asentarse una sólida unidad nacional y política. Tal fue la razón de que el primer intento de unificación religiosa de los españoles haya sido obra de Leovigildo y que ese intento fuera bajo signo arriano, aunque se tratara de un arrianismo mitigado y diluido con importantes concesiones doctrinales y disciplinares a los católicos, la tentativa de Leovigildo se saldó con un rotundo fracaso; pero la unida religiosa no tardaría en llegar: la lleva feliz término su hijo y sucesor, Recaredo, y fue la unidad católica española.

»En la primavera del año 586, fallecido el rey Leovigildo, Recaredo le sucedió pacíficamente en el trono visigodo. Es indudable que desde el comienzo mismo del reinado, el nuevo monarca tenía resuelto abrazar la fe católica y tardó poco en cumplir su propósito. Dos años antes de la celebración de Concilio III, a comienzos del 587, Recaredo fue recibido en la Iglesia en calidad de príncipe católico. ¿Cuáles pudieron ser entonces las poderosas razones que determinaron la convocatoria del célebre Concilio Toledano? Un escritor contemporáneo y bien informado ―el cronista Juan de Biclaro― dice que la iniciativa de reunir un magno Sínodo partió de San Leandro de Sevilla y de Eutropio, abad del monasterio Servitano: dos destacados eclesiásticos relacionados con Bizancio conocedores, por tanto, de las tradiciones conciliares del Oriente cristiano. Leandro y Eutropio estimaban que un acontecimiento de tan excepcional trascendencia como era la conversión del pueblo visigodo al catolicismo y su recepción en la Iglesia, merecía celebrarse con la debida solemnidad y en un escenario a la medida de su importancia histórica. Ningún marco más grandioso podía desearse para tal circunstancia que un Sínodo general del episcopado del reino, capaz de rivalizar en brillantez con los prestigiosos concilios que se reunían en tierras del Imperio de Oriente: y ese fue el Concilio III de Toledo.

»En el Concilio Toledano, el papel de Recaredo ―tal como se ha dicho― no fue el de catecúmeno o neoconverso, sino el del monarca ortodoxo que hace la profesión de fe en nombre del pueblo que ha conducido hasta el umbral de la Iglesia. Recaredo había convocado a los obispos a reunirse en asamblea, y en su presencia tuvo lugar la inauguración oficial del Concilio, en la mañana del domingo 8 de mayo del año 589. Las palabras de Recaredo en el aula conciliar, dirigidas al episcopado del reino subrayan el protagonismo del monarca en la conversión de sus súbditos. Godos y suevos eran los dos pueblos que Recaredo ―tras haber sido él mismo iluminado por Dios― había arrancado de las tinieblas de la herejía y ofrendaba ahora a la Santa Iglesia. Presente está aquí ―decía el rey ante los obispos― la ínclita nación de los godos, estimada por doquier por su genuina virilidad, la cual separada antes por la maldad de sus doctores de la fe y la unidad de la Iglesia Católica, ahora, unida a mi de todo corazón, participa plenamente en la comunión de aquella Iglesia. Y allí estaba también presente ―seguía diciendo el rey― la incontable muchedumbre del pueblo de los suevos, que con la ayuda del Cielo sometimos a nuestro reino y que, si por culpa ajena fue sumergida en la herejía, ahora ha sido reconducida por nuestra diligencia al origen de la verdad. Recaredo, promotor de la conversión de sus súbditos, ofrecía a Dios como un santo y expiatorio sacrificio, estos nobilísimos pueblos que por nuestra diligencia han sido ganados para el Señor.

»Conquistador de nuevos pueblos para la Iglesia Católica: ese fue el título con que los obispos aclamaron a Recaredo al final de su discurso: ¿A quién ha concedido Dios un mérito eterno, sino al verdadero y católico rey Recaredo? ¿A quién la corona eterna, sino al verdadero y ortodoxo rey Recaredo? Estas y otras fueron las aclamaciones que brotaron de los labios de los padres conciliares, y que han llegado hasta nosotros a través de las actas del Sínodo. Más aún, Recaredo es presentado como un nuevo apóstol: ¡Merezca recibir el premio apostólico, puesto que ha cumplido el oficio de apóstol!, exclaman los obispos recurriendo a un símil de tradición oriental, pues en el Oriente cristiano se aplicó a los grandes príncipes ―desde el emperador Constantino a Wladimiro de Kiew― que tuvieron un papel importante en la conversión de sus pueblos.

»La asamblea conciliar siguió su curso. Un grupo de eclesiásticos y magnates conversos, en representación de todo el pueblo godo, hicieron la profesión de fe, que luego fue suscrita por ocho antiguos obispos arrianos y cinco varones ilustres de la nobleza visigoda. El concilio promulgó todavía una serie de preceptos sobre disciplina eclesiástica y otros que atribuían a los obispos importantes funciones civiles, articulando el esquema de un sistema de gobierno conjunto de ambos pueblos ―visigodo e hispano-romano―, en el que participaban de modo armónico dignatarios laicos y obispos. Al prelado católico más insigne, san Leandro de Sevilla, correspondió el honor de clausurar el Concilio Toledano con una vibrante homilía de acción de gracias: la Iglesia desbordaba de gozo por la conversión de tantos pueblos, por el nacimiento de tantos nuevos hijos; porque aquellos mismos ―decía Leandro― cuya rudeza nos hacía antaño gemir, son ahora, por razón de su fe, motivo de gozo.

»El Concilio III de Toledo marcó una huella indeleble en la historia religiosa española. Pero su importancia desborda el estricto marco hispánico para alcanzar una dimensión más amplia: católica. La Crónica de Juan de Biclaro traza un sugestivo paralelo entre Recaredo en el Concilio III de Toledo y los grandes emperadores cristianos de Oriente, Constantino y Marciano, que habían reunido los Concilios ecuménicos de Nicea y Calcedonia; y la Crónica contempla el Sínodo toledano, proyectado sobre el horizonte de la Iglesia universal, como el acontecimiento que representaba la definitiva victoria de la Ortodoxia sobre el Arrianismo. Así, a los ojos del más ilustre cronista español contemporáneo, el Concilio aparecía a la vez como el origen de la unidad católica de España y el punto de agotamiento del ciclo vital de la gran herejía trinitaria de la Antigüedad cristiana. Al conmemorar ahora el XIV centenario de su celebración, vale la pena poner de relieve esta doble dimensión religiosa ―española y ecuménica― que tuvo en la historia de la Iglesia el Concilio III de Toledo.»

Del Códice Albeldense.

viernes, 7 de julio de 2017

Julián Ribera, La enseñanza entre los musulmanes españoles

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De Julián Ribera ya hemos comunicado en Clásicos de Historia su Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana, y sus ediciones de la Historia de los jueces de Córdoba de Al-Jušanī, y de la Historia de la conquista de Al-Ándalus de Ibn al-Qutiyya. En otro lugar, sus interesantes conferencias sobre La supresión de los exámenes.

Rafael Altamira, en su Historia de España y de la civilización española, § 182, resumía así la obra que comunicamos ahora, para así exponer las características de la enseñanza andalusí: «No se conoció entre los musulmanes lo que hoy llamamos instrucción pública, es decir, una organización oficial de la enseñanza, pagada por el Estado o por las ciudades, ni aun en la forma rudimentaria de los romanos. Hasta fines del siglo XI no se fundaron universidades o colegios generales en Oriente, empezando por el de Bagdad (1065); pero en España no tomó pie esta innovación, aunque más tarde (en el siglo XIII) la inició en Murcia un rey cristiano, Alfonso el Sabio, creando un colegio musulmán para que un sabio árabe enseñase las ciencias a moros, judíos y cristianos juntamente; ejemplo que copiaron, aunque efímeramente, los árabes de Granada.

»En todo el período que ahora nos ocupa no hubo más enseñanza que la privada, es decir, la que daban, ora gratuitamente, ora mediante paga, los particulares que se dedicaban a esta profesión. Alguna vez hubo califas que pagaron a sabios extranjeros venidos a España y les hicieron dar conferencias o lecciones públicas; pero esto fue temporal, y no respondió a organización reflexiva de la enseñanza. También Alhakam II fundó, como particular y en acto de penitencia, algunas escuelas para enseñar la doctrina a los hijos de los pobres y desvalidos de Córdoba. Tratábase, pues, en este caso, de una manda o legado pío del sultán, y el ejemplo fue seguido en la España árabe por muchos particulares, que fundaron otras para enseñanza de los pobres, con legados de esta clase y sin que interviniese para nada la Administración.

»Si el Estado no intervenía, pues, directamente en la enseñanza, el sacerdocio musulmán la impulsó mucho al principio, especialmente por lo que se refería a la instrucción religiosa, enseñando con gran fervor por todas partes las máximas del Alcorán y las tradiciones de Mahoma: pero más tarde, cuando se hubieron desarrollado las ciencias y se formaron sectas diferentes (aun entre los Ortodoxos), la dominante, que era la de Málik, como sabemos, se hizo muy intolerante, coartando la libertad de los maestros siempre que podía, y en especial de los filósofos que se apartaban de la ortodoxia. Más de una vez se quemaron los libros de éstos y fueron desterrados los profesores, como ya dijimos.

»Pueden distinguirse en la enseñanza musulmana dos grados: el primario y el superior. El primario comprendía, como base, la lectura y escritura del Alcorán, a título de preparación religiosa y gramatical al propio tiempo; uníanse a esto trozos de poesía, ejemplos de composición epistolar, y finalmente elementos de gramática árabe, aprendidos de memoria. La lectura y escritura se enseñaban juntamente, no haciendo que el alumno trazase cada letra en particular, sino imitando las palabras enteras que se les daban por modelo. Para escribir se usaban unas tablillas de madera pulimentada, sobre las que se trazaban los caracteres con un pedazo de caña afilada (cálamo), empapada en tinta. Acabado un ejercicio, se mojaba la tablilla, se borraba lo escrito y servía de nuevo. Muchas veces, la instrucción era gratuita, dándola por puro gusto los maestros. Otras veces eran pagados por los discípulos, costumbre que, andando el tiempo, fue la dominante; a pesar de lo cual, se difundió tanto la lectura, y la escritura en especial, que la mayor parte de los musulmanes españoles sabían leer y escribir, aventajando en esto a las demás naciones europeas.

»La enseñanza superior, como libre que era, no guardaba plan uniforme. Cada maestro enseñaba más o menos cosas, según su cultura o preferencias. Generalmente se empezaba por enseñar las tradiciones religiosas, leyendo párrafos de libros, que explicaba el profesor, y preguntando los alumnos, con toda libertad, cuando no entendían bien una palabra o un razonamiento. La base del estudio era siempre la memoria. Además de las tradiciones, se estudiaban los comentarios del Alcorán, la gramática, el diccionario, la medicina, la filosofía y, sobre todo, la jurisprudencia y la literatura. En punto a jurisprudencia, derivada de la exposición y comentario de las leyes jurídicas del Alcorán, llegó a haber gran número de autores que escribieron tratados, comentarios, compendios, diccionarios, etc. La escuela de Córdoba se hizo famosa.»

Aristóteles enseña astronomía a sus discípulos.

jueves, 29 de junio de 2017

Cristóbal Colón, La Carta de 1493

Sebastiano del Piombo, Cristóbal Colón (1519), Metropolitan Museum de Nueva York

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Ramón Ezquerra Abadía, en la obra colectiva El descubrimiento y la fundación de los reinos ultramarinos hasta fines del siglo XVI (Historia General de España y América, VII, Madrid 1982, pág. 99), describe así la llegada de Colón a España en 1493 tras recalar en Portugal: «Rehusando prudentemente ir a Castilla por tierra, se embarcó Colón el 9 de marzo (de 1493) y el 15 entró en Palos, a las 32 semanas de su partida. Pocas horas después llegó Martín Alonso Pinzón, que había recalado en Bayona de Galicia, desde donde escribió a los reyes, pero se atuvieron a la llegada de Colón. A los pocos días falleció Pinzón, suponéndose por sífilis contraída en las islas descubiertas. La primera noticia del regreso fue la de Pinzón, y la recibieron los reyes en Barcelona. Colón les escribió desde Lisboa o de Palos, o de ambos sitios, y el 30 le contestaron ordenándole ir a Barcelona. Inmediatamente dispusieron que nadie fuera a lo descubierto sin su permiso. La noticia cundió rápidamente (...)

»El descubrimiento se divulgó por la famosa carta de Colón a Santángel ―en otra versión, a Gabriel Sánchez―, fechada el 15 de febrero, cerca de Canarias ―pero por el Diario estaba cerca de las Azores―, y que acompañaba a otra a los reyes, perdida; añadió en Lisboa una postdata a 14 de marzo, día en que ya no estaba allí. En Barcelona se imprimió una edición castellana de la carta ―dirigida al escribano de ración (Santángel)― con muchas erratas, y otra catalana, perdida, y en Roma, Leandro Cosco la tradujo al latín ―dirigida a Sánchez y sólo fecha de 14 de marzo―, imprimiéndose allí y multiplicándose las ediciones latinas por Europa el mismo año y después; en los primeros meses hubo hasta once ediciones; ayudó a tal difusión un poema italiano basado en la carta, por un tal Dati, y una traducción alemana. En esa carta Colón refiere, en tono triunfal, sus descubrimientos, sin revelar su situación, salvo que había llegado a las Indias y supuesto que la isla Juana era el Catay, pero no halló grandes ciudades; exalta las buenas condiciones geográficas de aquellos países, su belleza, la existencia de ricos productos y de oro, el primitivismo y desnudez de los indígenas, su cordial acogida, la facilidad con que se convertirían y la fundación de la villa de la Navidad.

»D(emetrio) Ramos, ante los problemas que suscitan estas cartas y sus contradicciones, como las fechas que Colón escribiera a tales personajes y se dieran a la imprenta, las explica como maniobra publicitaria frente a Portugal, para demostrar que las islas descubiertas estaban en la latitud de Canarias y no muy lejos de éstas, y la facilidad de conversión de sus habitantes; a ello respondería la rarísima edición de Barcelona, pero al recibir la pretensión de Juan II de dividir lo descubierto por el paralelo de Canarias, se haría imprimir en Italia la segunda carta, evitando aquellas aproximaciones a Canarias e insistiendo en la posibilidad de conversión, mientras se tramitaban las bulas (alejandrinas). Ambas cartas serían, en realidad, fragmentos de la enviada a los reyes. (La carta de Colón dando cuenta del descubrimiento en relación con las Islas Canarias y la gestión de la bula de donación, en I Coloquio de Historia Canario-Americana, 1976.)»

Edición latina de Basilea, 1494

martes, 20 de junio de 2017

Enrique Cock, Jornada de Tarazona hecha por Felipe II en 1592

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Hace un tiempo disfrutamos con los Anales del año ochenta y cinco, de Henricum Coquum, excelente ejemplo de humanista sin excesiva fortuna, que a una edad ya madura se vio obligado a compaginar su vocación intelectual con el desempeño de la protección de las reales personas en el cuerpo de Archeros de Borgoña, conocida como la guardia de la cuchilla, por su característica arma. Y apenas ingresado, se vio en la obligación de acompañar a la familia real en su viaje político a las tres capitales de los viejos estados de la Corona de Aragón, con la finalidad de asistir a cortes y de solemnizar matrimonios. El culto holandés llevó a cabo su cometido, pero recogió todo tipo de informaciones sobre las localidades que recorrió, proporcionándonos un cúmulo de informaciones geográficas, históricas, legendarias, y meramente anecdóticas. La obra en que recogió este prolongado viaje corrió manuscrita y copiada hasta ser impresa en 1879.

Otras circunstancias muy distintas motivaron un nuevo viaje de Felipe II a las cortes aragonesas de Tarazona en 1592: las llamados alteraciones del reino de Aragón motivados por la huida de Antonio Pérez y la protección que éste obtiene del joven Justicia Juan de Lanuza, con los alborotos zaragozanos y el desastrado final de su resistencia al rey en Épila. Todos estos sucesos fueron espléndidamente narrados por Lupercio Leonardo de Argensola en su Información de los sucesos del reino de Aragón en los años 1590 y 1591, mostrando una clara lealtad al rey, pero al mismo tiempo una patente independencia de criterio. El rey apenas permaneció una semana residiendo en el palacio episcopal de la ciudad del Moncayo, y Enrique Cock no alude para nada al trasfondo político del viaje. Pero no debemos lamentar esta carencia, ya que a cambio, nos dicen Alfredo Morel-Fatio y Antonio Rodríguez Villa en la introducción a su edición de la obra:

«La Jornada, como los Anales, abunda en cuadros de costumbres, pintados al vivo, y en noticias históricas, etnográficas y estadísticas, tanto más preciosas cuanto que han sido registradas por un testigo ocular. Merecen, entre otras, particular mención las observaciones humorísticas sobre Valladolid y sus habitantes; sobre la avaricia de los regidores y jurados de Palencia; sobre el antiguo comercio de lanas en Burgos y las causas de su decadencia; las repetidas alusiones a los Jesuitas, que por sus industrias buscan lo mejor y más gordo de la tierra; la pintura de la extraordinaria prosperidad y bienestar de los Navarros, que tanto contraste forma con la miseria relativa de los habitantes de las dos Castillas, y finalmente, el dato desconocido referente a la habilidad y exclusiva industria de los vecinos de Torrellas en construir objetos de mobiliario con adornos de taracea, hoy tan estimados como raros. Si alguna vez las descripciones de Cock parecen un poco secas y su narración demasiado rápida, no debe olvidarse lo que el autor nos dice en su prólogo. Habiendo perdido la redacción original de su viaje unos amigos a quienes se la había prestado, escribió de nuevo Cock la que ahora se publica, algunos años después de verificado el viaje, valiéndose de sus primitivos apuntes. Por esta razón no puede pedirse a este relato ni la frescura de las primeras impresiones ni ese género de detalles de que el viajero toma lacónica nota en su cartera, y cuya explicación exacta olvida después de pasado algún tiempo.»

Croquis del itinerario seguido en la Jornada, de mano del propio Cock.

viernes, 9 de junio de 2017

José Echegaray, Recuerdos

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José Echegaray (1832-1916) fue un polifacético personaje que presenta y resume en sí el complejo siglo XIX español, con sus luces y sus sombras; sus éxitos y sus tremendas contradicciones; sus generosos proyectos y sus patentes mezquindades… Nuestro autor fue ingeniero, matemático y físico, académico de la Real de Ciencias y catedrático; economista defensor del librecambismo; político demócrata y radical, y ministro durante el sexenio revolucionario, y más tarde senador; dramaturgo de considerable éxito en su época, miembro de la Real Academia Española y premio Nobel de Literatura… La profesora Josefina Gómez Mendoza lo analizaba recientemente aquí, de donde extraemos algunos significativos párrafos:

«Tenemos la suerte de que el premio Nobel dictara (ya no escribía por su falta de vista) sus Recuerdos a solicitud de Lázaro Galdiano, que se los había pedido para su revista España Moderna en 1894. Parece que empezó desganado y fue ilusionándose hasta confesar que era con lo que más disfrutaba, ya que consistía casi en una conversación consigo mismo. A su muerte, los artículos se recopilaron en tres tomos publicados por Ruiz Hermanos (1917), que es la edición ahora recuperada: el relato llega hasta el desembarco de Amadeo de Saboya en el puerto de Cartagena, acontecimiento del que Echegaray fue singular (y divertido) protagonista, porque estaba en la comitiva de tres ministros que habían ido a buscarlo después del atentado contra Prim. Para la continuación hay que acudir a los artículos que siguió publicando, en este caso en Madrid científico. Algunos de ellos se encuentran también en la Revista de Obras Públicas (...)

»De todos cuantos hemos leído (o releído) en los últimos meses los Recuerdos de Echegaray no conozco a nadie a quien no le hayan entretenido, divertido e ilustrado. Por las circunstancias del personaje, desde luego, pero también porque, de forma hábil, los utiliza para ir contando la historia de la segunda mitad del siglo XIX, llena de acontecimientos, revoluciones y personajes. Como bien ha visto Martín Pereda, es, efectivamente, la historia de una época. Lo interpreta incluso en términos de dramatización buscada: cuando se levanta el telón, la acción alcanza su clímax, para acabar cayendo el telón. Llama, en efecto, la atención hasta qué punto Echegaray juega con el tiempo y con el espacio; él, tan individualista, tendría, dice, una memoria socialista, de modo que todo lo recuerda en su cuadro correspondiente, con sus figuras y su acción formando un todo. Las escenas con sus compañeros de Caminos en la Escuela, como espectador de teatro, o las de las Cortes constituyentes de la revolución, son estampas inolvidables.

»Es más, logra en muchas ocasiones vincular recuerdos particulares a los grandes acontecimientos del siglo, de forma que su biografía queda jalonada por ellos, algunas veces con bastante ironía. Cito algunos de los mejores ejemplos: justo el día de la abdicación de María Cristina y del inicio de la regencia de Espartero, pudo desechar un odiado traje verde de una pieza, con el calzón unido a la chaqueta, en el que era un suplicio saber si se metían antes las manos o las piernas, de modo que para él la libertad siempre estuvo vinculada al progresismo; en otra ocasión volvía de Almería, donde había tenido su primer (y único) destino de ingeniero, cuando quedó paralizado en Aranjuez por la Vicalvarada, y fue él quien, por sus relaciones con un general sublevado, consiguió hacer llegar a todos los viajeros hasta Madrid, lo que le hizo sentirse muy importante; o el momento en que se encontraba en San Juan de Luz con muchas personalidades exiliadas esperando que se decidiera Prim a dar el golpe, y llegó la batalla de Alcolea, se inició la revolución de septiembre y él se encontró como uno de los protagonistas; mejor aún, cuando era un diputado algo apocado en las Cortes Constituyentes y tuvo que intervenir en la sesión en que se discutía la cuestión religiosa, en contra del canónigo integrista Vicente Manterola, que había defendido la unidad religiosa, y justo después del célebre discurso de Castelar [el de Grande es Dios en el Sinaí]: fue entonces cuando pronunció su discurso más famoso, el conocido como el de la trenza y el quemadero (...)

»Más ejemplos: cuando se buscaba rey y los liberales promovían al duque de Montpensier, mal visto por los progresistas por sus connivencias con la dinastía derrocada, a Prim y a Ruiz Zorrilla se les ocurrió para desactivar esa candidatura hacer rey al duque de Génova y casarlo con la hija mayor de Montpensier. Fue a Echegaray al que recurrieron para hacer esas gestiones ya que un antiguo alumno pertenecía a la casa de Montpensier, gestiones que, como era de esperar, fracasaron estrepitosamente. Finalmente, fue Echegaray, cuando era ministro de Fomento, quien, junto con Juan Bautista Topete y José María Beránger, tuvo, tras el atentado contra Prim, que ir a buscar a Amadeo de Saboya a Cartagena, en un viaje en el que le tocó hablar en todas las paradas del tren en su nombre y en el de los otros dos, incluso en Cartagena en nombre del futuro rey, porque este no sabía castellano, lo que el ingeniero disimuló diciendo que estaba afónico. Es uno de los episodios más divertidos de unas memorias que abundan en ellos.

»No creo que hagan falta más ejemplos para permitir otorgar a estos recuerdos de Echegaray un estatuto de episodios nacionales. Muestran, además, una fina ironía y el autor da prueba de la suficiente distancia crítica y sentido del humor como para reírse de sí mismo. Es esa narración de una historia personal al hilo de la de su tiempo lo que hace que los Recuerdos resulten tan amenos. Y lo que justifica que todos los que hablamos de Echegaray quedemos enredados en sus historias y los utilicemos como fuente.»

viernes, 2 de junio de 2017

Aurelio Prudencio Clemente, Peristephanon o Libro de las Coronas

Prudencio en un códice hacia 900
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«Tengo en la actualidad cincuenta y siete años. Se aproxima el fin, y Dios va mostrando a mi ancianidad el día vecino. ¿Qué cosa de provecho he llevado a término en el decurso de un tiempo tan largo? La edad primera la pasé bajo las férulas batientes de los maestros. La mocedad viciosa me enseñó luego a fingir y no pasó inocuamente por mi alma. La insolencia peligrosa y la ostentación provocativa, ¡ay, me avergüenzo y me pesa!, manchó mi juventud con sus inmundicias y su lodo. Luego, los pleitos predispusieron mi alma ya confusa, y la funesta obstinación del triunfo forense me guió en multitud de casos escabrosos. Dos veces goberné ciudades nobles con las riendas de las leyes, e hice justicia, siendo la égida de los buenos y el terror de los malos. Por fin, la liberalidad del príncipe me puso en el escalafón militar, destinándome cerca de sí en un orden próximo a su persona. Mientras la vida me conducía voluntaria por estas vicisitudes, cayó sobre mi cabeza de anciano la canicie, arguyéndome del olvido del viejo cónsul Salia, bajo cuyo consulado nací. Cuántos inviernos hayan pasado y cuántas veces hayan substituido las rosas al hielo de los prados, la nieve de mi cabeza te lo dice.»

Así se presenta a sí mismo, en el Praefatio a sus obras, Aurelio Prudencio Clemente (348-c. 413), natural de Calahorra o de Zaragoza. Martín de Riquer y José María Valverde se refieren así a su Peristephanon o Libro de las Coronas, «colección de himnos dedicados en su mayoría a españoles que habían recibido el martirio. Este libro constituye el monumento más importante de la primitiva poesía latina cristiana y se caracteriza no tan sólo por la belleza de los versos, a veces ampulosos y preciosistas, siempre fervorosos y apasionados, sino también por el hecho de aceptar tradiciones populares que se habían formado en torno de los mártires. Es de suma importancia reparar en este aspecto, insólito en las letras latinas, donde es raro que un poeta culto, extraordinariamente cuidadoso de la forma y sabio en la versificación, deje entrar elementos tradicionales.»

Para valorar el Peristephanon se debe tener en cuenta este múltiple carácter ―literario, religioso, ritual, didáctico...―, y que proporciona más bien información sobre los valores, actitudes y formas de comportamiento en la compleja sociedad tardorromana, en pleno proceso de cambio, que información fidedigna sobre los procesos a los mártires que nos narra. Así, por ejemplo, en una obra reciente (Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente), Peter Brown ejemplifica con un conocido pasaje de la obra que nos ocupa los cambios de valoración de la riqueza y de la pobreza que se afirman en esta época. Y es lógica su utilidad en este sentido, dado el propósito tácito de Prudencio, que hace tiempo resumió así el profesor John Matthews: sus himnos presentan «no otra cosa que una alternativa cristiana al patriotismo cívico del Imperio pagano.» (cit. Por Javier Arce en su Bárbaros y romanos en Hispania).

De otro códice del siglo X con las obras de Prudencio.