sábado, 29 de marzo de 2014

Jusepe Martínez, Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura

Museo de Zaragoza
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¿Un clásico de la Historia? El zaragozano Jusepe Martínez (c. 1600-1682) fue un excelente pintor barroco que, además, analizó desde el conocimiento, la experiencia y el sentido común las manifestaciones artísticas de su tiempo en sus Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura (redactado hacia 1672; no se publicó hasta el siglo XIX).

Su biografía no es muy diferente a la de cientos de artistas españoles del XVII. Nace hijo de un discreto pintor procedente del norte de Europa, con el que previsiblemente se forma para continuar el oficio. Pasa cuatro años de su juventud en Italia, donde se empapa de las distintas tendencias barrocas, más o menos clasicistas, más o menos naturalistas..., además de estudiar con pasión las obras de los grandes maestros renacentistas. Aunque a veces con distanciamiento: los gustos han cambiado, y a nuestro autor no le convencen demasiado los excesos manieristas. En cualquier caso regresa a su localidad de origen, y establece un taller que pronto disfrutará de considerable prestigio a nivel regional. Se casará, y tendrá un hijo que también será pintor pero que ingresará en la cercana cartuja de Aula Dei. Viajará a Madrid y entrará en contacto con los más destacados representantes del oficio. La posterior estancia de la corte en Zaragoza con ocasión de la guerra de Cataluña le permite estrecharlo; y también con la familia real, y especialmente con don Juan José de Austria. Además recibe el nombramiento honorífico de pintor real. Y, en la plenitud de su madurez, redactará esta obra que nos ocupa.

Para la historia general sus Discursos parecen demasiado nimios o especializados. Sin embargo  resultan valiosos para acercarse al fenómeno de la pasión por el arte (y por la música, y por la literatura) que domina la sociedad del barroco. La nutrida nómina de artistas presentes y pasados testimonia la demanda de obras religiosas, retratos y cuadros de género, para lo que se reservan cuantiosos recursos desde todas las capas sociales. Discurren por la obra los consumidores de arte: compradores que entienden, o que hacen como que entienden... Se manifiesta también la nueva percepción del arte como algo alejado de las artes mecánicas, y eso incluso en el tejido gremial más alejado de los grandes artistas reconocidamente excepcionales. La obra resulta, además, muy amena gracias a la acumulación de anécdotas propias y ajenas. Y junto con errores (El Bosco considerado pintor toledano), hallamos descripciones entusiásticas de las más variadas obras (por ejemplo de algunas góticas, a las que denomina mosaicas), así como veladas y contenidas críticas a artistas como Caravaggio.

Una última referencia (aunque se escape del objetivo de este blog) al retrato doble que acompaña estas líneas. ¿Es un autorretrato de Jusepe Martínez en actitud de retratar a su padre Daniel? Entonces es un retrato de juventud. Pero podría ser una obra de su hijo Jerónimo Jusepe Bautista, antes de profesar en la Cartuja, en actitud de retratar a su padre Jusepe. E incluso podría ser de Jusepe retratando a su hijo en actitud de retratarle. Entonces el cuadro sería de hacia 1665. Pero los dos rostros dan la sensación de ser imágenes reflejadas en un espejo, que se miran, cada una, a sí mismos. Quizás sea (¡la solución más barroca!) un retrato realizado a cuatro manos en la que se juega con la indefinición de los límites entre realidad y representación.

Sí; para este lector tanto el libro como el cuadro son clásicos.


Santa Cecilia, Museo de Zaragoza

miércoles, 26 de marzo de 2014

Polibio, Historia Universal bajo la República Romana

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Polibio de Megalópolis (210-127 a. C.), en Arcadia, culmina junto con Heródoto y Tucídides la tríada de los grandes autores augurales de la Historia. Coincide con ellos en el objetivo de explicar los acontecimientos por sus causas. Es más, interesado en la reflexión sobre su propio trabajo como historiador, extrema el esfuerzo en desentrañar los diferentes factores, distingue las intencionalidades de los intervinientes y subraya la importancia de los grandes personajes. Aunque este planteamiento riguroso no le impide conceder considerable importancia a la intervención de la Fortuna...

Pero si sus antecesores se han centrado en casos concretos (las guerras médicas y las guerras del Peloponeso: griegos contra bárbaros y griegos contra griegos), Polibio persigue una visión-explicación más totalizadora: «... me ha incitado y movido a escribir esta obra... haber notado que ninguno en mis días había emprendido una historia universal... Veía yo al presente historiadores que han descrito guerras particulares y han sabido recoger varios sucesos acaecidos a un mismo tiempo; pero al mismo paso echaba de ver que ninguno, a lo menos que yo sepa, se había tomado la molestia de emprender una serie universal y coordinada de hechos, cuándo y en qué principios se habían originado y cómo habían llegado a su conocimiento». Su intención es redactar una Historia Universal, que se ocupe de los distintos escenarios en torno al Mediterráneo, en Europa, Asia y África, ya que observa que en apenas medio siglo han sido íntimamente concatenados por la acción de Roma. En este sentido esta obra podría ser denominada Conquista del Mediterráneo por Roma.

Ésta es, pues, la clave de la Historia polibiana. La república romana, al salir de Italia, ha iniciado un proceso histórico que, a diferencia de los imperios persa, macedonio o púnico, está llamado a perdurar: «Mas los romanos, al contrario, sujetaron no algunas partes del mundo, sino casi toda la redondez de la tierra, y elevaron su poder a tal altura que los presentes envidiamos ahora y los venideros jamás podrán superarlo.» Nuestro autor ha acuñado la noción de Roma como culminación y fin de la Historia. La propia biografía de Polibio explica este planteamiento: conducido, todavía joven, como rehén a Roma, se integrará a fondo en esta sociedad en expansión. Establecerá fuertes lazos con las élites romanas, y acompañará a Publio Cornelio Escipión Emiliano (de quien había sido tutor) en sus viajes y campañas: la tercera guerra púnica en África, las guerras celtibéricas en Hispania... Manteniendo su cultura superior helenística, se imbuye del espíritu romano y concluirá por ser enviado a Acaya para acelerar su integración en el imperio.

Polibio desarrollará su propio planteamiento cíclico de la Historia a partir de los elaborados por los filósofos: una catástrofe provoca la concentración del poder en un personaje destacado (monarquía), pero algún sucesor abusa de su poder (tiranía), lo que provoca que los nobles le expulsen (aristocracia); los excesos que cometerán sus descendientes (oligarquía) llevará al pueblo a derrocarles (democracia), pero su corrupción (oclocracia) sólo podrá ser combatida por medio de un personaje providencial... Y la historia vuelve a empezar. Roma, sin embargo, ha logrado crear un modelo superador de los cíclos, al aunar los aspectos positivos de cada uno de ellos: «El gobierno de la República Romana estaba refundido en tres cuerpos, y en todos tres tan equilibrados y bien distribuidos los derechos, que nadie, aunque sea romano, podrá decir con certeza si el gobierno es aristocrático, democrático o monárquico. Y con razón; pues si atendemos a la potestad de los cónsules, se dirá que es absolutamente monárquico y real; si a la autoridad del Senado, parecerá aristocrático, y si al poder del pueblo, se juzgará que es Estado popular.»

Desgraciadamente no conservamos íntegra esta obra capital para la historiografía. De los cuarenta libros que la componían, lo están los cinco o seis primeros. De los restantes conservamos fragmentos y citas de otros autores, lo suficientemente abundantes y extensas como para que se haya podido recomponerlo de forma abreviada.


martes, 25 de marzo de 2014

Jordanes, Origen y gestas de los godos

Noble bizantino del s. VI. San Vital de Rávena
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Estamos a mediados del siglo VI, en tiempos de emperador Justiniano, en la época de apogeo de la ciudad real Constantinopla, cabeza de una Romania aparentemente en trance de recuperar su plenitud gracias a las campañas de Belisario y Narsés en Italia, África e Hispania. Jordanes, de origen godo (según otros alano), funcionario civil (para algunos convertido en obispo de Crotona), con seguridad trilingüe godo-latino-griego,  redacta en latín dos compendios en cada uno de los cuales recoge la historia de una de las dos patrias con las que se identifica, la del pueblo romano y la del pueblo godo.

Él mismo nos da alguna información sobre su progenie, una familia latinizada al servicio de diferentes caudillos godos o alanos: «Los esciros, los sardagarios y algunos alanos, con su jefe llamado Candac, recibieron Escitia Menor y la Mesia Inferior. De este Candac fue notario Paria, el padre de mi progenitor Alanoviamut, o sea, mi abuelo, mientras Candac vivió. También yo, Jordanes, aunque no era muy docto, trabajé como notario antes de mi conversión para Guntigis, hijo de la hermana de Candac, a quien también llamaban Baza y era maestro de la milicia, hijo de Andagis, que era, a su vez, hijo de Ándela y descendiente de la estirpe de los Ámalos.» (L, § 265) La ambivalencia del autor entre lo romano y lo godo es patente, y no parece querer renunciar a ninguna de sus raíces. Es quizás la mejor expresión de que el Imperio Romano ha entrado en una nueva etapa, marcada por una evolución que lo transformará, más adelante, en un imperio griego con considerable impronta eslava y de otras poblaciones.

En el año 551 concluye su Gética u Origen y hazañas de los godos. Jordanes expresa el orgullo por sus orígenes étnicos, y para ello intenta dotarles de una historia comparable a la romana. Especialmente en un momento en el que el reino ostrogodo ha sido incorporado al imperio: «De este modo este reino tan famoso y este valerosísimo pueblo que había sido soberano durante un extenso período de casi dos mil treinta años cayeron en poder del emperador Justiniano, vencedor de diferentes pueblos, gracias a la intervención de su muy leal Belisario.» (LX, § 313) Y para honrar más a su pueblo, no duda en identificar a los godos con los getas y los tracios y los escitas... Esto le permite narrar sus luchas contra los egipcios, contra las amazonas, y contra los persas, y su amistad y alianza con Alejandro Magno.

El resultado es una obra que se mantuvo muy popular a lo largo de los siglos, y que influyó poderosamente en numerosos escritores. Jordanes creó el mito gótico como quintaesencia de lo germánico, su parte más noble, y este mito reverdecerá como fuente de prestigio en rincones europeos tan distantes como España, Austria o Suecia: en todos ellos se querrá remarcar una continuidad entre el viejo y glorioso pueblo godo y estas medievales o modernas monarquías. Y eso que nuestro autor, al concluir su obra, manifiesta: «He referido tan solo lo que he leído y escuchado, y que nadie piense que, puesto que yo procedo también de este pueblo del que he tratado, he añadido nada a favor de él. Ademas, no he recogido en mi exposición todo lo que se ha escrito o narrado de ellos para su propia gloria, sino sobre todo para la de aquel que los venció.» (LX, § 316). Es decir, Justiniano.

Ms. 95, Valenciennes, siglo IX,  f. 326

domingo, 23 de marzo de 2014

Plutarco, Vidas paralelas


Como pueden comprobar, han vuelto a ser bloqueados los enlaces de descarga de las Vidas Paralelas, parece ser que por denuncia del Grupo Anaya, de los que estoy aguardando respuesta al mensaje que les he enviado.

Mientras se resuelve la situación, aquí tienen los enlaces de descarga de la misma vieja traducción que en su día utilicé:

Las Vidas Paralelas de Plutarco traducidas del griego al castellano por D. Antonio Ranz Romanillos. Madrid, Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz, Colegiata, núm. 6, cinco tomos, 1879-1880

TOMO 1  •  TOMO 2  •  TOMO 3  •  TOMO 4  •  TOMO 5


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En tiempos de Plutarco (hacia 46-120) Grecia se ha hecho ya romana (o, por aquello de los vasos comunicantes, al helenizar a Roma ha incorporado tanto del carácter latino que sus obras se han transformado poderosamente). La carrera de este ilustre escritor es plenamente griega: nacido en la Beocia, educado en la Escuela de Atenas, magistrado y embajador de su Queronea natal, viajero por el Mediterráneo, sacerdote oracular en el templo de Apolo en Delfos... Y sin embargo, es ciudadano romano, está en contacto asiduo con la élite del imperio, y quizás desempeñó el cargo de procurador de Acaya.

De sus abundantes obras sobreviven dos grandes colecciones: en primer lugar los Moralia, miscelánea de variados escritos recogidos en el siglo XIII por un monje bizantino. Serán muy admirados (el Discreto gracianesco, en su Museo, de los Morales de Plutarco se valía para comunes remedios), aunque hoy en día se rechaza la autoría de varios de los opúsculos. La otra es la obra que nos ocupa, las Vidas Paralelas. El planteamiento es sencillo, y descansa en el vulgar juego de la búsqueda de parecidos. Convencido el autor de que Grecia y Roma son la culminación de la humanidad (fuera quedan los bárbaros) compara personajes destacados de una y de otra, y percibe en ellos coincidencias significativas: Teseo y Rómulo, reyes de Atenas y de Roma; Licurgo y Numa Pompilio, legisladores de Esparta y de Roma; los grandes oradores Demóstenes y Cicerón; los grandes conquistadores, Alejandro Magno y Julio César...

En este planteamiento encontramos ecos de la historia cíclica, presente en el pensamiento griego y oriental, pero reelaborada decisivamente por Tucídides. Plutarco recoge y aporta noticias y anécdotas muy variadas sobre estos personajes (algunas no figuran en ninguna otra fuente) y, sin embargo, echamos en falta una orientación plenamente histórica. El autor no busca tanto entender, comprender el curso de los acontecimientos del modo que lo hicieron Heródoto, Tucídides o Polibio. Se interesa, ante todo, por el carácter moral de sus protagonistas, por sus reacciones ante los acontecimientos, por la dignidad romana que manifiestan, y eso sea próspera o adversa la fortuna. Y es que le interesa el valor educador y ético que, para el lector, pueden tener estas vidas. Él mismo expresa con claridad esta intención:

«Cuando me dediqué en un principio a escribir por este método las vidas, tuve en consideración a otros; pero en la prosecución y continuación he mirado también a mí mismo, procurando con la Historia, como con un espejo, adornar y asemejar mi vida a las virtudes de aquellos varones: pues lo pasado se parece más que a ninguna otra cosa a la coexistencia en un tiempo y en un lugar; cuando recibiendo y tomando de la historia de cada uno de ellos separadamente, como si vinieran de una peregrinación, vamos considerando “cuáles y cuán grandes eran”; haciendo examen para nuestro provecho de las más principales y señaladas de sus acciones. “Y a fe mía, ¿dónde encontrar motivo de mis dulces alegrías?” ¿Qué medio más poderoso que éste podemos elegir para la reforma de las costumbres?» (Timoleón y Emilio Paulo)

Y aquí radican las limitaciones a tener en cuenta en Plutarco. La pedagogía moral que plantea, y que juzga necesaria para el ciudadano romano en su cursus honorum, conduce inevitablemente a reinterpretar o adaptar la vida de cada biografiado al modelo o ejemplo que se le ha adjudicado. No se pregunta tanto ¿quién fue Sertorio, cómo se produjeron sus éxitos y sus fracasos?, sino ¿qué nos puede enseñar el Sertorio que aquí presentamos, de qué debemos prevenirnos, qué debemos imitarle? La hagiografía (o, claro está, su compañera la cacografía) ha alcanzado la madurez, y tendrá (tiene) una larga descendencia.

Por lo demás, hoy las Vidas Paralelas siguen resultando atractivas y hasta apasionantes e imitadas en su planteamiento, ya sea buscando las coincidencias en la pareja, ya sea seccionándola en dos contrarios especulares: Hitler y Stalin, Carlos I y Francisco I, Sánchez Albornoz y Américo Castro, o el Real Madrid y el Barcelona. Y entra dentro de lo imaginable realizar una interesante confrontación entre Roosevelt y Rajoy...

Incunable con las Vidas paralelas, por Ulrich Han, 1470

martes, 18 de marzo de 2014

Joaquín Costa, Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España: modo de cambiarla

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 A comienzos del reinado efectivo de Alfonso XIII, un grupo de exgobernadores civiles dirigen un escrito al monarca en el que afirman lo siguiente: «Reciba o no el gobernador del cacique su credencial, el gobierno le dice con más o menos circunloquios: “Siga usted las instrucciones de Fulano”. Fulano es el cacique. Llega un día en que el gobernador repugna seguir estas instrucciones y se lo dice al cacique, o al gobierno, o a los dos, y a las diez o doce horas, o quizás antes, recibe un telegrama cifrado diciendo: “Sírvase V. S. hacer esto o lo otro.” Lo que quería el fulano. Y entonces el gobernador, si no se doblega da lugar a que la Gaceta hable cuando menos de una traslación. Porque el principio de gobierno de la constitución interna de nuestros partidos políticos ha sido siempre el siguiente: en las luchas entre los gobernadores y los caciques, suelen tener razón los gobernadores; pero como no pueden irse los caciques, se tienen que ir los gobernadores.»

Éste es el marco político que subleva a Joaquín Costa (1846-1911) y que le lleva a encabezar diversos movimientos cívicos y a escribir numerosas obras con el objeto de curar, de regenerar el tejido social español. Y no está solo. A partir del llamado Desastre por antonomasia, la derrota ante Estados Unidos y la pérdida de las colonias caribeñas y del extremo oriente, se generaliza la percepción de que existe un fallo profundo, constitutivo; una carencia decisiva en España, que le impide adecuarse plenamente al mundo moderno. Es preciso sanear España: eliminar lo caduco, establecer innovaciones de todo tipo, con el objetivo de alcanzar a los idealizados países del entorno. El fallo se considera exclusivamente español, aunque hay mentes lúcidas (como Emilia Pardo Bazán en la obra que nos ocupa) que constatan que en realidad el liberalismo oligárquico también domina en Gran Bretaña, Francia e Italia.

En este sentido, el mes de marzo de 1901 Joaquín Costa promoverá desde el Ateneo de Madrid una magna encuesta sobre este asunto, buscando un análisis y unas respuestas por parte de la intelectualidad española. Se parte de una Memoria inicial con el dolorido título de Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla. Se invitará a participar en ella a 171 personalidades destacadas: catedráticos, escritores, artistas, periodistas, políticos... de todo signo y procedencia. Contestarán unos sesenta, y entre ellos Miguel de Unamuno, Emilia Pardo Bazán, Antonio Maura, Santiago Ramón y Cajal, Rafael Altamira, Tomás Bretón... Estos informes o testimonios, una vez sintetizados, completarán la edición definitiva de la obra que nos ocupa. Las conferencias, los informes, y la publicación de los resultados supondrán un gran aldabonazo en la España dormida de la época.

Y sin embargo, poco después, Costa manifestaba su pesimismo en una carta privada del siguiente modo: «Oligarquía y caciquismo calculo lo leerán seis personas ahora y alguna que otra dentro de treinta o cuarenta años, cuando empiece a escribirse la historia de las doctrinas políticas de la España que fue...» (Carta a Dorado Montero de 14 de septiembre de 1902).

Bagaría en La Tribuna (1916)


Francisco de Moncada, Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos

Francisco de Moncada, por Van Dyck
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El valenciano Francisco de Moncada (1586-1635), marqués de Aytona (antes conde de Osona) y grande de España, fue uno de los eximios representantes de la Monarquía Hispánica, en la época anterior a la gran crisis que se inicia a mediados del siglo XVII. Hijo del virrey de Aragón, formado militarmente con el marqués de Santa Cruz, fue político, diplomático y militar. Desempeñó numerosos cargos al servicio de Felipe III y, sobre todo, Felipe IV: embajador en Alemania, canciller de la gobernadora de Flandes, la infanta Isabel Clara Eugenia, y jefe de la armada y, más tarde, de las fuerzas terrestres en los Países Bajos. Cuando aquella muere en 1633 le sucederá interinamente en su elevado puesto. Morirá poco después de su relevo por Fernando de Austria, el cardenal-infante.

Pero en paralelo a esta ajetreada vida centrada en la acción, fue un hombre de sólida cultura y de variados intereses. Escribió varias obras de diversa temática: la genealogía de su propia Casa, sobre el santuario de Montserrat, una vida del antiguo filósofo Boecio, y la obra de carácter histórico que nos ocupa: Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos.

El Mediterráneo es uno de los escenarios clave sobre los que se construye la hegemonía hispánica, enfrentada de forma permanente con el imperio turco. Y hacia él dirige su interés. Estudia el asombroso precedente de principios del siglo XIV: una expedición compuesta por los temidos almogávares, es enviada por los reyes de Aragón y de Sicilia en apoyo del declinante imperio griego de Bizancio. Lograrán contener a los turcos en la península de Anatolia, pero pronto demostrarán ser más peligrosos y dañinos para la población griega a la que supuestamente protegen. El intento de descabezarlos por parte del emperador conducirá a la atroz venganza catalana, una vorágine de saqueos, batallas y matanzas indiscrimanadas. Tras establecerse en la estratégica Galípoli, la locura irá a más: se aliarán con los turcos, se enfrentarán a muerte diversos sectores de la expedición, hasta su establecimiento final en el Ducado de Atenas (que mantendrán durante varias generaciones).

Moncada se documentará a fondo. No se limita a la vieja crónica de Ramón Muntaner, protagonista de los acontecimientos, sino que utiliza todas las fuentes de información de que dispone, desde los exhaustivos Anales de la Corona de Aragón de Zurita, hasta varias obras de autores griegos: Jorge Pachimerio, Nicéforo Gregoras... Se esfuerza por mantener una cierta ecuanimidad y deplora con frecuencia los excesos de los almogávares, aunque siempre insiste en los motivos que, hasta cierto punto, los justifican, y muestra admiración ante su valor y destreza guerrera. Establece paralelos con la famosa retirada de los diez mil de Jenofonte, con la destrucción de las naves de Hernán Cortés, y otras famosas hazañas de todos los tiempos. Pero, no nos engañemos, al lector actual quizás le recuerde más la aventura equinoccial de Lope de Aguirre...

Roger de Flor en Constantinopla, por José Moreno Carbonero

sábado, 15 de marzo de 2014

Rufus Festus Avienus, Ora Marítima

De un incunable con sus obras de 1488
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Rufus Festus Avienus, de procedencia itálica, fue quizás un funcionario del bajo Imperio romano en el siglo IV de nuestra era, que desempeñó cargos relevantes en África (si se le identifica con el aludido en una inscripción de Bulla Regia, Túnez). Pero ha pasado a la posteridad gracias a su obras didácticas de carácter geográfico, en buena medida reelaboraciones personales de obras anteriores de otros autores. Con el título Descriptio Orbis tradujo de forma muy libre, quitando y añadiendo lo que consideraba conveniente, una obra del griego Dionisio Periegetes. El resultado fue un manual en verso sobre el mundo conocido que parece tuvo cierto éxito entre los jóvenes estudiosos romanos, ya que la versificación facilitaba su aprendizaje de memoria. También tradujo del griego el poema erudito Fenómenos de Arato de Soli, que se ocupa del movimiento de los astros.

Pero la obra que nos interesa es su Ora Marítima, a pesar de que ha llegado a nuestros días en estado fragmentario (713 versos). Es otro poema didáctico en el que describe las costas europeas, desde las islas Británicas hasta el mar Negro. Pero en la época del autor el prestigio de lo antiguo es grande: «Se encontrará aquí, pues, a Hecateo de Mileto y Helánico de Lesbos; asimismo Fileo el ateniense, Escílax de Carianda; a continuación Pausímaco, a quien engendró la antigua Samos, incluso Damasto, nacido en la noble Sige, y Bacoris, originario de Rodas; también Euctemón, conciudadano de la metrópolis ática; el siciliano Cleón, el propio Heródoto de Turios y, por último, aquel que es la gran lumbrera de la elocuencia, el ateniense Tucídides.» (42-50).

Como vemos, Avieno aduce como fuentes de información viejos autores prestigiosos de los siglos VI y V a. de C., que nos retrotraen a una época ocho o nueve siglos antes. Pero parece ser que, más que estos textos, utilizó preferentemente el denominado Periplo Massaliota, un documento perdido de principios del siglo VI a. de C., en el que un desconocido marino y comerciante de la Marsella focense recogería toda la información práctica necesaria para la navegación: accidentes costeros, corrientes marítimas, vientos, estado de los fondos, características de las distintas poblaciones con las que entraría en contacto... En resumen, un documento de gran valor en la época de las grandes colonizaciones.

Para la península Ibérica su importancia es capital; tenemos mucha información a partir de la presencia romana a fines del siglo III a. de C., pero para los siglos anteriores sólo disponemos de las fuentes arqueológicas. Esta obra es la que nos permite poner nombres e identificar lugares y poblaciones en la más antigua protohistoria hispánica. Y esto aunque sea de forma meramente aproximativa, ya que el rigor y la precisión no son las características principales de esta obra (en ocasiones habrá que plantearse si lo curioso de un nombre o de una localización no se debe principalmente a las necesidades de la métrica...).

martes, 11 de marzo de 2014

Andrés Bernáldez, Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel

De un monumento vulnerado en Los Palacios
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 «Yo, el que estos capítulos de Memorias escribí, siendo de doce años, leyendo en un registro de un mi abuelo difunto, que fue escribano público en la villa de Fuentes, de la encomienda mayor de León, donde yo nací, hallé unos capítulos de algunas cosas hazañosas que en su tiempo habían acaecido, y oyéndomelas leer mi abuela viuda, su mujer, siendo en casi senitud me dijo: “Hijo, ¿y tú porqué no escribes así las cosas de ahora como están esas? Pues no hayas pereza de escribir las cosas buenas que en tus días acaecieren porque las sepan los que después vinieren, y maravillándose desque las lean, den gracias a Dios”. Y desde aquel día propuse hacerlo así (...). E por ser imposible poder escribir todas las cosas que pasaron en España por concierto, durante el matrimonio del Rey Don Fernando e de la Reina Doña Isabel, no escribí, salvo algunas cosas de las más hazañosas de que ove vera información, e de las que vi, e de las que a todos fueron notorias y públicas que acaecieron, e fueron e pasaron, porque viva su memoria; y porque algunos caballeros y nobles personas que lo vieron, e otros que no lo vieron, e los que nacerán y vernán después de estos tiempos, habrán placer de lo leer e oír, e darán gracias a Dios por ello.» (Capítulo VII).

El niño con deseos de historiar se convertirá en el bachiller Andrés Bernáldez (hacia 1450-1513), en cura de Los Palacios, cerca de Sevilla, y también en capellán del arzobispo Diego de Deza. Así tendrá acceso a la corte de los Reyes Católicos y podrá desarrollar el papel de cronista, de gran relevancia en el proceso de construcción de la nueva monarquía (un estado moderno) que Isabel y Fernando han emprendido: se deben documentar los hechos, las empresas de los grandes actores del momento, para salvaguardar su memoria en el altar de la fama. Estamos en pleno Renacimiento... No es el único cronista, ni el más destacado (este puesto parece quedar reservado a Fernando del Pulgar), pero su obra, difundida en copias manuscritas, despertará un gran interés que se mantendrá en los siguientes.

A ello contribuye el talante y el talento del autor. Aparentemente sin excesivas pretensiones, el uso frecuente de la segunda persona del plural supone una continua llamada de atención que implica al lector en el texto. Y el lector se ve ganado por la curiosidad omnímoda de Bernáldez: no se limita a los grandes acontecimientos (las guerras civiles, la Inquisición y la expulsión de los judíos, la guerra de Granada, la conquista de las Canarias, el descubrimiento de América, las campañas de Italia, la conquista de Navarra...), sino que los enriquece con la copia de numerosos documentos oficiales a los que tiene acceso. Pero es que también se interesa y acopia información referente a las cosechas y a la evolución de los precios; a los terremotos y eclipses; a las hambrunas, epidemias de peste y plagas de langosta..., fenómenos de los que nos transmite, además, sus propias vivencias y sentimientos.

Y también está lo anecdótico: cuando acoge a Colón en su casa de Los Palacios, la recepción en la Corte de la supuesta lanza que atraviesa a Cristo, la descripción detallada de un desfile o de un funeral (con atención a las libreas de los personajes), el tremendo ajusticiamiento del desequilibrado que atentó contra el rey don Fernando en Barcelona, o el nacimiento de un pintoresco monstruo en Rávena... Pero además el propio Bernáldez nos sorprende siempre, vivo y contradictorio: inconmovible y gélido ante los procesos inquisitoriales, conmovido y compasivo ante la expulsión de los judíos, subyugado por las noticias de los nuevos mundos, y siempre partidario acérrimo y admirativo de Fernando el Católico.