sábado, 28 de marzo de 2015

Hildegarda de Bingen, Causas y remedios. Libro de medicina compleja

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«La obra de Hildegarda de Bingen (1098-1179) es inmensa y variada…: sus visiones del universo, el hombre en el centro de ese universo creado, la expresión musical y poética de sus setenta o más sinfonías, y la riqueza de su correspondencia, que es testimonio de la confianza que le dispensaron las autoridades religiosas y los poderosos seculares de aquel entonces. Habría que añadir a esto otras actividades digamos marginales, como la elaboración de una curiosa lingua ignota, un idioma y un alfabeto nuevos que intentó crear, quizá ayudada por las religiosas de su entorno, y que la llevó a particulares y bastante extrañas elucubraciones. Al ocuparse de cosas así, Hildegarda demuestra tener un espíritu inventivo fuera de lo común, que en cierto modo puede parecer incluso un poco fútil, pero que constituye también un afán por la búsqueda muy propio de su tiempo; esa época en la que, en Francia, Abelardo hablaba de sus estudios como de una inquisición permanente. El término inquisición significaba entonces búsqueda, pregunta, investigación, y no se había manchado todavía con la connotación que tomará a finales del siglo XIII.

»Dentro de esta vida tan fecunda es necesario también hacer un aparte para otras actividades que se salen claramente de lo que es el marco habitual de los estudios y preocupaciones propios de una existencia dedicada a la plegaria. No se conocen más que dos trabajos de medicina que hayan sido realizados en Occidente en el siglo XII, y los dos son obra de Hildegarda. Ella, con los conocimientos que se tenían en aquella época en Alemania, escribió dos tratados verdaderamente enciclopédicos, uno de medicina y otro de ciencias naturales. Dentro de la obra de una mística visionaria, a la que nos es más fácil imaginar perdida en la contemplación del más allá, ambos trabajos resultan, reconozcámoslo, de lo más inesperado... El propósito de Hildegarda... sobrepasa el de la simple descripción, pues ella establece relaciones entre los productos de la naturaleza y los seres humanos, y busca los conocimientos relativos al hombre, a su equilibrio y a su salud. Sin duda es este aspecto medicinal del legado de Hildegarda el que más ha contribuido a darla a conocer...

»Al abordar los distintos capítulos de la Physica o de la Medicina compleja, el lector moderno tiene que estar atento a algunas sorpresas que en ellos le esperarán. Primero deberá acostumbrarse a algunos términos para nosotros desconcertantes, como por ejemplo los que permiten una especie de somera clasificación de las plantas según un temperamento, un carácter, presente en el vegetal lo mismo que en una persona. También está la calidad cálida o fría, seca o húmeda de cada elemento, primera clasificación que se remonta, por lo demás, a los esquemas aristotélicos. A estos conceptos Hildegarda añade una noción de su propia invención…, la viriditas, ese vigor, esa fuerza de vitalidad que lleva en sí la savia que circula por las plantas, a la cual hace referencia, evidentemente, cuando haba de los vegetales, pero también a propósitos de otros seres vivientes...

»En cambio, en otras cuestiones el lector moderno encontrará muchas afinidades con las observaciones de Hildegarda. En efecto, hoy empieza a difundirse una cierta valorización de la medicina natural, a través de la cual algunos buscan una visión de conjunto frente a la multitud de especialidades a las que ha llevado una ciencia médica muy desarrollada y, ciertamente, eficaz. Por eso sorprende el deseo de equilibrio que impregna toda la obra de Hildegarda, que está atenta tanto a los estados anímicos del hombre como a sus malestares corporales, sin separar casi los unos de los otros… Nos encontramos con la preocupación de curar no tanto la enfermedad como al enfermo, con la atención puesta en los comportamientos como efectos de un desajuste interior, con la idea de que la belleza y la armonía son absolutamente necesarias para el buen y completo desarrollo del ser humano.»

Régine Pernoud, Hildegarda de Bingen. Una conciencia inspirada del siglo XII. Barcelona 2012, pp. 87-93.

jueves, 26 de marzo de 2015

Charles Darwin, El origen de las especies

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«El mismo año en que Boucher de Perthes daba a conocer el resultado sobre sus investigaciones sobre restos prehistóricos, Charles Darwin, no sin vencer fuertes dudas y escrúpulos, publicaba El origen de las especies, uno de los libros que causaron más profunda sensación de todos los tiempos. El mismo día de su salida el libro se agotó, y conoció sólo en un año seis nuevas ediciones, pronto traducidas a todos los idiomas del mundo civilizado. Como escribe Papp, en toda la historia de la ciencia hay muy pocos investigadores (…) que lograsen una repercusión tan poderosa (…). Merced a su labor, llegó a su término en la segunda mitad del siglo pasado, para el mundo de las estructuras vivas, una profunda innovación de ideas semejante en sus alcances a la revolución copernicana que se produjo en el siglo XVI. En una encuesta realizada a fines del siglo XIX entre personas cultas sobre cuáles eran las diez obras más influyentes del siglo, El origen de las especies resultó ser la única que figuraba en todas las listas.»

»Charles Darwin era médico, miembro de una familia profundamente religiosa. Pronto se aficionó a la zoología y a la minerología; por tal afición más que por su profesión participó en la famosa expedición del Beagle, y frente a las costas americanas del Pacífico comenzó a intuir su teoría de la evolución de las especies, que tardó media vida en madurar. Darwin llegó a la conclusión de que unas especies animales pueden evolucionar hacia otras, porque los caracteres transmitidos de padres a hijos admiten una cierta holgura que no supone una reproducción exacta. Si esta holgura obra siempre ―por causas exógenas― en la misma dirección, una especie puede evolucionar hasta transformarse incluso en una especie distinta. Las tres leyes o fuerzas de la evolución son a) la adaptación al medio ―intuida ya por Lamarck―, que premia a los individuos mejor sobre los peor adaptados a las condiciones exteriores; b) la selección natural: los miembros más dotados tienden a dominar sobre los menos, y por eso a reproducirse más fácil o frecuentemente; c) la lucha por la existencia: los individuos más capacitados expulsan, suprimen o devoran a los menos capacitados.

»Darwin fue prudente. Dudó mucho antes de publicar su obra, y cuando lo hizo, destacó más la idea de progreso, es decir de mejora, la idea-clave de la época, sobre la propia teoría de la evolución como tal. Y dejó al margen al hombre, criatura excelsa, cuyo origen es difícil de explicar. Sólo al final de su vida, espoleado por sus propios partidarios y obligado a definirse contra su deseo, publicó su Descent of Man, en que admitía la posibilidad de que el hombre procediese por evolución de los simios, sin negar por eso su especial y hasta divina dignidad (…). Mucho más lejos llegaron sus discípulos, dispuestos a difundir el evolucionismo como arma arrojadiza, y a burlarse de los tradicionales. La teoría darwiniana tenía una faz optimista, acorde con la idea del progreso, de la mejora constante del universo entero y del hombre mismo hacia formas superiores; por otro lado resultaba humillante, y hería la dignidad humana en lo más sagrado, hasta hacer del hombre un simple descendiente del mono. El escándalo duró muchos años. El darwinismo acabó siendo un símbolo de una concepción progresista de la vida, del materialismo y de humillación para los tradicionales y conservadores. Resulta extraordinariamente revelador que Karl Marx y Friedrich Engels dedicaran el primer tomo de El Capital a Darwin, que nada tenía ciertamente, ni por temperamento ni por ideología, de marxista.»

José Luis Comellas, El último fin de siglo. Gloria y crisis de occidente 1870-1914, Barcelona 2000, pp. 57-58


El Beagle en el estrecho de Magallanes

martes, 24 de marzo de 2015

Liutprando de Cremona, Informe de su embajada a Constantinopla

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En 962 el rey germánico Otón I restaura la corona imperial occidental con el apoyo del papa Juan XII en la simbólica Roma: es el origen del Sacro Imperio Romano-Germánico, al que le aguarda una larga existencia que sólo concluirá con las guerras napoleónicas. Sin embargo, en estos pasos iniciales se topará con la animadversión de Constantinopla, que se considera a sí misma como el auténtico Imperio Romano, sin solución alguna de continuidad respecto de la antigua Romania. Cuestiones de prestigio y prevalencia, y otras más utilitarias referentes al dominio sobre Italia, llevarán al emperador Nicéforo Focas a enfrentarse con el nuevo emperador. No reconocerá el título que Otón se atribuye, y en justa correspondencia, desde occidente se generalizarán las expresiones imperio griego o imperio bizantino para referirse a los herederos de los romanos. En este marco tendrá lugar la embajada del obispo Liutprando de Cremona a Constantinopla, donde ya había estado con anterioridad. El profesor José Marín Riveros expone la situación de este modo:

«Interesado Otón el Grande en casar a su hijo, Otón II (973-983), con una princesa bizantina, decidió enviar a Constantinopla, aprovechando su experiencia, al obispo de Cremona, quien llegó a la capital imperial el 4 de junio de 968, según él mismo relata. La misión del embajador consistía en limar asperezas entre el Sacro Imperio Romano Germánico y el Imperio Bizantino, cuyas relaciones se habían deteriorado por las incursiones de Otón en Italia, con el fin de aunar esfuerzos en la lucha contra los sarracenos en el sur de la península; la paz quedaría sellada, idealmente, con la alianza matrimonial. En la Relatio de Legatione Constantinopolitana, una larga carta-informe dirigida a los Otones, Liutprando da cuenta de las peripecias vividas en Constantinopla, pintando un cuadro vívido ―aunque desproporcionado por su resentimiento― y dando rienda suelta a su encono contra los griegos por el trato recibido, en un relato cargado de subjetividad que contiene ridiculizaciones grotescas ―algunas muy sabrosas, por cierto― del emperador y su entorno. La Relatio es, así, un documento notable al momento de ponderar las relaciones entre el occidente latino y el oriente griego.»

«La Relatio de Legatione Constantinopolitana se puede clasificar también dentro del mismo género de relatos, y es, en la práctica, una larga carta-informe dirigida al emperador para explicarle las peripecias del viaje y la causa de su retraso para volver a Occidente (Liutprando estuvo, forzadamente dice, durante cuatro meses en Constantinopla). Tiene la Relatio 65 capítulos de desigual extensión, en los cuales el autor, en orden cronológico, refiere su llegada a la Capital, su recibimiento y sus discusiones ―políticas, sobre todo, pero también religiosas― con sus interlocutores. El yo del narrador tiene una fuerte presencia, otorgando al relato, a menudo, un tono dramático... No estamos frente a un frío informe político-diplomático, sino a una exposición sabrosa e irónica, a veces grotesca y otras de aguda fineza, escrita por un testigo culto y sensible, aunque a veces también arrogante. A menudo el relato destila amargura, y lo que asombraba a Liutprando en su primer viaje, ahora lo fastidia. Y es que en 949 él era un diácono legado de un rey (Berengario) ante el emperador, pero en 968 es ya obispo, y ha sido enviado por el emperador, y quiere, pues, que se le trate con la dignidad que su cargo, misión y emisario merecen. Por cierto es su situación o posición la que ha mutado, y no la del Imperio Bizantino, que con justicia considera que no puede existir otro Imperio, por lo que considera al embajador como un enviado real y nada más. El contraste entre la pretensión de cada parte lleva a largas discusiones de carácter político entre el emperador bizantino y Liutprando.»

«A pesar del subjetivismo imperante en la obra y de aquella retórica presta ya para adular, ya para condenar, es considerada como una de las más relevantes para conocer la realidad política de su época y, en relación con sus viajes, elabora una descripción ―a veces caricaturesca, eso sí― bastante interesante de la Constantinopla del siglo X, y de los sentimientos de un latino frente a ella, su gente y sus costumbres, que a veces le causan admiración, y otras las encuentra chocantes. Según P. Bádenas, la Antapodosis y la Relatio muestran un vívido retablo, no exento de sarcasmo, de sus peripecias en la capital imperial, constituyendo un documento extraordinario sobre la percepción occidental, más bien hostil, del oriente griego del siglo X, amén de suministrar una cantera de información de todo tipo sobre la cultura, vida cotidiana y la lengua de Bizancio.»

José Marín Riveros, “Liutprando de Cremona en Constantinopla. La retórica del desquite”. Byzantion Nea Hellás 24, 2005.


El emperador Nicéforo Focas entra en Constantinopla en 963 (Crónica de Juan Skylitzes)

jueves, 19 de marzo de 2015

Paulo Álvaro, Vida y pasión del glorioso mártir Eulogio

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Esta breve biografía de Eulogio de Córdoba posee la particularidad de haber sido redactada por un amigo suyo, que lo ha conocido, ha convivido con él, y ha compartido aficiones e intereses. No es un fenómeno excepcional en estos primeros tiempos medievales: muchas vidas piadosas son obra de contemporáneos, que se documentan y recogen las informaciones que les son accesibles; así por ejemplo en la Vida de san Millán que había escrito un par de siglos antes el egregio obispo Braulio de Zaragoza. Y en ello no andan distantes de la tradición clásica, todavía tan vitalmente próxima. Y tampoco es novedoso (a pesar de lo que en ocasiones se sostiene) el gusto por lo maravilloso: milagros y fenómenos sobrenaturales han venido a sustituir en estos textos a los abundantísimos presagios, días fastos y nefastos, acción de la Fortuna, y otras intervenciones de los dioses que decoran tantas historias romanas y griegas (recuérdese la Anábasis de Jenofonte).

Paulo Álvaro (c. 800-861) documenta en esta obra los acontecimientos que ya conocemos por la Historia de los mozárabes de España de Simonet, incluida en Clásicos de Historia. La población hispánica de cultura latina y cristiana, todavía muy numerosa (si no mayoritaria), vacila entre la resistencia ante la cultura árabe e islámica de los grupos dominantes, y la atracción por ella. Y ante el recrudecimiento de los conflictos y el aumento de la presión y de la intolerancia, nace el llamativo fenómeno de los martirios voluntarios: cristianos que acuden ante las autoridades para blasfemar públicamente de Mahoma y su religión, y provocar su propia condena a muerte. Y en estas circunstancias acabará atrapado Eulogio, que poseía suficiente prestigio como para haber sido preconizado obispo de Toledo.

Sin embargo, la Vita Eulogii posee otros aspectos interesantes. Es un friso colorido en el que se manifiesta la compleja sociedad de la época: su identidad bética e hispana en cuanto romanos y cristianos, y no al revés; los árabes como señores de Hispania; las relaciones de tipo variado de los cristianos con las autoridades; y, por supuesto, la ausencia del término mozárabe aparentemente inexistente en esta época... Pero quizás lo que atrae más sea el auténtico interés por la cultura, y no sólo la clásica, que nos transmiten Álvaro y Eulogio: «¿Qué libro hubo que no leyese? ¿Qué ingenio de excelente católico, de filósofo, de hereje y de gentil, de quien no gustase en sus obras? En hallar libros exquisitos se valió su mucha diligencia, y en leerlos y aprovecharse de ellos su gran juicio.»

Y poco después nos cuenta con gran satisfacción el botín que Eulogio obtuvo en su viaje al norte de la península: «De allá trajo a la vuelta los libros de La Ciudad de Dios del glorioso san Agustín, la Eneida de Virgilio, las Sátiras de Juvenal, todas las obras del poeta Horacio, de quien dijo Persio que estaba bien harto de comida, y como dicen, repantigado, cuando escribía. Trajo también las obras pequeñas de Porfirio muy adornadas de sutileza, los epigramas de Adhelelmo, las fábulas de Avieno en metro, muchos Himnos Sagrados muy lindos en su compostura, y otras diversas obras de diferentes materias. Ninguna cosa de estas trajo para sí solo, de todas nos dio luego parte a todos los que conocía aficionados a los estudios.»


lunes, 16 de marzo de 2015

Isidoro de Antillón, Disertación sobre el origen de la esclavitud

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Con su característico estilo romántico, Modesto Lafuente se refiere así a la malhadada muerte del autor que hoy nos ocupa, cuando Fernando VII iniciaba en 1814 la represión de los más destacados liberales: «El sabio geógrafo y distinguido diputado a Cortes don Isidoro Antillón, arrancado de su lecho, donde se hallaba por grave enfermedad postrado, por los ejecutores y satélites del despotismo, tan sin entrañas ellos como los autores de las órdenes que cumplían, sucumbió al rigor de tan inhumana tropelía, y expiró en el tránsito a la prisión de Zaragoza. La patria y la ciencia le lloraron, ya que sus crueles perseguidores tuvieron los ojos tan enjutos para llorar como duro el corazón para sentir.»

A pesar de su temprano fallecimiento, el turolense Isidoro de Antillón (1778-1814) tuvo tiempo de desarrollar múltiples actividades: ilustre geógrafo, y preocupado especialmente por la enseñanza de esta ciencia; periodista combativo durante la guerra de Independencia; diputado en Cortes desde 1812, con especial dedicación a los temas jurídicos; y además uno de los primeros abolicionistas, que sigue con interés los debates que se producen en este sentido en el Reino Unido y en Francia. A sus intervenciones parlamentarias en este sentido atribuye Hugh Thomas (aunque sin pruebas) el atentado que Antillón sufrió en Cádiz y que provocó una dura condena por parte de la cámara. (La trata de esclavos, Barcelona 1998, pág. 575)

Pero su preocupación por estas últimas cuestiones venía de lejos. Todavía muy joven, en 1802 había pronunciado una conferencia en la sociedad matritense de jurisprudencia que, nueve años después, será impresa en Palma de Mallorca con el prolongado título de Disertación sobre el origen de la esclavitud de los negros, motivos que la han perpetrado, ventajas que se le atribuyen y medios que podrían adoptarse para hacer prosperar sin ella nuestras colonias. Su postura es clara: el reconocimiento de «los derechos imprescriptibles del hombre», de «la soberanía del pueblo» obligan a «romper los grillos de la esclavitud bárbara con que hemos afligido por espacio de tres siglos a los míseros habitantes de las márgenes del Níger y del Senegal.» Rechaza la existencia de una inferioridad entre los indios (débiles) y los africanos (salvajes): sus condiciones actuales son resultados de siglos de esclavitud: «Si la esclavitud pasase de los negros a los blancos, sus descendientes serían, después de algunas generaciones, lo que los negros son hoy». Es preciso, por tanto, considerar a todos ellos como ciudadanos, aunque, añade, quizás sea conveniente reconocer como tales sólo a aquellos que muestren merecerlo...

Más discutibles son las propuestas que realiza para que la justa abolición de la esclavitud no perjudique los intereses del país: lograr que los indios (e incluso los europeos) realicen las tareas que desempeñaban los esclavos; proceder a la sustitución de los productos de las plantaciones tropicales (algodón, café, cacao, tabaco...), que ya pueden considerarse productos de primera necesidad en Europa, por otros alternativos o sucedáneos... Pero la solución a la que concede más interés y reflexión resulta chocante y premonitoria: en lugar de trasladar forzadamente a los esclavos hasta América, colonícese a fondo el África, ocúpese el territorio, y póngase en cultivo. Un paternalismo inconsciente y optimista le impide advertir lo contradictorio de este nuevo imperialismo con sus propios presupuestos ideológicos.

«Ningún obstáculo se presenta en la ejecución de tan gloriosa empresa. Toda la costa está preparada para establecimientos, y el país lleno de habitantes dados al comercio, y para quienes nuestras mercancías son ya verdaderas necesidades. Un largo hábito de ver los europeos ha substituido la afición y la amistad a la prevención poco favorable que inspiran al principio los extranjeros; ellos hablan ya el francés, están acostumbrados a servir, son industriosos, tranquilos, dulces, y demasiado cobardes para oponerse a la fundación de una colonia. Aunque ignorantes, nada tienen de encaprichados. El disgusto y el poco apego que manifiestan a muchas de sus costumbres, y la facilidad de prestarse a cualquier novedad, son presagio feliz de que sería entre ellos fácil una reforma sabia, o el sistema mejor de conocimientos que se quiera introducir. Sin duda aquellos hombres, naturalmente imitadores, mirarían como dioses benéficos a los que viniendo a ocupar con ellos sus tierras les enseñasen a cultivarlas, en vez de expatriarlos para siempre.»


Haydon, Constitución de la Sociedad antiesclavista mundial, 1840

domingo, 15 de marzo de 2015

Antonio Alcalá Galiano, Memorias

Alcalá Galiano, por David Padilla
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Reproducimos algunos párrafos del extenso estudio preliminar de Juan María Sánchez Prieto en su edición de la Historia de las Regencias de Alcalá Galiano (Pamplona 2008).

«La historiografía española del siglo XX ha consagrado el mito del fracaso y de la excepcionalidad española, lo que ha repercutido de manera particular en una imagen deformada del siglo XIX español, que es preciso rehacer, como ya propusieron algunas figuras relevantes de la generación de 1914 (Ortega, Azaña, Marañón) tendiendo su mirada a los hombres de la generación de 1830, con quienes se identificaban en su afán de sentar las bases de una nueva España. Entre los nombres de esta generación decimonónica, Antonio Alcalá Galiano (Cádiz, 1789-Madrid, 1865) resulta seguramente su figura más emblemática, aunque no se haya estudiado o interpretado por lo general más que de una manera fragmentaria. Su vida y su obra permiten valorar el pulso europeo que mantiene la historia contemporánea española desde sus inicios, tanto en el plano ideológico y cultural como político, a remolque si se quiere de la evolución europea, pero plenamente inscrita en ella. Esa tensión europea es, en definitiva, lo que explica el dramatismo del XIX español, un siglo prácticamente olvidado.

»Es normal hablar de dos Alcalá Galiano. El primer Alcalá Galiano, sinceramente revolucionario, ideólogo, conspirador y activista; y un segundo Alcalá Galiano, esencialmente conservador, que habría traicionado en la práctica su liberalismo inicial, y malogrado por extensión la revolución liberal española. Es un esquema que extrapolando el ejemplo de Donoso Cortés tiende a aplicarse a no pocos personajes de la primera mitad del XIX español, alterando profundamente su significado y los propios contornos del reinado de Isabel II. Del liberalismo al tradicionalismo: los orígenes de la verdadera conciencia liberal española se encontrarían en el krausismo y sus realizaciones políticas a partir de 1868, frustradas en gran parte por la fuerza misma de ese tradicionalismo, erigido a la postre en el gran factor retardatario de nuestra historia.

»La biografía política e intelectual de Alcalá Galiano atraviesa todos los lugares y momentos fuertes de este período fundamental del siglo XIX español, e invita a replantear aquel esquema interpretativo, lo que redunda en una mejor comprensión de la riqueza de la tradición liberal en España, en última instancia la más cierta tradición española. Él mismo tuvo conciencia de la época que le tocó vivir, o mejor –atendiendo al pensamiento de Ortega–, de ser un sujeto biográfico cuya mirada se situaba en un determinado punto de la historia, lo que le llevó a cultivar distintos géneros historiográficos. Sus contribuciones al conocimiento de la historia, comenzando por las más conocidas –las que tienen un carácter autobiográfico–, han sido normalmente más citadas que leídas en profundidad, por más que ese cúmulo de materiales (que invitan desde luego a una más completa y mejor lectura de la que se ha hecho hasta ahora) se antoje indispensable, tanto para repensar el XIX español, como para la propia revisión del personaje.

»La dimensión de Alcalá Galiano como historiador presenta facetas distintas. En primer lugar, se manifiesta como traductor de obras mayores de historiadores de otros países. (...) En segundo lugar, como autor original, Alcalá Galiano escribió una Historia inmediata de España, de extensión considerable, y en ese sentido reviste un carácter pionero como introductor del género en España. (...) Esta historia se funde con su propia biografía y experiencia política, y daba sentido a la totalidad de la empresa: una historia al servicio de la nación, como fue característico del siglo XIX. Poco importan los avatares que la han hecho casi desconocida, lo cual no significa que no haya merecido juicios dignos de atención, como el de Julián Marías, que no dudaba en afirmar, un siglo después (...) que era “lo más penetrante que se ha escrito sobre la historia española desde que se inicia la crisis del antiguo régimen hasta el final de la época romántica” (...)

»En tercer lugar, Alcalá Galiano proporcionó una rica autobiografía, aunque no llegue a cubrir la totalidad de sus años. Son tres los textos autobiográficos, diferentes en extensión y contenidos, siendo el más breve el que abarca un mayor espacio temporal. Los dos tomos de las Memorias, redactadas en 1847-1849, fueron publicadas por su hijo Antonio en 1886, y comprenden hasta 1823. Los Recuerdos de un anciano, más elaborados que el texto anterior, datan de 1862 y comenzaron a ver la luz en La América a partir de ese año, en forma de artículos, antes de su compilación en 1878 como libro; este nuevo texto amplía el relato a la gran emigración liberal de 1823-1833. Finalmente, los Apuntes para la biografía del Excmo. Sr. D. Antonio Alcalá Galiano, escritos por el mismo, comenzados a redactar al tiempo o inmediatamente después de las Memorias, fueron publicados en 1865 por Ovilo y Otero (a quien Antonio se los había entregado para que los diese a conocer después de su muerte), y alcanzan hasta la primera mitad de 1850. Ello les da un particular valor porque constituyen el esquema de la parte de las memorias que se extravió o no fue escrita.»

Fusilamiento de Torrijos, por Antonio Gisbert

viernes, 13 de marzo de 2015

Sagrada Biblia

Papiro Rylands 52 (c. 125)
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Martín de Riquer y José María Valverde la caracterizaban así en el primer tomo de su conocida Historia de la Literatura Universal: «El Antiguo Testamento, primera parte del conjunto de libros sagrados que el Cristianismo denomina con el nombre griego de Biblia, constituye la más impresionante obra literaria del pueblo hebreo, que lo llama Torá (ley), Nebim (profetas) y Ketubim (escritos) (…)

»El hecho de constituir la verdad revelada y proceder de inspiración divina en el sentir de la inmensa mayoría de la humanidad civilizada hace que los libros del Antiguo Testamento, a pesar de haber sido escritos en épocas remotísimas, se hallen muy inmediatos a nosotros, nos sean familiares desde la infancia y podamos acercarnos a sus páginas sin necesidad de un esfuerzo especial. Esta singularísima circunstancia, no igualada jamás por ningún otro género de literatura, se da, sin soluciones de continuidad, a lo largo de la Edad Media y perdura hasta nuestros días. No es preciso haber leído ni una sola página del Antiguo Testamento, ni siquiera es necesario pertenecer confesionalmente al cristianismo ni al judaísmo para hallarse en aquella actitud de proximidad y familiaridad con estos textos en hebreo hace varios miles de años; basta estar vinculado al mundo civilizado para llevar dentro de sí su espíritu y su legado. Por otro lado, toda la literatura de occidente, desde los albores de los tiempos medios, gracias al Cristianismo, se halla más o menos compenetrada con el espíritu del Antiguo Testamento, el cual tiene, en la historia de la literatura, un papel similar al de la grecolatina clásica (…)

»Junto con Grecia, Israel es el único pueblo de la antigüedad que cultiva la historia en su sentido propio, tal como nosotros la entendemos, y sin limitarse a la simple enumeración de hechos y de cronologías o al relato de la fábula cosmológica y mitológica, como es frecuente en otras culturas. Los libros históricos del Antiguo Testamento narran los sucesos con detalle, dramatizan con su estilo claro y directo los acontecimientos, desarrollan las peripecias y engarzan el relato del pasado presentando como protagonista al pueblo de Israel. Lo esencial de la historiografía hebrea es su carácter providencialista, debido a lo cual los sucesos humanos están siempre referidos a la ordenación de Dios, como corresponde al espíritu religioso y moral de los autores de estos libros.»

Por su parte, Luis Suárez resume así el planteamiento históriográfico que subyace en la Biblia, cosmovisión que en buena medida pasará al Cristianismo:

«Las más importantes ideas que concurren a moldear el sentido de la Historia en nuestra cultura proceden de la Biblia. Pero la interpretación judía de la Historia —señala Yeherzkel Kaufmann— ha tardado muchos siglos en constituirse y, durante ellos, estuvo sometida a influencias caldeas y egipcias que la afectaron en su forma externa, aunque no en la conciencia central de que Dios es voluntad absoluta y libre (…) Lo que nos queda de la abundante literatura hebrea es en gran parte un libro de Historia, la Biblia. No es nada extraño porque la religión de Israel, lo mismo que el Cristianismo, es por esencia histórica y hace referencia a hechos perfectamente establecidos en espacio y tiempo. La fórmula de la ofrenda del Deuteronomio —«un arameo errante fue mi padre y bajó a Egipto»—, lo mismo que el Credo cristiano —«padeció bajo el poder de Poncio Pilato»—, muestran el esfuerzo de precisión histórica. Más aún, puede decirse que toda la doctrina religiosa judaica se basa en una interpretación histórica de la trayectoria de la Humanidad en espera de un futuro cumplimiento. Humanidad única, pues procede de una sola pareja, Adán y Eva. Humanidad histórica que, en un tiempo, fue sacada de Egipto para ser llevada a la tierra de promisión. Humanidad sobre todo volcada a la Salvación cuando, en el futuro, sea instalado el reino de Dios en la tierra y desaparezca de ella la idolatría.

»Hacia el año 760 a. de J. C, Amós de Tekoa —o quien haya sido el autor que redactó bajo este nombre— pudo elaborar, con los materiales dispersos anteriores, una primera interpretación general de la Historia del mundo, asentándola sobre una dinámica moral, las relaciones entre Dios y los hombres. El gran pecado es la idolatría, que Dios castiga tanto en los hebreos como en los otros. La Historia obedece a un plan de Dios, quien ensalza y destruye a los pueblos de acuerdo con este plan, que es, a un propio tiempo, manifestación de su gloria y promesa de salvación para los mortales. De la primitiva Humanidad prevaricadora, Dios ha escogido un solo pueblo, manifestándose en su poder y su gloria al sacarlo de Egipto y darle las Tablas de la Ley; pero el pueblo será castigado por su infidelidad. Lo que Amós anuncia es el destierro, que no tarda en cumplirse. Cuando Ezequiel escriba, consumado el cautiverio de Babilonia, una nueva esperanza le anima: el advenimiento de un Mesías que habrá de cambiar las espadas por arados.

»El cautiverio de Babilonia y los tiempos que inmediatamente le precedieron —Isaías, Oseas, Joel, Jeremías— tienen gran importancia en la elaboración de este esquema bíblico de la Historia de Salvación. Entonces se establecieron los principales datos. Fue fijada cronológicamente la Creación del hombre —el año 3760 a. de J. C.— y perfilada la esperanza en el próximo advenimiento del Mesías. La lucha entre el hombre y Dios, esencia dramática de la Historia, se define como alternativas en el apartamiento y la obediencia. La Humanidad es única; si una gran parte de ella se ha apartado de Dios, tiempo vendrá en que toda ella se vuelva a Iahvé. Dios es el motor de la Historia que usa a los pueblos de acuerdo con sus fines para cumplir este proceso único de salvación final de la Humanidad.

»Con Daniel llega a su cima esta interpretación histórica sobre la que se basaron los historiadores cristianos de la Edad Media. Punto de partida, la Caída de Hombre; con su expulsión del paraíso comienza la Historia. Prevarica la Humanidad y Dios la destruye por medio del Diluvio, no sin salvar antes una parte de la misma a través de Noé, pues de su descendiente Abraham saldrá el pueblo, los hijos de Israel, mediante cual desea manifestarse. Moisés es sacado de Egipto y llevado a la Tierra de Promisión. Las prevaricaciones del pueblo son castigadas, y el Cautiverio de Babilonia es el principal castigo. Pero todo son caminos para el cumplimiento del plan de Dios. También los cuatro Imperios paganos que han de sucederse, asirio, babilónico, persa y el futuro, que aún ha de transcurrir antes de que se establezca el reino de Dios.

»La oposición entre este esquema histórico y la interpretación dada por los griegos no puede ser más radical. Historia única en lugar de ciclos sin sentido. Una voluntad omnisciente y exterior a la Historia es quien la mueve de acuerdo con un plan. Este plan incluye un progreso, no material, sino espiritual, y es superior a la Naturaleza. La Historia profana se subordina a esta única Historia sagrada.» (Luis Suárez, Grandes interpretaciones de la Historia)

San Mateo, Evangelios de la Coronación, fol. 15v (790-810)

Tomo I: Antiguo Testamento: libros históricos.

Tomo II: Antiguo Testamento: libros poéticos, sapienciales y proféticos.

Tomo III: Nuevo Testamento.

martes, 10 de marzo de 2015

James George Frazer, La rama dorada. Estudio sobre magia y religión

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Eneas quiere descender al Averno, y la Sibila está dispuesta a ayudarle: «Bajo la oscura copa de un árbol se oculta un ramo cuyas hojas y flexible tallo son de oro, el cual está consagrado a Juno infernal; todo el bosque lo esconde, y las sombras lo encierran entre tenebrosos valles, y no es dado penetrar en las entrañas de la tierra sino al que haya desgajado del árbol la rama dorada (...) Arrancado un primer ramo, brota otro, que se cubre también de hojas de oro; búscalo pues, con la vista, y una vez encontrado, tiende la mano, porque si los hados te llaman, él se desprenderá por sí mismo; de lo contrario, no hay fuerzas, ni aun el duro hierro, que basten para arrancarlo.» (Virgilio, Eneida, libro VI)

El antropólogo escocés James George Frazer (1854-1941) acudirá a esta vieja historia para presentar el resultado de una exhaustiva investigación sobre el asesinato ritual del sacerdote-rey del templo de Diana, junto al lago de Nemi, cerca de Aricia. Tras la publicación de un extenso estudio en 1890, durante los años siguientes el autor continuará acumulando una cantidad descomunal de referencias etnográficas de los cinco continentes con los que quiere probar su teoría sobre el origen mágico de las religiones: en 1914 alcanza los doce volúmenes. Por ello, en 1922 realizará una edición abreviada, que es la que presentamos; todo ello muestra el interés con que fue recibida fuera del círculo cerrado de los especialistas. Todavía hoy, a pesar de haber quedado superada desde el punto de vista científico, continúa siendo una obra que atrae e interesa.

El primer motivo es la admiración ante la ingente acumulación de información etnográfica que, si bien está interpretada (cuando no deformada) en función de los planteamientos ideológicos del autor, resulta valiosamente representativa del ambiente intelectual victoriano: un bonito cóctel de positivismo, evolucionismo y dosis considerables de confianza (más bien, certeza) en el progreso imparable de la humanidad, naturalmente guiada por la providencial raza blanca que ha conseguido liberarse de la nociva influencia de las religiones orientales... José Carlos Redondo lo sintetiza de este otro modo: «The Golden Bough presenta la tesis fundamental de que el hombre, gracias a sus avances y progresos, ha evolucionado en los modos de pensamiento desde la magia, pasando por la religión, hasta llegar al pensamiento científico. A lo largo de la obra aparece ese deseo decimonónico de querer entender el mundo y al hombre dentro de la naturaleza, mundo que los progresos de la navegación y los descubrimientos geográficos de nuevas tierras habían posibilitado. Es pues meritorio que Frazer intentara hacer asimilable al público las nuevas informaciones aparecidas dentro de un campo nuevo como en aquel entonces era el de la Antropología.»

Pero es que, además, la obra está muy bien escrita. El profesor antes citado le dedica un interesante artículo en el que defiende su valor canónico desde el punto de vista literario. Nos encontramos ante una de aquellas obras culturales «que se valen de un disfraz literario pero cuya motivación y objetivos son distintos de los de la obra estrictamente literaria.» Y sin embargo, ese vehículo literario es poderoso y eficaz: la implicación emocional del autor, las conexiones narrativas entre sus partes, la abundancia de registros verbales como la ironía, metáforas, paralelismos y repeticiones... «The Golden Bough es una obra excepcional porque conecta la psicologización típica de la obra literaria con la realidad empírica ―igualmente típica― de la obra divulgativa de carácter científico. No se trata de una deformación de la realidad, pero sí de la creación de una nueva realidad. En este punto es donde radica el gran valor literario de The Golden Bough. The Golden Bough, a pesar de que sus teorías antropológicas han perdido actualidad y vigencia, no se ha agotado como obra porque presenta un núcleo informativo rodeado de elementos emotivos, estéticos y volitivos.» (José Carlos Redondo Olmedilla, «The Golde Bough: simbiosis de valores en una obra canónica», Cauce, nº 28, 2005, pp. 307 ss.)

William Turner, La rama dorada (1834)

domingo, 8 de marzo de 2015

Martín de Braga, Sobre la corrección de las supersticiones rústicas

Códice Albeldense
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San Martín, obispo de Braga (también conocido como Martín de Dumio, por el monasterio que fundó y rigió) fue un importante personaje del siglo VI. Originario de la Panonia, desarrollará su actividad religiosa e intelectual en Gallaecia, lo que le hace paisano de otros autores próximos a su tiempo: en el siglo V Paulo Orosio e Idacio, y el algo más joven Juan de Biclaro. De ellos, sin embargo, sólo Idacio permaneció en su terruño. Martín de Braga logrará la conversión a la fe católica del pueblo suevo y redactará numerosas obras, algunas de las cuales han llegado a nosotros. Su fama rebasará con creces los límites del reino suevo, y autores como Isidoro de Sevilla y Gregorio de Tours le aluden encomiásticamente en sus propias obras.

La breve obra que nos ocupa muestra la preocupación por las pervivencias paganas, muy extendida en su tiempo por toda la Romania. El medievalista de Oxford Chris Wickham lo expresaba así recientemente en su El legado de Roma. Una historia de Europa de 400 a 1000: «Los rigoristas de la iglesia altomedieval... tuvieron que hacer frente al hecho de que en todas partes sobrevivían rituales tradicionales de distintos orígenes, integrados en el seno de las prácticas cristianas. Los clérigos del imperio tardío se habían opuesto a ellas con frecuencia... pero no las desarraigaron; y parece que los clérigos altomedievales, en una era en la que las instituciones eran más débiles, podían hacerlo menos todavía. Nuestros autores suelen expresarlo en términos de de supervivencia o resurgimiento pagano, como sucede en el caso de Martín de Braga. Se trata de un estilo retórico más común en las proximidades de las viejas fronteras romas, suponemos que porque allí los verdaderos paganos se hallaban más cerca.» (Barcelona 2013, p. 236.)

Sin embargo no se debe exagerar la gravedad del fenómeno, ante el que se reaccionó de múltiples formas. El mismo historiador señala que «El obispo Martín de Braga (m. 579)... había predicado largo y tendido en su contra (de las supervivencias paganas) antes de morir, quejándose de la gente que observaba una extensa variedad de lo que él consideraba rituales no cristianos: las velas encendidas detrás de las rocas y de los árboles, el pan que se tiraba a las fuentes, el veto a viajar en días no propicios, o las salmodias sobre hierbas. Y estas prácticas tampoco terminaron con Martín. Un texto de finales del siglo IX, de Asturias, algo más al norte, conserva un encantamiento contra el granizo, en nombre de todos los arcángeles y de san Cristóbal, que implora a Satán que no cause problemas en el pueblo del monje Auriolo y su familia y vecinos; es, en efecto, un texto mágico completamente tradicional, aunque formulado en términos cristianos. Quizá la Hispania del noroeste era tan diversa según las regiones que prácticas como ésta no se daban en el Bierzo; pero quizá Valerio, como Auriolo, no las consideraba tan erróneas como Martín.» (Ibid, pp 229 ss)


viernes, 6 de marzo de 2015

Ahmad Ibn-Fath Ibn-Abirrabía, De la descripción del modo de visitar el templo de Meca

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Ya disponemos de los relatos de varias peregrinaciones, de épocas y finalidades muy variadas: la sobria aunque entusiasta de la dama Egeria hasta Tierra Santa; la colorida y en ocasiones maldiciente de la Guía de Peregrinos hacia Santiago de Compostela; la fantástica y adornada (aunque alguna vez veraz) de Juan de Mandeville... Y ahora vamos a completar este repertorio con otra peregrinación, en esta ocasión desde la margen cultural opuesta, y dirigida hacia La Meca.

El único manuscrito que la conserva, escrito en árabe y castellano en el siglo XVII, fue estudiado y publicado por Mikel de Epalza, y resulta un tanto intrigante por superponer dos viajes realizados por dos diferentes peregrinos. El punto de vista de la narración varía a menudo, y puede resaltar confuso al mezclarse las diferentes voces de narradores y traductores, e incluso la prosa y el verso. Su editor propuso el siguiente complejo proceso de su elaboración.

Un morisco hispánico, posiblemente aragonés, lleva a cabo con éxito su hajj o peregrinación a La Meca a principios del siglo XV. Por el mismo tiempo, un alfaquí natural de Fez en Marruecos llamado Ahmad Ibn-Fath Ibn-Abirrabía, emprende su propio viaje con idéntico propósito pero muy distinto resultado: una vez embarcado en Túnez, será apresado y esclavizado, conducido hasta Grecia, y desde allí, a Aragón. Allí mejorará su suerte: tratará de su rescate, y logrará el apoyo de una comunidad morisca a las que transmitirá sus saberes. Y lo que es más importante, entrará en contacto con el primer viajero («una persona de crédito»), y pondrá por escrito la narración que le hace de viva voz, «añadiendo a lo dicho algún precepto de las cerimonias de dicha visita, para que sierva lo dicho por ayuda y memorial a la persona que deseare hacer lo mesmo, con lo que espero de premio y merced, confiando en Dios». Por último, añadirá el relato de sus propias desventuras en versos pareados.

Según Epalza, el manuscrito original en árabe sería copiado y traducido por un morisco a fines del XVI o principios del XVII. Sin embargo, parte del manuscrito no se copió, o se perdió, y por ello cuando es nuevamente copiado en el XVII, ahora por un cristiano viejo que añade algunas notas explicativas, éste se extraña de sus carencias: «El autor tenía prometido describir las cosas de Meca y después la ciudad de Yathrivo, donde está sepultado Mahoma. No sé si la falta es suya o de quien lo trasladó». Éste sería el manuscrito que ha llegado a nuestros días.



miércoles, 4 de marzo de 2015

Iósif Stalin y otros, Historia del Partido comunista (bolchevique) de la U.R.S.S.

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Tras el Mi lucha de Hitler, el conocido Curso Breve que promueve, dirige y en parte escribe Stalin (1878-1953). Ambas obras obedecen a un semejante propósito de propaganda política, con el que se quiere consolidar el propio proyecto de dominio ideológico y social. Y en ambas se realiza una inescrupulosa interpretación del pasado ―construyen su propia fingida memoria histórica―, con una cierta diferencia temporal: Hitler expone sus planes, Stalin se enorgullece de lo ya logrado. Pero quizás la coincidencia más relevante es la de los enfoques: los dos se basan en un discurso ideológico totalitario que no deja espacio a la duda ni a la discrepancia: el nacionalismo racista de uno junto con el marxismo-leninismo del otro; los dos cuentan con sendos personajes providenciales, sin los que no habría esperanza alguna: ellos mismos; los dos consideran la violencia, la intolerancia y la imposición como justas herramientas para lograr el mundo perfecto que no se conforman con soñar.

En su sugerente ensayo Koba el temible. La risa y los veinte millones, el novelista Martin Amis describe la obra que nos ocupa del siguiente modo: «En 1938, durante la primera oleada del Terror, Stalin dio a la imprenta un Cursillo de historia del Partido Comunista de la Unión Soviética. En parte manual de consulta, en parte autobiografía escrita por otro, se vendieron decenas de millones de ejemplares y se convirtió en piedra angular de toda la cultura. Puede que no toda su popularidad se prefabricara e impusiera. A fin de cuentas, el Cursillo era el mejor manual para aprender a evitar las detenciones. Por entonces, en 1938, estaban ya muertos casi todos los que recordaban las cosas de otro modo. Fue uno de los oscuros deseos del Terror: hacer tabla rasa del pasado... Por lo que dice el Cursillo, Stalin hizo la revolución (y ganó la guerra civil) prácticamente solo, con la ayuda y el apoyo de Lenin, y las siniestras zancadillas de Trtotsky. Cuando lo cierto es (…) que Stalin no tuvo el menor papel en Octubre.» (Barcelona 2002, p. 117)

De forma más académica, Robert Service, en su Camaradas. Breve historia del comunismo, expone lo siguiente: «Fundamental para la ideología era la historia oficial del partido comunista que se había publicado a bombo y platillo en 1938... Este Curso abreviado proporcionaba un relato del comunismo desde Marx y Engels a los juicios farsa de 1936-37 y abarcaba historia, política, economía y filosofía. El propio Stalin escribió el largo subcapítulo sobre el materialismo dialéctico. El libro se concebía como la biblia del régimen. Se esperaba de la gente que leyera capítulos en casa después del trabajo (era casi como los primeros protestantes estudiando el Nuevo Testamento). Se convirtió en costumbre regalar un ejemplar como un rito de paso: a los estudiantes que terminaban la escuela o la universidad se lo daban anotado con mandamientos de camaradería. Nadie con ambición podía permitirse no tener el libro. La idea de Stalin era que los capítulos proporcionarían a todo el mundo, salvo a los ideólogos profesionales, acceso a un suficiente conocimiento de los propósitos comunistas. Se imprimieron decenas de millones de ejemplares con elegantes tapas de color berenjena y un papel decente. Se prepararon rápidamente traducciones a los principales idiomas del mundo. La Komintern proclamó la obra como la cumbre de la sabiduría; nadie podía permanecer en ninguno de sus partidos sin reconocer que el Curso abreviado era la fuente cristalina del análisis revolucionario (…) Aunque Stalin simulaba molestarse por cualquier adulación y pedía que se redujeran las numerosas referencias a él en el Curso abreviado, era pura fachada. Es cierto que el Curso abreviado lo citaba menos frecuentemente que a Marx y Lenin, pero sin duda quedaba claro que Stalin es el Lenin de hoy. Era tratado como el ejemplar perfecto de la especie humana. Como constructor del orden de estado soviético desde 1928, no tenía rival. A los comunistas les enseñaron que Stalin, el partido y las masas estaban unidas por su celo para ayudar al comunismo a escalar las cimas del éxito revolucionario.» (Barcelona 2009, pp. 256 ss.)

Y así, como todo dogma impuesto, por su mismo carácter oficial e ineludible, esta historia devino en algo banal que se respeta y se asume, que no se discute, que se da por sabido, pero sólo en el plano teórico de los principios. Y que por ello en la práctica no afecta al día a día de las vidas de las personas. Así, Solzhenitsyn, en su novela Pabellón de cáncer, excusa la poca afición a la lectura de un personaje del siguiente modo: «Poddúyev leía por necesidad: folletos sobre las experiencias de la profesión, reseñas de mecanismos elevadores, las instrucciones de trabajo, las órdenes administrativas y el Curso Breve hasta el cuarto capítulo.» Que es precisamente en el que se encuentra la aportación filosófica de Stalin...


Yevfrosíniya Antónovna Kersnóvskaya

Adolf Hitler, Mi lucha

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Al iniciar su monumental estudio biográfico sobre Adolf Hitler (1889-1945), Ian Kershaw escribe: «Más que la extraña personalidad del hombre que tuvo en sus manos el destino de Alemania entre 1933 y 1945, lo que ha seguido interesándome... ha sido la cuestión de cómo fue posible Hitler: no sólo cómo pudo obtener el poder del estado un aspirante tan absolutamente impropio, sino cómo consiguió ampliar ese poder hasta hacerlo absoluto, de tal forma que hasta los mariscales de campo estuvieran dispuestos a obedecer sin vacilar las órdenes de un antiguo cabo, e incluso profesionales capacitados e inteligencias agudas de todos los sectores de la vida estuvieran dispuestos a prestar una obediencia acrítica a un autodidacta cuyo único talento indiscutible era el de saber avivar las emociones más viles de las masas.» (Ian Kershaw, Hitler 1889-1936, Barcelona 1999, p. 10)

Más adelante señala el mismo historiador: «Mein Kampf es importante porque nos permite asomarnos a su pensamiento a mediados de la década de 1920. Por entonces Hitler había elaborado una filosofía que le proporcionaba una interpretación completa de la historia y de los males del mundo, y los medios que podían permitir superarlos. Lacónicamente resumida, no pasaba de ser una visión simplista y maniquea de la historia como lucha racial, en la que la entidad racial más elevada, el ario, estaba siendo debilitada y destruida por la más baja, el judío parásito... La misión del movimiento nazi estaba, por tanto, muy clara: destruir el bolchevismo judío. Al mismo tiempo (un oportuno subterfugio que permitía justificar la conquista imperialista directa) esto proporcionaría al pueblo alemán el espacio vital que la raza dominadora necesitaba para sustentarse.» (Ibid., p. 250 s.)

La difusión de la obra fue prodigiosa... sobre todo desde que Hitler asumió el poder absoluto, cuando se la quiso convertir en la Biblia nacionalsocialista, o incluso la Biblia del pueblo alemán. En cualquier caso, queda en pie la pregunta cómo fue posible Hitler. Rosa Sala lo expone así: «Mein Kampf no sólo fue uno de los libros más vendidos de la Alemania nazi (…) sino, desafortunada y paradójicamente, también uno de los menos leídos. Frecuentemente considerado ilegible por partidarios y detractores debido a su estilo farragoso y repetitivo, su desconocimiento contribuyó en gran medida a la subestimación política del nazismo y de su Führer. El hecho de que, desde 1930, el propio Hitler quitara importancia a su obra programática (…) permitió que se pasara por alto el hecho incuestionable de que en Mein Kampf, con su manifiesta exposición de la cosmovisión hitleriana, se expresen de forma inequívoca y con asombrosa consecuencia tanto sus propósitos de expansión imperialista hacia el este como su convicción de que había que deshacerse de los judíos en un combate que, según sus propias palabras, es y va a ser siempre sangriento (…) Una y otra vez se ha formulado la pregunta de cómo es posible que un libro como Mein Kampf pudiera distribuirse sin impedir para siempre la subida al poder de Hitler.» (Rosa Sala Rose, Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, Barcelona 2003, p. 260 s.)

Esta postura puede conducir, en ocasiones, a explicar el nazismo basándose en la ignorancia de gran parte de la población (no sabía,  no leí, no me enteré...), o en trivializar aquellos propósitos manifiestos y públicos (quién pensó que los aplicaría, los políticos siempre exageran, se moderará en el poder...). Sin embargo debe tenerse en cuenta, también, el pavoroso conductismo práctico de la propaganda en las nuevas sociedades de masas: si determinante en el campo del capitalismo consumista, decisivo hasta un grado patético en el de la imposición ideológica. Hasta el punto en que modelar una sociedad en función de unas ideas determinadas viene a ser lo mismo que modelarla en función de unos gustos musicales determinados, siempre y cuando se disponga de los recursos, medios y poder coercitivo necesario. Y el nazismo, y el fascismo, y el comunismo (y no sólo ellos) lo consiguieron.

¿Y por qué editar aquí este libro? En primer lugar porque es un texto de carácter propagandístico imprescindible para conocer su época. En segundo lugar porque debe estar disponible (con sus clamorosas inconsistencias) fuera de los círculos cerrados de sus mitificadores. Pero hay una tercera razón: en nuestras sociedades hoy está presente el culto a la violencia (generalizada la verbal; ¿cada vez más presente la física?), el supuesto derecho a imponer la Verdad Absoluta (es decir, mi pequeña y retorcida verdad), el desprecio cargado de razones hacia los que piensan o actúan o son de otro modo (o son malos o son tontos), los racismos que nunca han desaparecido y que tintan a tantos nacionalismos (aunque se disfracen de culturalismos e idiomismos), los imperialismos expansionistas... Todos estos rasgos no derivan necesariamente del nazismo, pero quizás sea urgente poner de relieve que todos ellos estaban presentes en el imaginario hitleriano...


Felix Nussbaum, Prisionero acurrucado, 1940