viernes, 19 de mayo de 2017

Francisco Pi y Margall, La República de 1873. Apuntes para escribir su historia. Vindicación del autor

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El historiador Ogai el Viejo (según nos fabulaba Rafael Sánchez Ferlosio) tuvo la inmensa fortuna de hallar un antiguo y excelente ejemplo del género denominado testimonio: «Comenzaba con la forma ritual del testimonio: la autopresentación del autor, que lo caracteriza expresamente como relato personal, y, como era igualmente ritual, por la exposición del motivo. Esto último parece deberse a que los primeros testimonios, a partir de los cuales habría de configurarse y fijarse el género, eran confesiones o revelaciones de hechos —que, generalmente, por cualquier circunstancia, habían tenido que permanecer secretos— que se contaban, o dejaban contados, para cuando ya nadie pudiese dudar de ellos, ya sea por falta de beneficio alguno para su autor —debido, por ejemplo, a la muerte—, ya por cualquier otra razón, como el haber cesado el motivo para el secreto, y para que surtiesen algún efecto de justicia, como una reivindicación de inocencia o de buena fama o restauración del honor (…) A veces, sin embargo, el único efecto que buscaba el testimonio era el de producir como verdad ante los demás una versión de los hechos ignorada o, más a menudo, no creída en su día. El no creído escribía para después de su muerte, porque juzgaba que sólo desinterés o indiferencia de difunto podía garantizar y autorizar una verdad como verdad, supuesto que pasión, temor ni empeño alguno podían llevarle ya a preferir una versión mejor que otra.» (El testimonio de Yarfoz)

Políticos y gobernantes siempre han querido (y quieren) dejar constancia de su versión de los acontecimientos, y para ello dispusieron de abundantes y agradecidos propagandistas, artistas y escritores. Pero en la edad contemporánea, al tomar parte fracciones más numerosas de la población en el intrincado juego y teatro del poder, se hace mucho más urgente, necesario, pero también convencional y menos efectivo, el legar a la posteridad, y casi al hilo de los acontecimientos, la que se intenta sea la interpretación ortodoxa de la propia carrera política. Pero al deber competir dicha memoria con otras diferentes y opuestas, resultado de planteamientos diferentes, rivales, e incluso enemigos, ya no tienen sentidos las prevenciones que nos trasmitía Ogai el Viejo, correspondientes a la época de la dinastía de los Catránidas… Parece poco útil (criterio básico en la modernidad) aguardar hasta después de la propia muerte para dar a conocer nuestra verdad. Y resultaría excesiva (a no ser entre los plenamente adoctrinados) la presunción de considerar las memorias de políticos y gobernantes «la verdad sobre aquello».

Un excelente ejemplo es el que presentamos. Francisco Pi y Margall (1824-1901), de quien ya hemos comunicado La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales (1855) y Las nacionalidades (1876). En La República de 1873. Apuntes para escribir su historia, se propone vindicarse ante las acusaciones que se le hacen por la culminación de su carrera política: los breves meses en que concentra un considerable poder primero como ministro de la Gobernación, después como jefe de gobierno, en la confusa república del llamado sexenio democrático, todo él también conflictivo y confuso. Escribe estas memorias cuando todavía subsiste el régimen republicano, aunque ya en manos de una (también confusa) coalición de progresistas, antiguos unionistas y demócratas más o menos cimbrios. Eso sí, sin parlamento y sin convocatoria de elecciones, y con una también confusa variedad de oposiciones: radicales, carlistas, alfonsinos, además de los propios republicanos. Jorge Vilches, en su Progreso y libertad (2001) caracteriza así a nuestro autor:

«Otra tendencia (del republicanismo) fue la que inspiró Pi y Margall, fundada sobre la idea de la emancipación política y social del cuarto estado, las clases trabajadoras, mediante la democracia, la división federal del poder público y las asociaciones obreras, como conjunto garante de la libertad. Este proyecto, federal y socialista, no transigía con ningún partido liberal, y su materialización, en palabras de Pi hasta 1873, no saldría más que de las bayonetas, esto es, del derecho de insurrección. Aunque luego en la República varió tal conclusión y hasta confesó su error, el discurso pimargalliano tuvo como principal resultado los pactos federales de 1869, que llevarían al levantamiento de ese año, al surgimiento de la facción ―que no fracción en este caso― intransigente que contaría sus actividades por insurrecciones durante el reinado de Amadeo I, y finalmente al cantonalismo de 1873. La organización del partido llevada a cabo por Pi y Margall durante ese período dio lugar a que el republicanismo fuera exclusivamente federal pactista o pimargalliano en sus principios teóricos y prácticos. El pactismo, esa construcción de abajo arriba de un sistema federal basado en la autonomía y voluntad individual y local, se convirtió en el proyecto regenerador de la masa federal y de los que se llamaron republicanos intransigentes o de provincias.»

Con La República de 1873, Pi y Margall quiso vindicar su labor de gobierno, justificar su fracaso (y el entonces ya previsible del régimen), a consecuencia no de posibles errores suyos, sino de la conjunción de circunstancias, apresuramientos y traiciones. Y al mismo tiempo, reconfortar a sus seguidores y mantener su fe en un futuro que, necesariamente, ha de ser pactista, sinalagmático, conmutativo y federal. La realidad quedó así justificada, y «el universo usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza», con palabras de Borges referidas a aquellos codiciosos bibliotecarios de Babel que «abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación(…) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero».

viernes, 12 de mayo de 2017

El Corán

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«No es fácil presentar de un modo sistemático la doctrina del Islam, ni tampoco es posible señalar con precisión hasta qué punto estaba ésta definida en los días del Profeta. Mahoma, que no era un espíritu lógico ni tenía una firme base teológica, elaboró su doctrina influido por el cristianismo, el judaísmo y en parte por el parsismo o zoroastrismo, más por aquel que por éstos, adaptando a estas doctrinas algunas tradiciones locales con un cierto oportunismo. Por otra parte, muchas de sus prescripciones religiosas se fueron concretando después de muerto Mahoma.

»La doctrina del Islam y las reglas por las que deben conducirse sus creyentes están en el Corán y en la Sunna. Las predicaciones y revelaciones de Mahoma habían quedado en su mayor parte en la memoria de sus oyentes, y sólo años más tarde fueron recogidas por el cuidado de Omar, bajo el califato de Abu Bakr o durante su propio gobierno. De ello fue encargado Zaid ben Tabit, que había sido secretario de Mahoma. Tras diversas recenciones, el califa Otmán ordenó al mismo secretario que llevara a cabo una edición definitiva (653), y mandó destruir las demás versiones. El Corán así redactado, comprende 114 capítulos o suras, presentadas sin orden alguno metódico ni cronológico. Por otra parte, muchas de sus revelaciones resultan contradictorias, y corresponde a los especialistas el señalar los capítulos vigentes y los abrogados.

»La Sunna es una reunión de tradiciones (hadizes) sobre la conducta de Mahoma en casos concretos, no incluidas entre las revelaciones del Corán. Se formó con noticias recogidas de sus familiares, especialmente de Aixa, la viuda del Profeta. Es una fuente más tardía e impura, y hay toda una ciencia crítica juridicoteológica para precisar los hadizes que deben reputarse como auténticos.» (José María Lacarra, Historia de la Edad Media, tomo I, primera edición 1960).

Por su parte, Daniel Pipes pone de relieve una de las características básicas del libro sagrado del Islam: «El Corán, como la Biblia hebrea y contrariamente a las escrituras cristianas, contiene muchas reglas; aproximadamente la décima parte de los versículos del Corán dan instrucciones a los musulmanes sobre cómo deben actuar, aunque sólo ochenta aproximadamente dan preceptos específicos. Algunos definen asuntos estrictamente religiosos, como el ayuno y la peregrinación; lo que concierne a las mujeres (el matrimonio,el adulterio, el divorcio y su separación de los hombres) tiene gran importancia, como otros aspectos de la vida de familia: la orfandad, la adopción, la herencia, etc. Existen prohibiciones sobre la usura y el juego, así como también restricciones alimenticias y suntuarias. El Corán da instrucciones a los musulmanes sobre los esclavos, los no musulmanes, la guerra, los contratos, el procedimiento judicial, las limosnas y las penas criminales.» (Daniel Pipes, El Islam de ayer a hoy; título original: In the Path of God, 1983.

Final de la sura Maryam, en un manuscrito de la Universidad de Birmingham

viernes, 5 de mayo de 2017

José de Espronceda, El ministerio Mendizábal y otros escritos políticos

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Acabada la segunda guerra mundial se publica en París Cultura y democracia, revista de prestigio y propaganda del Partido Comunista de España en el exilio; naturalmente por entonces es Jorge Semprún Maura uno de sus principales controladores. En abril de 1950 se publica su cuarto número, que contiene un breve artículo titulado Espronceda, su tiempo, su vida y su obra, firmado por F. Ganivet, que interpreta y recicla al viejo revolucionario romántico y liberal según los intereses y objetivos del estalinismo patrio:

«Nacido al comienzo de la Guerra de la Independencia, le vemos a los 15 años fundando con otros compañeros una sociedad secreta: Los Numantinos; condenado a cinco años de reclusión en un convento al descubrirse las actas de la reunión que celebraron a raíz de la cruel tortura y ejecución de Riego, que vieron con sus propios y espantados ojos. En las actas se constata que, después de escuchar a Espronceda, “todos juraron no omitir medio alguno para vengar la muerte de aquel héroe en todos sus autores, comenzando por el más alto”. Le encontramos en libertad mucho antes de cumplir su condena, con un certificado, expedido por el guardián, diciendo haber cumplido ya una parte de aquélla “a su satisfacción, y considerarla tiempo suficiente”... suficiente para haber revuelto de tal modo a los frailes jóvenes con su propaganda revolucionaria que al fraile guardián le faltó tiempo para librarse de su presencia. A los 17 años emigrado en Lisboa; después en Londres y París; aquí le encontramos, a los 23, batiéndose en las barricadas; presto a marchar en una brigada internacional que se intentó formar para liberar a Polonia del yugo del zar de Rusia. Más tarde ayudante del que fuera famoso guerrillero y coronel del ejército en la Guerra de la Independencia, Joaquín de Pablo (Chapalangarra), con la tropa de emigrados que pasaron los Pirineos para luchar en los campos de Vera de Navarra, mientras Torrijos atacaría por el sur, y otra fuerza por Cataluña, acaudillada por Espoz y Mina. Fue una acción heroica, pero infructuosa, contra la reacción fernandina, bajo los pliegues de la bandera tricolor de la República (roja, verde y morada; la actual fue adoptada después de la revolución de 1868). Le hallamos, a la muerte de Fernando VII y acogido a la amnistía, de vuelta en España, con 27 años, capitán de milicianos, fundador y colaborador de los periódicos más avanzados: El Siglo, El Labriego, El Huracán, El Español, que se mantienen en un duelo constante con los gobiernos moderados, sosteniendo en alto la bandera contra la reacción, y planteando los problemas, sobre una plataforma republicana. Le encontramos por los caminos y sierras de España, a caballo, a pie, pasando ríos a nado, para organizar sociedades clandestinas, enlazándolas, orientándolas; después, cerca ya del fin de sus días, secretario de la legación en La Haya; diputado a Cortes, donde da pruebas de sus grandes dotes como político, de su consecuencia como revolucionario demócrata y de su gran capacidad sobre problemas militares, de economía, industria y hacienda e internacionales.

»La vida de Espronceda fue tan tumultuosa como su época, y si se encontró enzarzado en ella y en su avanzada no fue por mero instinto, o por un ímpetu más o menos ciego, nacido de un ardor indefinido por la justicia y la libertad. Las aventuras de Espronceda son las hazañas de un revolucionario demócrata en acción que se ha marcado un objetivo que alcanzar y hacia él orienta su esfuerzo cualesquiera que sean las variadas circunstancias en que se encuentre. Éste es el valor de la vida y la obra de Espronceda. Espronceda veía al pueblo, y no sólo cuando mozo sino después y siempre, no como la plebe, como otros literatos de su tiempo, sino de otra manera. A los 27 años, en un opúsculo dirigido contra el gobierno Mendizábal por sus errores y debilidades, acusaba a éste de “haber marchado a la deriva y de no mirar por la elevación y emancipación de los proletarios”... plantea la necesidad de “acabar con tanto paniaguado, inepto y holgazán”... y “poner coto a las arbitrariedades de los generales”; después de denunciar “la persecución de muchos ciudadanos por sus ideas”... continúa: “A los pueblos no basta decirles que callen; es necesario no darles motivo de hablar; y no es posible que callen los que todo lo han sacrificado por la libertad y ni aun libertad tienen”. Trata a continuación de la devastadora prolongación de la guerra carlista y dice: “En vano se afanará el soldado y prodigará su sangre si el gobierno no hace sentir a los pueblos sublevados los beneficios que ha de reportarles el abandonar a don Carlos, y a todos los de España las ventajas de la libertad con decretos que interesen a las masas populares y las hagan identificarse con la causa que defendemos. Uno de los errores más perjudiciales cometidos el año 1820 fue que nuestros gobernantes no hiciesen aprecio del pueblo que llaman bajo, y que, si no es alto, es porque se le niegan los medios de subir. Precisa interesar las masas populares para terminar la guerra y afirmar la libertad mostrándoles la diferencia que existe entre un pueblo esclavo y miserable y una nación libre y feliz”...

»Espronceda no lucha por la justicia y la libertad en un sentido abstracto; ni se abate pesimistamente ante la carroña y sordidez de la sociedad caduca que le rodea. Combate en todo momento contra las arbitrariedades y el despotismo. Un ejemplo de ello fue su famosa defensa ante los tribunales del periódico El Huracán, suspendido por su campaña contra la monarquía, y del cual era Espronceda asiduo colaborador. Con el apoyo de las masas, entre las que Espronceda gozaba de gran popularidad, consiguió que el periódico continuara su publicación y alcanzar la libertad de su director, contra quien se había incoado proceso. Fue, pues, Espronceda un revolucionario demócrata, partidario de una revolución burguesa que abriese cauce a la industrialización de España, y al desarrollo agrícola y comercial simultánea y complementariamente, y que esta revolución burguesa rematase las medidas ya iniciadas para la extirpación del feudalismo merced a la transformación del régimen de propiedad de la tierra.»

viernes, 28 de abril de 2017

Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, El Federalista. Artículos sobre la constitución de los Estados Unidos

Alexander Hamilton por John Trumbull
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En mayo de 1931 Miguel de Unamuno escribía en su habitual comentario publicado en El Sol, unas reflexiones que hoy, casi un siglo después, continúan siendo actuales: «Hay otro problema que acucia y hasta acongoja a mi patria española, y es de su íntima constitución nacional, el de la unidad nacional, el de si la República ha de ser federal o unitaria. Unitaria no quiere decir, es claro, centralista, y en cuanto a federal, hay que saber que lo que en España se llama por lo común federalismo tiene muy poco del federalismo de The Federalist o New Constitution, de Alejandro Hamilton, Jay y Madison. La República española de 1873 se ahogó en el cantonalismo disociativo. Lo que aquí se llama federar es desfederar, no unir lo que está separado, sino separar lo que está unido. Es de temer que en ciertas regiones, entre ellas mi nativo País Vasco, una federación desfederativa, a la antigua española, dividiera a los ciudadanos de ellas, de esas regiones, en dos clases: los indígenas o nativos y los forasteros o advenedizos, con distintos derechos políticos y hasta civiles. ¡Cuántas veces en estas luchas de regionalismos, me he acordado del heroico Abraham Lincoln y de la tan instructiva guerra de Secesión norteamericana! En que el problema de la esclavitud no fue, como es sabido, sino la ocasión para que se planteara el otro, el gran problema de la constitución nacional y de si una nación hecha por la Historia es una mera sociedad mercantil que se puede rescindir a petición de un parte, o es un organismo.»

Es éste, quizás, un momento oportuno para volver a la obra citada por el rector de Salamanca. Alexander Hamilton (1755-1804) y James Madison (1751-1836) jugaron un papel decisivo de la Convención de Filadelfia (1787) que elaboró la definitiva constitución norteamericana, en sustitución de la vieja y más laxa confederación de diez años atrás. Representaban a Virginia y Nueva York, respectivamente, por lo que ambos aparecerán entre los firmantes del nuevo texto constitucional. Pero la necesidad de lograr su ratificación por los trece estados en medio la polémica y lucha de intereses entre los partidarios y enemigos de un mayor poder central en la joven república, decidió a Hamilton a emprender una serie de artículos para combatir a los críticos, tarea en la que contó con la colaboración de Madison y de John Jay (1745-1829) diplomático (había sido embajador en España) que ocupaba entonces el cargo de secretario de asuntos exteriores. Fueron en total ochenta y cinco entregas, publicadas bajo el seudónimo de Publius principalmente en tres periódicos de Nueva York, aunque reproducidos en otros estados. Su difusión fue grande, y se recogieron en dos volúmenes ya en 1788. Mucho más tarde acabarán siendo conocidos como The Federalist Papers.

El resultado fue la asunción, hasta cierto punta definitiva, del concepto de pueblo (We the People…), que se quiere supere ampliamente al de cada uno de los trece estados. Y será el pueblo norteamericano ―pueblo nacional― el que se revista con una nueva identidad que supera, incluyéndolas, a las de las antiguas trece colonias. El poder central ya no es una mera delegación de los poderes originarios de los estados, con frecuencia dispuestos a reclamar estos o a ignorar aquella, como ha ocurrido frecuentemente por todo el territorio de la república una vez terminada la guerra de Independencia. Ahora culmina el proceso revolucionario: una nueva realidad, el pueblo de los Estados Unidos, es el origen tanto del poder local como del central. Ambos representan esferas o ámbitos complementarios, respetables los dos, pero es cada vez más evidente para todos cuál representa más perfectamente los intereses, la voluntad popular, del pueblo norteamericano. El partido federal de John Adams, Hamilton y Jay ha triunfado plenamente, pero no por mucho tiempo. Su tendencia conservadora y su acercamiento y reconciliación con el Reino Unido, acabarán por restarles apoyos y serán derrotados en el cambio de siglo por los republicanos demócratas de Thomas Jefferson, al que se incorporará Madison. Y como luctuoso final de una época, el 11 de julio de 1804 Alexander Hamilton muere en el duelo con el que se enfrenta a su rival de Nueva York, el también abogado Aaron Burr.

viernes, 21 de abril de 2017

Charles F. Lummis, Los exploradores españoles del siglo XVI

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La obra que presentamos esta semana es un acabado ejemplo de divulgación de combate: el autor se ocupa de una cuestión que considera mal explicada o directamente tergiversada, a causa del desconocimiento en unos casos, y de la animadversión en otros. Ante la ignorancia, la envidia, la malevolencia y otros oscuros propósitos (principalmente políticos) que han generalizado una interpretación errónea y condenatoria de unos hechos, personajes o naciones, el justiciero escritor emprende lo que él mismo percibe como un desigual combate en defensa de los perjudicados, y restituirles así el honor mancillado. Y en muchas ocasiones sus propósitos son plenamente razonables. El problema es que con frecuencia cae en el mismo defecto que critica, mediante una simple inversión de la valoración: los héroes y los villanos de la versión dominante intercambian sus papeles, y la leyenda negra se transforma en leyenda rosa. La historia, que persigue simplemente profundizar en el conocimiento del pasado, continúa enmascarada en una historia-instrumento, herramienta para alcanzar determinados objetivos, que busca imponer una determinada visión sesgada de la realidad. Por ejemplo la mal llamada (y malhadada) memoria histórica.

Charles F. Lummis (1859-1928) fue un interesante intelectual norteamericano de múltiples ocupaciones e intereses: arqueólogo, etnógrafo, historiador, poeta… Y en buena parte de ellas, hispanista que deriva en hispanófilo. Nuestro conocido Rafael Altamira, que lo trató personalmente en Los Ángeles, lo caracteriza así en el prólogo a la versión castellana de la obra que comunicamos: «Lummis tiene tanto corazón como voluntad y cerebro, y es así capaz de sentir el más cálido entusiasmo por todas las cosas del mundo que lo merecen, y capaz también de expresar su sentimiento en palabras que suenan como una poesía. Quien le ha oído hablar de España (yo he tenido esa fortuna) y calificar de bendición de madre algo que de ella procedía, como reconocimiento de la gran labor hispanófila que Lummis ha realizado, sabe bien qué profundo sentido artístico hay en el ama viril y aventurera (sanamente aventurera) del autor de este libro.»

Pero, aunque Altamira celebra la publicación de Los exploradores españoles del siglo XVI, no deja de poner de relieve algunas inconsistencias o errores (y quizás esto sea la causa de que su prólogo desapareciera de algunas de las numerosas ediciones posteriores). Y Altamira concluye: «la manera eficaz de vindicar nuestra historia en todo lo que deba ser vindicado, consiste en saber de ella más y mejor que los que puedan tener, en cualquier momento, interés de contrahacerla, o simplemente carezcan del de mostrarla tal como fue en todos sus aspectos. Mientras nuestro conocimiento de lo que hicimos en cualquier orden de nuestra vida interior o exterior dependa de los libros extraños, nos encontraremos en una enorme inferioridad para intervenir en la polémica. Conquistemos en esto nuestra independencia mediante una persistente labor, y el resto se nos dará por añadidura.»

Pues bien, ¿qué interés conserva hoy este centenario texto? A pesar de que Lummis construye la imagen de los conquistadores españoles a partir de los pioneers del Far West; a pesar de que toma partido por unos (Pizarro, por ejemplo), y critica a otros en los que ve conductas o intenciones torcidas (Hernán Cortés). Y a pesar, lo que resulta más llamativo, de que un defensor de los indios norteamericanos descalifique por principio las culturas precolombinas: «aquellos sorprendentes seres, cuyo imaginado gobierno deja tamañita a cualquiera nación civilizada y moderna, no eran más que indios.» A pesar de todo ello, la obra de Lummis continúa siendo valiosa, tanto por facilitar un primer acercamiento a la exploración y conquista de América, como por constituir una excelente muestra de los enfrentamientos nacionalistas a la hora de imponer la propia interpretación del pasado.

viernes, 14 de abril de 2017

Atanasio de Alejandría, Vida de Antonio

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«En décadas recientes, los historiadores han abandonado la vieja cautela hacia las narraciones de milagros; y ha sido un acierto, puesto que tales narraciones nos dicen, sobre la sociedad no aristocrática y los valores religiosos y culturales, más de lo que podemos saber por las demás fuentes. No suponen una ventana abierta a la sociedad campesina, claro; ningún texto es así y estos, además, casi nunca fueron escritos por campesinos (aunque uno o dos sí lo fueron, como la Vida de Teodoro de Siqueón). Pero son la mejor guía que tenemos y, por muy sometidos al estudio que hayan sido, aun siguen teniendo más cosas que contarnos.» Y es que «los autores cristianos nos dicen más cosas de la mayoría campesina de lo que hicieron jamás los autores paganos. Los campesinos podían convertirse en santos, si eran excepcionales; también eran testigos de los actos notables de los santos y santas rurales, que vivían lejos de las élites urbanas, con lo cual las vidas de santos nos aportan retratos de la sociedad rural que faltan casi por completo en la literatura anterior. A fin de cuentas, los pobres podían ir al cielo con la misma facilidad que los ricos (y en la teoría cristiana, más fácilmente que ellos).» (Chris Wickham, El legado de Roma. Una historia de Europa de 400 a 1000, Barcelona 2013)

Atanasio (296-373), patriarca de Alejandría en Egipto, escribió esta biografía en 357, apenas un año después de la muerte de Antonio, cuando éste era más que centenario. Aunque no el primero, fue uno de los pioneros anacoretas, y será muy pronto denominado padre de los monjes. Hoy tiende a considerarse que no fue esta obra, escrita en griego e inmediatamente traducida al latín, y muy difundida, la que le dio su fama a san Antonio Abad, como acabará siendo conocido. Posiblemente fue al revés: Atanasio, uno de los personajes destacados de la Iglesia del siglo IV, protagonista en los conflictos relacionados con el arrianismo y el poder imperial ―cinco veces desterrado―, y con frecuentes relaciones con los monacoi tan abundantes en el desierto, es la voz autorizada para proporcionar una versión ortodoxa del personaje, que contribuya a la difusión de esta novedosa forma de ascetismo y a la instrucción de los que la practican.

En cuanto a la abundancia de lo prodigioso, los milagros, las apariciones repetidas de demonios (a las que sacaron tanto partido pintores como El Bosco) debemos interpretarlos en función de la época, y en buena medida de la propia influencia pagana. Chris Wickham, en la obra citada, señala como «para la mayoría de los paganos, el aire estaba lleno de poderosos seres espirituales ―daimones, en griego―, que a veces eran bondadosos, pero otras no (...) Para muchos cristianos ―incluidos los autores de nuestras fuentes, desde luego, pero también la gente corriente que aparece en las narraciones de las vidas de santos―, este mundo oculto pasó a ser concebido como claramente dividido en dos: los ángeles, buenos, y los demonios, malos (aun se usaba el término daimones).» Pues bien, en la obra que presentamos se puede observar un esfuerzo por desdramatizar este planteamiento: los demonios son por principio impotentes ante un cristiano, que por tanto no debe temerlos. Esta consideración que podemos atribuir tanto a Antonio como a Atanasio, paradójicamente contribuye, en contra de lo que a veces se suele manifestar, a secularizar la vida romana, tradicionalmente tan empapada de lo sagrado, lo numinoso, que limitaba poderosamente la autonomía personal, y hacía depender en buena medida el día a día del individuo, de la acción de sacrificadores y arúspices.

El Bosco, Tentaciones de San Antonio

viernes, 7 de abril de 2017

Ibn al-Qutiyya (Abenalcotía el Cordobés), Historia de la conquista de Al-Ándalus

Ilustración de Bob de Moor
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María Jesús Viguera Molins se refiere a esta obra como una «compilación seguramente puesta por escrito a mediados del siglo X, a la que se aplica el título de Historia de la conquista de al-Andalus (Tarij Iftitah al-Andalus), recogiendo transmisiones procedentes del gramático, poeta y narrador Muhammad Ibn al-Qutiyya: (“el hijo de la Goda”) Abu Bakr b. Umar b. Abd al-Aziz b. Ibrahim b. Isa b. Muzahim, que llevó también ―como algunos de sus antecesores y descendientes― ese apelativo de el hijo de la Goda, otorgado a los hijos del primer matrimonio de Sara la Goda (al-Qutiyya) con Isa b. Muzahim (m. 136 H./755 d. C.), en principio para distinguirlos de la descendencia de Sara y su segundo marido. Los hechos referidos por Ibn al-Qutiyya se encuentran contrastados y aprovechados por contribuciones sucesivas de la investigación, bien planteadas tanto en el marco general de la historia de España en el siglo VIII, como en el marco concreto relativo a Ibn al-Qutiyya, su familia de ilustres antepasados, entre ellos los witizanos, y su personalidad cultural, carácter y situación de su obra histórica, acerca de este característico sabio andalusí, nacido quizás en Sevilla o ya en Córdoba, en la última decena seguramente del siglo IX, y que murió en Córdoba en 367 de la Hégira 977 d. C.» (La conquista de al-Andalus según Ibn al-Qutiyya, Aljaranda 81, 2011)

Por su parte, María Isabel Fierro había valorado la obra que nos ocupa de este modo: «Ribera y otros investigadores interpretan… que Ibn al-Qutiyya se habría sentido próximo a los muladíes de al-Andalus por sus orígenes hispano-godos: recuérdese que su tatarabuela, Sara la Goda, era nieta del rey visigodo Witiza (…pero más bien) Ibn al-Qutiyya sería un partidario de la integración de las diferentes etnias que coexistían entre los musulmanes de al-Andalus, integración posible a partir de ese elemento común: la religión musulmana. Resumiendo, el contenido del Tarij refleja el punto de vista de un mawlà partidario de los omeyas, y de un ulema con una concepción moralizante de la historia: Ibn al-Qutiyya con su Tarij quiere enseñar que el poder otorgado por Dios a los omeyas en al-Andalus se mantendrá siempre y cuando éstos gobiernen con justicia (para lo cual necesitan rodearse de buenos y fieles consejeros, dar los cargos religiosos a musulmanes de intachable conducta y mantener buenas relaciones con los ulemas) y siempre y cuando sepan poner fin, con los métodos adecuados a cada caso, a las rebeliones de árabes, beréberes y muladíes.» (La obra histórica de Ibn al-Qutiyya, Al-Qantara, X, 1989).