viernes, 21 de abril de 2017

Charles F. Lummis, Los exploradores españoles del siglo XVI

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La obra que presentamos esta semana es un acabado ejemplo de divulgación de combate: el autor se ocupa de una cuestión que considera mal explicada o directamente tergiversada, a causa del desconocimiento en unos casos, y de la animadversión en otros. Ante la ignorancia, la envidia, la malevolencia y otros oscuros propósitos (principalmente políticos) que han generalizado una interpretación errónea y condenatoria de unos hechos, personajes o naciones, el justiciero escritor emprende lo que él mismo percibe como un desigual combate en defensa de los perjudicados, y restituirles así el honor mancillado. Y en muchas ocasiones sus propósitos son plenamente razonables. El problema es que con frecuencia cae en el mismo defecto que critica, mediante una simple inversión de la valoración: los héroes y los villanos de la versión dominante intercambian sus papeles, y la leyenda negra se transforma en leyenda rosa. La historia, que persigue simplemente profundizar en el conocimiento del pasado, continúa enmascarada en una historia-instrumento, herramienta para alcanzar determinados objetivos, que busca imponer una determinada visión sesgada de la realidad. Por ejemplo la mal llamada (y malhadada) memoria histórica.

Charles F. Lummis (1859-1928) fue un interesante intelectual norteamericano de múltiples ocupaciones e intereses: arqueólogo, etnógrafo, historiador, poeta… Y en buena parte de ellas, hispanista que deriva en hispanófilo. Nuestro conocido Rafael Altamira, que lo trató personalmente en Los Ángeles, lo caracteriza así en el prólogo a la versión castellana de la obra que comunicamos: «Lummis tiene tanto corazón como voluntad y cerebro, y es así capaz de sentir el más cálido entusiasmo por todas las cosas del mundo que lo merecen, y capaz también de expresar su sentimiento en palabras que suenan como una poesía. Quien le ha oído hablar de España (yo he tenido esa fortuna) y calificar de bendición de madre algo que de ella procedía, como reconocimiento de la gran labor hispanófila que Lummis ha realizado, sabe bien qué profundo sentido artístico hay en el ama viril y aventurera (sanamente aventurera) del autor de este libro.»

Pero, aunque Altamira celebra la publicación de Los exploradores españoles del siglo XVI, no deja de poner de relieve algunas inconsistencias o errores (y quizás esto sea la causa de que su prólogo desapareciera de algunas de las numerosas ediciones posteriores). Y Altamira concluye: «la manera eficaz de vindicar nuestra historia en todo lo que deba ser vindicado, consiste en saber de ella más y mejor que los que puedan tener, en cualquier momento, interés de contrahacerla, o simplemente carezcan del de mostrarla tal como fue en todos sus aspectos. Mientras nuestro conocimiento de lo que hicimos en cualquier orden de nuestra vida interior o exterior dependa de los libros extraños, nos encontraremos en una enorme inferioridad para intervenir en la polémica. Conquistemos en esto nuestra independencia mediante una persistente labor, y el resto se nos dará por añadidura.»

Pues bien, ¿qué interés conserva hoy este centenario texto? A pesar de que Lummis construye la imagen de los conquistadores españoles a partir de los pioneers del Far West; a pesar de que toma partido por unos (Pizarro, por ejemplo), y critica a otros en los que ve conductas o intenciones torcidas (Hernán Cortés). Y a pesar, lo que resulta más llamativo, de que un defensor de los indios norteamericanos descalifique por principio las culturas precolombinas: «aquellos sorprendentes seres, cuyo imaginado gobierno deja tamañita a cualquiera nación civilizada y moderna, no eran más que indios.» A pesar de todo ello, la obra de Lummis continúa siendo valiosa, tanto por facilitar un primer acercamiento a la exploración y conquista de América, como por constituir una excelente muestra de los enfrentamientos nacionalistas a la hora de imponer la propia interpretación del pasado.

viernes, 14 de abril de 2017

Atanasio de Alejandría, Vida de Antonio

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«En décadas recientes, los historiadores han abandonado la vieja cautela hacia las narraciones de milagros; y ha sido un acierto, puesto que tales narraciones nos dicen, sobre la sociedad no aristocrática y los valores religiosos y culturales, más de lo que podemos saber por las demás fuentes. No suponen una ventana abierta a la sociedad campesina, claro; ningún texto es así y estos, además, casi nunca fueron escritos por campesinos (aunque uno o dos sí lo fueron, como la Vida de Teodoro de Siqueón). Pero son la mejor guía que tenemos y, por muy sometidos al estudio que hayan sido, aun siguen teniendo más cosas que contarnos.» Y es que «los autores cristianos nos dicen más cosas de la mayoría campesina de lo que hicieron jamás los autores paganos. Los campesinos podían convertirse en santos, si eran excepcionales; también eran testigos de los actos notables de los santos y santas rurales, que vivían lejos de las élites urbanas, con lo cual las vidas de santos nos aportan retratos de la sociedad rural que faltan casi por completo en la literatura anterior. A fin de cuentas, los pobres podían ir al cielo con la misma facilidad que los ricos (y en la teoría cristiana, más fácilmente que ellos).» (Chris Wickham, El legado de Roma. Una historia de Europa de 400 a 1000, Barcelona 2013)

Atanasio (296-373), patriarca de Alejandría en Egipto, escribió esta biografía en 357, apenas un año después de la muerte de Antonio, cuando éste era más que centenario. Aunque no el primero, fue uno de los pioneros anacoretas, y será muy pronto denominado padre de los monjes. Hoy tiende a considerarse que no fue esta obra, escrita en griego e inmediatamente traducida al latín, y muy difundida, la que le dio su fama a san Antonio Abad, como acabará siendo conocido. Posiblemente fue al revés: Atanasio, uno de los personajes destacados de la Iglesia del siglo IV, protagonista en los conflictos relacionados con el arrianismo y el poder imperial ―cinco veces desterrado―, y con frecuentes relaciones con los monacoi tan abundantes en el desierto, es la voz autorizada para proporcionar una versión ortodoxa del personaje, que contribuya a la difusión de esta novedosa forma de ascetismo y a la instrucción de los que la practican.

En cuanto a la abundancia de lo prodigioso, los milagros, las apariciones repetidas de demonios (a las que sacaron tanto partido pintores como El Bosco) debemos interpretarlos en función de la época, y en buena medida de la propia influencia pagana. Chris Wickham, en la obra citada, señala como «para la mayoría de los paganos, el aire estaba lleno de poderosos seres espirituales ―daimones, en griego―, que a veces eran bondadosos, pero otras no (...) Para muchos cristianos ―incluidos los autores de nuestras fuentes, desde luego, pero también la gente corriente que aparece en las narraciones de las vidas de santos―, este mundo oculto pasó a ser concebido como claramente dividido en dos: los ángeles, buenos, y los demonios, malos (aun se usaba el término daimones).» Pues bien, en la obra que presentamos se puede observar un esfuerzo por desdramatizar este planteamiento: los demonios son por principio impotentes ante un cristiano, que por tanto no debe temerlos. Esta consideración que podemos atribuir tanto a Antonio como a Atanasio, paradójicamente contribuye, en contra de lo que a veces se suele manifestar, a secularizar la vida romana, tradicionalmente tan empapada de lo sagrado, lo numinoso, que limitaba poderosamente la autonomía personal, y hacía depender en buena medida el día a día del individuo, de la acción de sacrificadores y arúspices.

El Bosco, Tentaciones de San Antonio

viernes, 7 de abril de 2017

Ibn al-Qutiyya (Abenalcotía el Cordobés), Historia de la conquista de Al-Ándalus

Ilustración de Bob de Moor
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María Jesús Viguera Molins se refiere a esta obra como una «compilación seguramente puesta por escrito a mediados del siglo X, a la que se aplica el título de Historia de la conquista de al-Andalus (Tarij Iftitah al-Andalus), recogiendo transmisiones procedentes del gramático, poeta y narrador Muhammad Ibn al-Qutiyya: (“el hijo de la Goda”) Abu Bakr b. Umar b. Abd al-Aziz b. Ibrahim b. Isa b. Muzahim, que llevó también ―como algunos de sus antecesores y descendientes― ese apelativo de el hijo de la Goda, otorgado a los hijos del primer matrimonio de Sara la Goda (al-Qutiyya) con Isa b. Muzahim (m. 136 H./755 d. C.), en principio para distinguirlos de la descendencia de Sara y su segundo marido. Los hechos referidos por Ibn al-Qutiyya se encuentran contrastados y aprovechados por contribuciones sucesivas de la investigación, bien planteadas tanto en el marco general de la historia de España en el siglo VIII, como en el marco concreto relativo a Ibn al-Qutiyya, su familia de ilustres antepasados, entre ellos los witizanos, y su personalidad cultural, carácter y situación de su obra histórica, acerca de este característico sabio andalusí, nacido quizás en Sevilla o ya en Córdoba, en la última decena seguramente del siglo IX, y que murió en Córdoba en 367 de la Hégira 977 d. C.» (La conquista de al-Andalus según Ibn al-Qutiyya, Aljaranda 81, 2011)

Por su parte, María Isabel Fierro había valorado la obra que nos ocupa de este modo: «Ribera y otros investigadores interpretan… que Ibn al-Qutiyya se habría sentido próximo a los muladíes de al-Andalus por sus orígenes hispano-godos: recuérdese que su tatarabuela, Sara la Goda, era nieta del rey visigodo Witiza (…pero más bien) Ibn al-Qutiyya sería un partidario de la integración de las diferentes etnias que coexistían entre los musulmanes de al-Andalus, integración posible a partir de ese elemento común: la religión musulmana. Resumiendo, el contenido del Tarij refleja el punto de vista de un mawlà partidario de los omeyas, y de un ulema con una concepción moralizante de la historia: Ibn al-Qutiyya con su Tarij quiere enseñar que el poder otorgado por Dios a los omeyas en al-Andalus se mantendrá siempre y cuando éstos gobiernen con justicia (para lo cual necesitan rodearse de buenos y fieles consejeros, dar los cargos religiosos a musulmanes de intachable conducta y mantener buenas relaciones con los ulemas) y siempre y cuando sepan poner fin, con los métodos adecuados a cada caso, a las rebeliones de árabes, beréberes y muladíes.» (La obra histórica de Ibn al-Qutiyya, Al-Qantara, X, 1989).


viernes, 31 de marzo de 2017

Textos de Historia de España

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En 1929 los jóvenes profesores Sánchez Albornoz y Viñas presentaban así sus Lecturas históricas españolas: «De modo unánime se reconoce hoy que las lecturas históricas son la forma más eficaz para enseñar la historia a la juventud. De todas suertes, son el complemento forzoso de los manuales. En éstos se presentan los acontecimientos históricos obedeciendo a un sistema concatenado, aspirando a dar una visión de conjunto del pasado, y en su deseo de lograrlo dan entrada al mayor número posible de sucesos, exponen las más varias actividades de la sociedad y los pormenores biográficos de las grandes individuales. El resultado evidente es que entre tan espesa red de datos y de síntesis se escapa lo más atrayente y animado de la historia, y con ello lo más característico y sugerente de la misma. Con su empleo exclusivo el escolar asiste sin interés, e incluso con tedio, al desfile cansado y monótono de un cortejo de sombras. Rara vez consigue alguna de éstas prenderse en los repliegues del recuerdo, y al cabo de meses o de años, el estudiante llegado a madurez mira con desdén, sino huye con rencor, de la novela más rica en emociones, más sugestiva en enseñanzas, más variada y más compleja que puede imaginarse: la que los hombres todos o cada pueblo en su propio solar han ido escribiendo a través de siglos y milenios.»

Este planteamiento nos excusa de cualquier otra justificación para la miscelánea de textos histórico que comunico en esta entrada. Fueron preparados hace algunos años para uso de mis alumnos que cursaban Historia de España. Las veleidades de los programas oficiales, volcados en la contemporaneidad (pero ¿en qué época no ha ocurrido lo mismo? Véase la distribución de espacios y tiempos en las grandes historias de España ya difundidas aquí), explican hasta cierto punto la distribución de contenidos, que he corregido y aumentado mínimamente en esta ocasión. En total son quinientos textos, muchos muy breves, otros extensos. Unos presentan narraciones que se quieren veraces, disposiciones legales, documentos oficiales, informes administrativos… Otros, las elaboradas reconstrucciones históricas de sus propias épocas… También los que nos proponen sus planteamientos políticos o ideológicos, con intención de intervenir directamente en los acontecimientos… Y aún están aquellos en los que predomina el talante del espectador que, sin implicarse aparentemente en aquellos, nos los muestran a través de su mirada…

Una última reflexión. Los ilustres historiadores antes citados echaban en falta el uso de lecturas históricas en las aulas españolas, mientras que se usan «en todos los grados de enseñanza en los países que exigen una escrupulosa formación histórica en sus clases dirigentes. ¡Qué utilidad podrán reportar en España, pueblo sin memoria y con un atenuado sentido histórico!» Naturalmente la situación cambió, y con rapidez, y también aquí se hizo común su empleo. Pero aunque nos libramos de Escila, en ocasiones caemos en Caribdis, y convertimos el goce del acceso directo a los testigos de una época, en un premioso, maniático y ritualizado comentario (o cementerio, según Miguel D'Ors) de texto. Y trocamos ―mal negocio― un enriquecedor hablar con los muertos, por una cansina, repetitiva y pretenciosa autopsia forense.

viernes, 24 de marzo de 2017

Julián Ribera, Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana

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Claudio Sánchez Albornoz en su oceánica La España musulmana, señala al presentar su ramillete de textos andalusíes sobre los “Libros en Córdoba”: «Los cordobeses de la época califal amaban los libros. Sólo en el arrabal occidental de Córdoba se ganaban la vida copiando manuscritos 170 mujeres. Se publicaban al año en la ciudad sesenta mil volúmenes. El califa Al-Hakam reunió una biblioteca de cuatrocientos mil. Los nobles imitaron su ejemplo. Todos, magnates y estudiosos, rivalizaban en la adquisición de libros y en la formación de bibliotecas. Fue famosa la de Isa ben Futays. Había un floreciente increado de libros. Se pujaban en él las obras raras o lujosas. La noticia de uno de esos remates dice, más que ningún elogio, cuál había llegado a ser el gusto por el libro y la moda de reunirlos entre los cordobeses. Después, el dictador Almanzor, para congraciarse con los alfaquíes o teólogos, rígidamente intolerantes, y con las masas ignaras que les seguían, ordenó el espurgo de la magnífica biblioteca califal, única en Europa. Durante las revoluciones cordobesas, de principios del siglo XI, se perdieron ricos tesoros bibliográficos en los incendios y saqueos de Medina al-Zahra y de Medina al-Zahira y de los palacios de los grandes, y muchos de éstos hubieron de vender sus bibliotecas. Pero a pesar de tanto desastre, todavía a fines del siglo XII Córdoba era, según Averroes, la ciudad que poseía más libros.»

En realidad Sánchez Albornoz está espigando la información que recogió el autor de la obra que presentamos, así como sus discípulos y compañeros del arabismo de hace un siglo: «Los grandes maestros Ribera y Asín... —dice el autor de España, un enigma histórico— han dado un impulso decisivo a los estudios arábigos. Debemos al primero monografías de gran valor científico sobre la lengua, la literatura, la enseñanza, la música y las instituciones de la España musulmana. Ha revolucionado el segundo el conocimiento de la filosofía y la mística hispano-árabes. Ambos han descubierto horizontes insospechados sobre las influencias culturales de Al-Ándalus en el Occidente Europeo. Sus discípulos, ya maestros a su vez han continuado su labor por las sendas que ellos abrieron y han abierto otras nuevas, por lo que hace al arte, a la poesía, a la filología, al derecho... de la España islamizada.» Y más adelante: «Cada día va siendo aceptada por mayor número de estudiosos —y si no fuera de paternidad hispánica habría sido ya admitida sin contradicción— la teoría del maestro Ribera sobre el origen hispano-árabe de la música medieval de los trovadores y de los minnesinger. El gran patriarca del arabismo español ha ido marcando los cambios que los andaluces introdujeron en la música oriental —la transformaron de monódica en coral, y trocaron y vivificaron su tonalidad, su ritmo y su armonía— y ha ido señalando sus contactos con la música de aquende y de allende el Pirineo y las sendas por donde pudo llegar la arábigo-hispana hasta Provenza. Otra tesis del mismo Ribera, sobre el origen andaluz de la lírica europea, ha sido reforzada por los estudios de Nykl y ha sido demostrada en los últimos tiempos por un romanista de la talla de Menéndez Pidal.»

viernes, 17 de marzo de 2017

León de Arroyal, Pan y toros. Oración apologética en defensa del estado floreciente de España

Ilustración de Juillard
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La obra que hoy comunicamos fue un exitoso panfleto satírico político en defensa de las ideas políticas más innovadoras de su tiempo. Corrió manuscrito (atribuyéndose torticeramente su autoría a Jovellanos) por España desde 1793 o incluso antes, al rebufo de la polémica iniciada con los juicios críticos sobre España de los ilustrados como Montesquieu y Voltaire, incrementada con el artículo de Nicolás Masson en el tomo I de la Geografía de la Enciclopedia metódica, y contestada, entre otros, por la Oración apologética de Juan Pablo Forner. Pan y toros supone la asunción de las críticas francesas, y el cuestionamiento y rechazo expreso de la amalgama de nuevas ideas y tradición con las que Forner quiere responderles. Sólo será impresa a partir de 1812, y continuará apareciendo Jovellanos como autor. Su difusión fue grande, especialmente en los momentos de mayor agitación política. Y la expresión del título se convertirá en un lugar común, especialmente desde el estreno de la zarzuela Pan y toros, de Picón y Barbieri, en 1864.

En 1904, el hispanista francés Morel-Fatio solicitaba a su amigo Menéndez y Pelayo información sobre la autoría de esta obra, y éste le respondía así: «Quién fuera éste, no creo imposible averiguarlo. El mismo Carmena parece que nos pone en camino, describiendo (número 165 de su Bibliografía) un ejemplar que llevaba esta nota manuscrita: Esta obrita falsamente se atribuye a Jovellanos: su autor es D. Luis (sic) de Arroyal, escrita en 1792. Creo que este D. Luis es D. León del Arroyal, poetastro bastante conocido y cuyas ideas avanzadas se transparentan en muchos de sus Epigramas. Sospecho que son de Arroyal las curiosas Cartas Políticas que Rodríguez Villa publicó a nombre de Campomanes. Recuerde Vd. que una de estas cartas está fechada en Vara de Rey, 1787. Precisamente en ese pueblo de la provincia de Cuenca, que no sé si sería su patria, residía Arroyal cuando terminó sus escolios a los Dísthicos de Catón, 1787. El espíritu de las Cartas y el de Pan y Toros me parecen uno mismo, en lo que toca a la crítica de la antigua monarquía española, aunque en la oración se expresa con más violencia. Vd. dará a esta conjetura el valor que pueda tener, si es que tiene alguno.»

Esta intuición del polígrafo fue definitivamente confirmada por François Lopez en su «Pan y Toros». Histoire d'un pamphlet. Essai d'attribution. Bulletin Hispanique, tome 71, n°1-2, 1969. pp. 255-279, artículo del que extraemos la cita anterior. Así presentaba el destacado hispanista nuestra obra: «Dans le courant de l'année 1812, alors que, depuis un peu plus de trois ans, une relative liberté d'expression était pratiquement instaurée en Espagne et que discours, proclamations et journaux foisonnaient dans toutes les provinces, un imprimeur madrilène, Santiago Fernández, donna au public un pamphlet de trente-deux pages promis à une étonnante carrière. Il était intitulé : Pan y Toros. Oración apológica (sic), que en defensa del estado floreciente de España en el reynado de Carlos IV, dixo en la plaza de toros de Madrid, D. G. M. de Jovellanos. Quelques semaines après, une nouvelle édition de cette brochure sortait des presses de la Imprenta Patriótica à Cadix, et l'année suivante une traduction anglaise en était faite et imprimée à bord d'un navire britannique croisant en Méditerranée.

»Pour rencontrer un tel succès, il fallait que l'ouvrage fût d'actualité ou passablement scandaleux. De fait, il répondait bien à ces deux conditions, par la violente diatribe qu'on y trouvait contre l'Inquisition et par ses attaques furibondes contre le clergé et les dévotions populaires. Certes, l'ardent réquisitoire de Pan y Toros ne se bornait pas à cela. Mais, au moment où le public attendait le grand affrontement qui, dans l'enceinte des Cortès, devait opposer partisans et adversaires du Saint-Office, il était naturel que les libéraux n'y vissent qu'une satire anticléricale et le pendant, en somme, du Diccionario crítico-burlesco de Gallardo qui venait de soulever un beau tumulte. Avec le rétablissement de l'absolutisme et de l'Inquisition, sa carrière qui avait si bien débuté se trouva évidemment interrompue, mais le libelle condamné ne tomba point pour autant dans l'oubli, car, durant le triennat constitutionnel qui succéda à cette période, les éditions reprirent avec une exubérance exceptionnelle. Pour la seule année 1820, en effet, on n'en connaît pas moins de treize. Vint ensuite une nouvelle ère de répression et donc une nouvelle condamnation qu'enfreignirent du reste deux impressions furtives sans doute faites en Espagne et deux ou trois éditions parisiennes de 1826 dont de nombreux exemplaires durent passer les Pyrénées. Enfin, à partir du ministère Mendizábal, Pan y Toros sort à nouveau de la pénombre et bénéficie de 1836 à 1884 d'une très large diffusion, tantôt publié en brochure, tantôt inclus dans les oeuvres de Jovellanos.»

viernes, 10 de marzo de 2017

Juan Pablo Forner, Oración apologética por la España y su mérito literario

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Tradicionalmente se percibió a Juan Pablo Forner (1756-1797) a través de la visión encomiástica de Menéndez Pelayo: «Forner, aunque malogrado a la temprana edad de cuarenta y un años, fue varón sapientísimo, de inmensa doctrina al decir de Quintana, que por las ideas no debía admirarle mucho; prosista fecundo, vigoroso, contundente y desenfadado, cuyo desgarro nativo y de buena ley atrae y enamora; poeta satírico de grandes alientos, si bien duro y bronco; jurisconsulto reformador, dialéctico implacable, temible controversista y, finalmente, defensor y restaurador de la antigua cultura española y caudillo, predecesor y maestro de todos los que después hemos trabajado en la misma empresa (...) No ha dejado ninguna construcción acabada, ningún tratado didáctico, sino controversias, apologías, refutaciones, ensayos, diatribas, como quien pasó la vida sobre las armas, en acecho de literatos chirles y ebenes o de filósofos transpirenaicos. Su índole irascible, su genio batallador, aventurero y proceloso, le arrastraron a malgastar mucho ingenio en estériles escaramuzas, cometiendo verdaderas y sangrientas injusticias, que, si no son indicios de alma torva, porque la suya era en el fondo recta y buena, denuncian aspereza increíble, desahogo brutal, pesimismo desalentado o temperamento bilioso, cosas todas nada a propósito para ganarle general estimación en su tiempo, aunque hoy merezcan perdón o disculpa relativa.»

Y más adelante continúa: «Forner, enemigo de todo resto de barbarie y partidario de toda reforma justa y de la corrección de todo abuso, como lo prueba el admirable libro que dejó inédito sobre la perplejidad de la tortura y sobre otras corruptelas introducidas en el derecho penal, fue, como filósofo, el enemigo más acérrimo de las ideas del siglo XVIII, que él no se cansa de llamar siglo de ensayos, siglo de diccionarios, siglo de diarios, siglo de impiedad, siglo hablador, siglo charlatán, siglo ostentador, en vez de los pomposos títulos de siglo de la razón, siglo de las luces y siglo de la filosofía que le daban sus más entusiastas hijos. Contra ellos se levanta la protesta de Forner más enérgica que ninguna; protesta contra la corrupción de la lengua castellana, dándola ya por muerta y celebrando sus exequias; protesta contra la literatura prosaica y fría y la corrección académica y enteca de los Iriartes; protesta contra el periodismo y la literatura chapucera, contra los economistas filántropos, que a toda hora gritan: humanidad, beneficencia, y protesta, sobre todo, contra las flores y los frutos de la Enciclopedia. (… Y) aprovechó un instante de tregua para lanzar contra los enciclopedistas franceses su Oración apologética por la España y su mérito literario, (en respuesta a) un geógrafo oscuro, Mr. Masson de Morvilliers.»

Naturalmente, esta apreciación le situó, por mucho tiempo, entre las filas mal denominadas reaccionarias. Hubo que aguardar a las interpretaciones mucho más ricas de José Antonio Maravall y de François Lopez para obtener una percepción más completa de su compleja y poliédrica posición política. Pedro Carlos González Cuevas, en su Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días, lo sintetiza así: «Otro protonacionalista español de la época es Juan Pablo Forner. Pero con el extremeño entramos en otro horizonte filosófico, muy distinto al de Zeballos o el de los jesuitas expulsos. Forner era acérrimo partidario del absolutismo real, en cuanto éste suponía una racionalización del Antiguo Régimen. En este sentido, para Forner la monarquía debía ser regalista y el absolutismo implicar anticlericalismo. Por ello, José Antonio Maravall ha aportado una coherencia a toda la obra forneriana en el sentido de introducir las nociones significativas de nación y patria como conceptos anuladores de las diferencias entre el Forner racionalista e ilustrado y el Forner supuestamente reaccionario. Forner es, ante todo, un nacionalista español, cuyo objetivo es defender a España de las acusaciones de incultura y brutalidad proferidas por Masson de Morvilliers y otros ilustrados franceses. En su célebre Oración apologética por España y su mérito literario, el extremeño ataca a Rousseau y Voltaire como sofistas ultramontanos y hace un balance positivo de la cultura española desde la época romana a la de Carlos III para apostar claramente por las ciencias experimentales, las únicas realmente útiles. Aunque reconoce que no hemos tenido un Cartesio o un Newton, hemos tenido justísimos legisladores y excelentes filósofos prácticos.»

viernes, 3 de marzo de 2017

Nicolás Masson de Morvilliers, España, dos versiones del artículo de la Encyclopédie méthodique

Hugo Pratt
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Víctor Cases, en su La polémica España de Masson de Morvilliers, encuadra así las circunstancias de la obra que nos ocupa, y la polémica que originó: «En 1782 salía a la luz el primer volumen de la Géographie moderne que formaba parte de la Encyclopédie méthodique editada por Charles-Joseph Panckoucke. En principio pocos podían esperar que este título ―uno de los 210 que componen la vasta empresa que duró medio siglo...― diera lugar a uno de los debates más acalorados y prolíficos de la España de finales del siglo XVIII. A pesar de que el pasaje ha sido citado en numerosas ocasiones, conviene refrescarnos la memoria: “¿Pero qué se debe a España? Y desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace diez, ¿Qué ha hecho ésta por Europa? Se parece hoy a esas colonias débiles y desgraciadas, que necesitan sin cesar el brazo protector de la metrópoli: hay que ayudarla con nuestras artes, con nuestros descubrimientos; se parece incluso a esos enfermos desesperados que, sin conciencia de su enfermedad, rechazan el brazo que les da la vida. Sin embargo, si hace falta una crisis política para sacarla de  este vergonzoso letargo, ¿qué es lo que espera aún? ¡Las artes están dormidas en ella; las ciencias, el comercio! ¡Necesita nuestros artistas en sus manufacturas! ¡Los savants están obligados a instruirse ocultando nuestros libros! ¡España carece de matemáticos, de físicos, de astrónomos, de naturalistas!”

»El fragmento no es sino un simple botón de muestra de las abundantes críticas vertidas en la entrada “Espagne” del primer volumen de la Géographie moderne, firmada por Nicolas Masson de Morvilliers. Como vemos, el texto dista de ser una descripción objetiva de los méritos y las deudas de la nación española, cuyos defensores no podían dejar pasar la ocasión de reivindicar una vez más las excelencias de una patria que soportaba una leyenda negra que influyó profundamente en la imagen que la conciencia española poseía de sí misma. Si bien hacia el final del artículo Masson de Morvilliers reconoce que en la actualidad puede hablarse de una tímida recuperación de España, avalada por las buenas medidas gubernamentales que tienden a corregir los déficits del reino, por la penetración de la filosofía en el territorio (que es fundamental, sin duda, subraya Masson, para derribar los prejuicios y supersticiones) y por el hecho de que los hombres de mérito, sea cual sea su  cuna, han  comenzado a ocupar determinados cargos públicos; si bien el autor francés ofrece algunos motivos para la esperanza, la polémica evidentemente ya está servida: el español es indolente, perezoso, apático, leemos en la Encyclopédie méthodique, España es un “pueblo de pigmeos”, “pobre en mitad de sus tesoros.” “El español tiene aptitud para las ciencias, dispone de muchos libros, y, sin embargo, es quizá la nación más ignorante de Europa. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que necesita la licencia de un fraile para leer y pensar?”

»Como es obvio, las respuestas no tardaron en llegar. En 1784, aparecen las Observations de M. l’abbé Cavanilles sur l’article “Espagne” de la Nouvelle Encyclopédie, que fueron traducidas ese mismo año al castellano. Eminente botánico español afincado en París desde hacía varios años, Antonio José Cavanilles afirma que “estaba reservado a Mr. Masson el ofrecernos un modelo de la ignorancia más reprehensible y la más atrevida presunción” (…) La réplica del abate Cavanilles fue contundente, como lo será también la de Carlo Denina, que aparecerá dos años más tarde y, al igual que las Observations, será traducida inmediatamente al castellano. Pero la magnitud de la ofensa requería una respuesta institucional, y de este modo se anunciaba en la Gaceta de Madrid del 30 de noviembre de 1784 el nuevo tema propuesto por la Real Academia para el concurso de elocuencia del año siguiente: “Para la Oratoria. Una apología o defensa de la Nación, ciñéndose solamente a sus progresos en las ciencias y las artes, por ser esta parte la que con más particularidad y empeño han intentado obscurecer su gloria algunos escritores extranjeros, que llevados de sus engaños y faltos de seguras noticias, han publicado obras llenas de injurias e imposturas”. A partir de aquí comienza a gestarse la Oración apologética por la España y su mérito literario de Juan Pablo Forner.»

Y más adelante hace referencia a «la versión española publicada diez años más tarde, cuando vio la luz en la Imprenta de Sancha de Madrid la traducción de Juan Arribas y Soria y Julián de Velasco. Como cabía esperar, el artículo “España” de nuestra Geografía moderna no es una traducción literal de las páginas firmadas por Nicolas Masson de Morvilliers, sino una versión muy libre que parte de algunas (sólo algunas) de las reflexiones del autor francés e incorpora otras muchas cuestiones, entre ellas una relación exhaustiva de los reyes que han pasado por la Península o una historia de la monarquía hispana mucho más extensa e infinitamente más elogiosa que la trazada por Masson de Morvilliers, para terminar componiendo una apología de una nación cuyos literatos, teólogos, matemáticos y médicos ―leemos en las reflexiones finales del artículo― han inspirado en no pocas ocasiones a los tan cacareados savants extranjeros, ocupados en “las vanas sutilezas de la metafísica.”»

viernes, 24 de febrero de 2017

Los filósofos presocráticos. Fragmentos y referencias (siglos VI-V a. de C.)

Crónicas de Nuremberg (1493)
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Guillermo Fraile, en el tomo I de su Historia de la Filosofía, los presenta así: «La invasión dórica en el siglo XII obligó a emigrar a los jonios, los cuales buscaron refugio en las costas e islas adyacentes del Asia Menor, fundando numerosas colonias, consolidadas en el siglo VIII por una nueva oleada de emigraciones. En esas colonias (Mileto, Éfeso, Clazomenes, Samos…), en contacto directo con las culturas del Oriente Proóximo, nace la Filosofía. La importancia de este período es extraordinaria. El hecho de que la Filosofía griega culmine en los grandes pensadores atenienses del siglo IV ha repercutido sobre los que les anteceden, haciéndoles aparecer con el carácter de precursores. Ciertamente lo son, en cuanto que preparan el advenimiento de las grandes concepciones sistemáticas helenas. Pero tienen por sí mismos un alto valor. Aun cuando Grecia no hubiese llegado a las cumbres de Platón y Aristóteles, solamente las especulaciones de los presocráticos le darían derecho a ocupar un puesto destacado en la historia del pensamiento.

»El siglo y medio que transcurre entre Tales de Mileto y los sofistas constituye un período sumamente rico de vida intelectual. En contraste con la lentitud oriental, el pensamiento heleno sorprende por su brillante rapidez. Apenas comienzan a filosofar los griegos, imprimen a la especulación un impilso y un ritmo desconocido hasta entonces. La Filosofía, recién nacida en las primeras respuestas de los milesios al problema de la Naturaleza, se remonta rápidamente a las audaces concepciones de Heráclito, Parménides, Empédocles, Anaxágoras y los atomistas. El panorama intelectual es muy movido, Las controversias entre los filósofos contribuyen a afinar los conceptos y a crear una verdadera técnica filosófica. Rápidamente van surgiendo los problemas fundamentales, aunque todavía en forma embrionaria e implicados unos en otros. Aparecen también los primeros intentos de solución, aun cuando haya que reconocer que la importancia de los presocráticos consiste más en el hecho mismo de haberse planteado los problemas que en las soluciones concretas que les pudieron ofrecer.

»Los presocráticos elaboran sobre la marcha muchas nociones importantísimas: de ser y de hacerse, de sustancia y accidente, de movimiento y quietud, de naturaleza común y seres particulares, de realidad y de fenómenos, de materia y espacio, de finito e indefinido, de limitado e inlimitado, de tiempo y eternidad, de conocimiento sensitivo e intelectivo, de lleno y vacío, de divisible e indivisible, de número y medida, de identidad y contradicción, de ciencia y de opinión, de causa y efecto, de orden y de ley, de responsabilidad moral y de sanción, etc., etc. También se esbozan claramente las tendencias fundamentales que prevalecerán a lo largo de la Historia del pensamiento: realismo e idealismo, monismo y dualismo, mecanicismo y dinamismo, etc. En este aspecto los presocráticos pueden considerarse como precursores no sólo de Sócrates, sino de toda la Filosofía europea.»

Y más adelante concluye: «Los positivistas del siglo [ante]pasado saludaron con alborozo el acontecimiento del paso del mito a la ciencia, realizado en el suelo de Grecia, y que significaría una manifestación más del milagro helénico. Esto quiere decir que en Grecia, para explicar los fenómenos de la Naturaleza, se habrían sustituido por vez primera los espíritus por causas naturales, y la voluntad arbitraria de los dioses por leyes fijas y necesarias. La expresión tiene un cierto fondo de verdad. Pero es demasiado simplista para ser exacta. El tránsito a la ciencia se realiza en Grecia, pero tampoco de una manera rápida y total. En su primer período la Filosofía conserva todavía en gran parte la forma mitológica y antropológica. Las primeras tentativas de una representación racional del Universos arrastran por mucho tiempo un lastre considerable de mitos y alegorías. En los presocráticos perduran muchos elementos de los antiguos poemas cosmogónicos, mezclados con otros de procedencia órfica, o de una inspiración moral y religiosa muy semejante, como sucede en el pitagorismo y en Empédocles.»

William Russell Flint, The Odissey of Homer, 1924

viernes, 17 de febrero de 2017

José Gutiérrez-Solana, La España negra

Autorretrato
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Un viejo conocido nuestro, don Jorgito el Inglés, ejemplarmente traducido por Azaña, nos deleitó con la descripción de una España que era, al mismo tiempo, la de su tiempo y la suya propia, fabricada desde el romanticismo, desde los prejuicios británicos, y sobre todo desde la misma emanación avasalladora de su personalidad. El gran pintor José Gutiérrez-Solana (1886-1945) publica en 1920 La España negra, en la que lleva a cabo un proceso comparable de construcción de la realidad. Tras una pesadilla en la que se ve a sí mismo cadáver, emprende un animado aunque deslavazado viaje que le conduce por Santander, las dos Castillas, Aragón y Zamora. Y en todas ellas contempla y describe una sociedad intemporal de máscaras y autómatas de mecanismos rotos. La crítica y condena es patente, los dicterios son gruesos y tajantes. Y sin embargo… cierta paradójica combinación de distanciamiento y ternurismo disfrazado, impide que la caractericemos de inmisericorde.

Camilo José Cela, en su discurso de recepción en la Real Academia Española (1957) lo expresó así: «Solana se fabricó, a su imagen y semejanza, un mundo en el que vivir, otro en el que agonizar y aún otro, trágico y burlón, en el que morir. Los personajes, los temas y los escenarios de Solana hacen eclosión, como la flor que se abre, en sus primeras páginas y ya no le abandonarán hasta su muerte. Sus chulos, sus criadas, sus mendigos, sus sacamuelas, sus charlatanes, sus boticarios, sus carreteros, sus pellejeros, sus modistillas, sus horteras, sus soldados, sus organilleros, sus criminales, sus cajistas, sus monstruos, sus enfermos, sus encuadernadores, sus verdugos —aquellos verdugos que, ¡vaya por Dios!, iban perdiendo la afición—, sus chalequeras, sus peinadoras, sus tullidos, sus traperos, sus curas, sus zapateros y sus cigarreras, toda la abigarrada fauna ibérica de la que quiso rodearse, formó, en apretadas filas, en compacto y bullidor batallón, tras Solana, que gozaba, como un niño que descubre y que se inventa el mundo, sabiéndose escoltado por tan fiel —y saltarín y entrañable— guiñol de cristobitas de carne y hueso.»

Y más adelante: «El mundo de Solana en este libro —no olvidemos su título— es aún más sombrío que en los anteriores y su musa parece como gozarse en bucear la España más amarga, más estática, más seca y monstruosa.» Y aún después: «Quisiéramos ahora añadir que este viejísimo mundo en que Solana se movía y hacía moverse a sus criaturas, fue, en él, un mundo inventado, un mundo creado y vuelto a crear, desde el principio al fin y una vez y otra, para su mejor y más emocionado reflejo: un mundo estrenado —en su tiempo— por él; un mundo de primera mano, no obstante su aspecto de trasnochado bazar de chamarilero o de abigarrado y sangrante escaparate de casquero. Pudiera decirse que la España de Solana —o, mejor, la sola España de Solana— no es España o, dejémoslo aún más claro, no es toda España. Probablemente, no se encontrarían razones lo bastante sólidas para contradecir o, al menos, desvirtuar tal aseveración. Y, sin embargo, tampoco podría negarse —quien este argumento esgrimiera— a admitir que la España de Solana sí fue, en su macabra violencia, en su doliente desnudez, un poco el alcaloide de la España eterna, de la España que duerme —a veces con hambre saltándole en la panza— con la cabeza debajo del ala sin plumas y, en la cabeza, las más estrafalarias y descomunales figuraciones.»

Y Gregorio Marañón, en su discurso de contestación aporta esta consideración: «¿Cuál era la limitación de Solana, la de sus libros como la de su pintura? Sin duda, su sinestrismo, o sea, la incapacidad de ver, en el panorama del mundo, todo aquello que no fuera infeliz, funesto o aciago. Este sinestrismo es distinto de lo que hoy se llama tremendismo. El sinestrismo es una actitud nativa, del espíritu y no de los ojos, no exenta de ternura, llena de profundidad filosófica, que si unas veces parece descarada, otras encubre una intención ascética. Mientras que el tremendismo es un gesto artificioso, superficial y casi siempre insincero, hecho de deliberada batahola para impresionar a los demás. No hay confusión posible. El sinestrismo es una noble actitud, que ya aparece en la Biblia, que tiene su gran esplendor, de verdadero espíritu de siglo, en la Edad Media, como apunta Cela, en relación con Solana, y que se extingue después, por lo menos como actividad colectiva, a medida que la humanidad progresa y se hace más fuerte y más alegre.»

El cartel del crimen (1920)

viernes, 10 de febrero de 2017

Francisco Pi y Margall, Las Nacionalidades

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De Francisco Pi y Margall (1824-1901) ya hemos comunicado La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales, obra con la que en 1855 intenta proporcionar al liberalismo una base ideológica rigurosa. Con ella podemos considerar que inicia su carrera política, desde entonces encuadrada en el ámbito republicano federal y demócrata. Apenas veinte años después, ya convertido en uno de los referentes del movimiento, ocupará el ministerio de la gobernación y luego la presidencia de una república a la que se ha llegado de un modo que él rechaza: por medio de la decisión de una asamblea parlamentaria, en lugar de mediante una constelación de levantamientos revolucionarios por toda la geografía española. Serán unos breves meses —de febrero a junio, y de junio a julio de 1873— en los que sus principios ideológicos, políticos e incluso morales, chocarán con una confusa realidad en la que se entremezcla la lucha política entre republicanos conservadores, centristas e intransigentes, sobre el telón de fondo de las guerras cubana, carlista y cantonales. Durante la república autoritaria de 1874 y la subsiguiente Restauración, Pi mantendrá sus principios y su vida política activa, por lo menos hasta la muerte de Alfonso XII.

Reflejará su valoración de estos acontecimientos recientes con los que se ha intentado llevar a la práctica sus planteamientos en su La República de 1873. Apuntes para escribir su historia. Vindicación del autor. Y a continuación redactará un nuevo texto teórico para fundamentar su defensa del federalismo, que publicará en 1876: Las Nacionalidades, que aquí presentamos. Supone un esfuerzo para justificar sus principios mediante el análisis de la organización política de cuatro estados federales: el Imperio Alemán, los Estados Unidos, el Imperio Austríaco, y Suiza. Y, en consecuencia, la conveniencia de su aplicación en el caso español para superar los errores del unitarismo. La obra merece la pena por retrotraernos a su época y a sus planteamientos radicales pero aún plenamente liberales, por más que flirtee con el naciente socialismo.

Pero aun posee otros valores que quizás pueden resultar más sorprendentes e innovadores en su época. El catalán Pi y Margall se siente profundamente español desde el punto de vista histórico, político y (lo que quizás era más importante para él) cultural: fue un excelente literato y editor de grandes obras de la literatura, como la Historia de España de Mariana. Y sin embargo en esta obra nos resulta gratamente refractario a los excesos nacionalistas entonces ya comunes y habituales desde todas las posturas políticas. Así, sostiene que las naciones no dependen ni de las lenguas, ni de las fronteras naturales, ni de la historia, ni de las razas. Abunda en lo contradictorio, opuesto y nocivo de todos estos criterios, especialmente el último de ellos, que relaciona con las ideas de Haeckel. Naturalmente, la solución que propone será que cualquier nación es, en último caso, resultado del pacto, de la decisión de convivir. Y lo ejemplifica en el caso suizo: «Dentro de la misma Europa hay una nación que corrobora lo que estoy diciendo. Me refiero a Suiza, compuesta de veintidós cantones o Estados. De estos cantones, unos son por su origen alemanes, otros franceses, otro italiano; unos son protestantes, otros católicos; unos entraron libremente en la Confederación, otros por la fuerza; unos empezaron por ser meros aliados de la república, otros meros súbditos. Viven, sin embargo, formando todos tranquilamente un solo cuerpo, sobre todo desde que establecieron en toda su pureza los principios democráticos, y como los Estados Unidos, les dieron la nación por salvaguardia y escudo.»

viernes, 3 de febrero de 2017

Isidro Gomá y Tomás, Apología de la Hispanidad

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Ángel Ganivet, en su Idearium español (1897), escribía: «La idea de fraternidad universal es utópica; la idea de fraternidad entre hermanos efectivos es realísima; y entre una y otra existen gradaciones que participan de lo utópico y de lo real: las relaciones fraternales que engendra la vecindad, la conciudadanía, la raza, el idioma, la religión, la historia, la comunidad de intereses o de cultura. Yo he tenido ocasión de tratar a extranjeros de diversas naciones y a hispano-americanos, y no he podido jamás considerar a los hispanoamericanos como a extranjeros. No es que yo tenga una idea preconcebida ni que desee hacer alarde de sentimientos fraternales por el estilo de los que usa un orador o un propagandista para emocionar a su auditorio: es que noto que con un hispano-americano estoy en comunicación intelectual apenas hemos cruzado cuatro palabras; en tanto que con un extranjero necesito muy largas relaciones, muchos tanteos para conseguir entenderme con entera naturalidad: en un caso voy sobre seguro, porque sé que existe una comunidad ideal que suple la falta de confianza; en otro he de comenzar por apoyarme sobre las reglas banales de la urbanidad, hasta que con el tiempo voy allanando las dificultades que presenta el entenderse con una persona extraña, cuando no se posee, como yo no poseo, la flexibilidad necesaria para sacrificar las ideas y sentimientos propios en aras de las conveniencias sociales.»

El nacionalismo español de la época de los sucesivos desastres del penúltimo cambio de siglo ―1898, 1921, 1936―, buscará consuelo en la comunidad hispanoamericana, tan sentida y constatada como imaginada y proyectada. Lejos ya de cualquier pretensión de superioridad sobre las ahora consideradas repúblicas hermanas, se recalcan los elementos que se consideran compartidos: lengua, cultura, religión… Y esto se llevará a cabo desde las más contrapuestas orillas ideológicas. Buena prueba de ello lo constituirá el nutrido exilio ―transtierro, lo llamó José Gaos― tras la guerra civil, que reinsertará en las sociedades de la América Latina a un buen número de españoles, especialmente en Méjico, los cuales dejarán abundantes testimonios de su percepción de la Hispanidad. En este sentido el franquismo no inventará nada, simplemente incluirá en su visión del mundo y de la historia esta construcción ideológica. Pero su utilización ―con frecuencia más retórica que otra cosa― presentará dos rasgos decisivos: por un lado su hispanoamericanismo bebe de las fuentes más conservadoras y tradicionalistas (Maeztu, García Villada…); por otro el régimen autoritario que es le permitirá monopolizarlo, y hasta cierto punto identificarse con él. Lo cual conducirá necesariamente a una debilitación del concepto, especialmente con los grandes cambios ideológicos y sociales que cristalizan a partir de los años sesenta, y al consiguiente rechazo que le mostrarán.

La breve obra que presentamos es una conferencia pronunciada por el entonces arzobispo de Toledo Isidro Gomá (1869-1940) en el teatro Colón de Buenos Aires, con motivo del Congreso Eucarístico internacional de 1934. Aún está lejos el paradójico Gomá de la guerra civil, que por un lado supone el apoyo eclesiástico al bando autodenominado nacional, y por otro la resistencia a la fascistización del nuevo estado, en defensa de un indefinido estado católico, como ha estudiado José Andrés-Gallego. En el texto que presentamos, junto con la crítica de la denominada leyenda negra, se insiste ante todo en el carácter católico que percibe como decisivo en el concepto de Hispanidad. Incluimos como apéndice un breve artículo de 1944, en el que Zacarías de Vizcarra, al que tanto Maeztu como Gomá habían atribuido la creación del término Hispanidad, expone el origen de su nuevo uso político-cultural.

Cozzi. Ilustración para la portada de Pelayos 16-10-1938

viernes, 27 de enero de 2017

Étienne Cabet, Viaje por Icaria

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Volvamos una vez más a las utopías, esos diseños de sociedades ideales que desde hace siglos tientan a filósofos, políticos y escritores varios. En todas ellas predomina lo ensayístico, quedando reducido lo narrativo (el viajero que alcanza el mundo perfecto, sus acciones y aventuras…) a un mero recurso literario, casi a una convención de género. En cambio, Viaje por Icaria, de Étienne Cabet (1788-1856), constituye hasta cierto punto una excepción. Aunque sus objetivos ideológicos, la defensa del comunismo, sea patente y su descripción sea exhaustiva hasta el fárrago, dota a la obra de una historia sentimental y romántica muy de su época. El protagonista sufrirá y disfrutará de románticos amores en la perfecta Icaria. Eso sí, tan atildados, relamidos y burgueses, que hoy nos resultan ―con expresión algo posterior pero ya obsoleta― extremadamente cursis. Al igual que la trama, las formas expresivas son también muy de su época. Pero la sobreabundancia de emotivismo expresado mediante el uso constante de mayúsculas, cursivas y signos de admiración acaba resultando un tanto agotadora, y por ello, aunque reproducimos la traducción de Orellana y Monturiol publicada por el segundo en 1848, hemos simplificado un poco los aspectos gráfico de la obra (así como corregido excepcionalmente algunos vocablos.) Y es que el sentimentalismo que toleramos en Dickens o Wilkie Collins, no se soporta tan bien en Cabet.

En la obra colectiva de Pedro Carlos González Cuevas y otros, Ideas y formas políticas: del triunfo del absolutismo a la posmodernidad (UNED, Madrid 2014) se presenta así nuestro autor: «Cabet sostiene la idea de que las instituciones sociales han generado la desigualdad y la miseria en que vive la humanidad, y entre esas instituciones la más perniciosa ha sido la propiedad privada, que ha marcado fronteras económicas, sociales y morales entre los individuos. Precisamente por su crítica a la propiedad privada Cabet se convertirá en un ferviente defensor del igualitarismo, no sólo en las condiciones económicas, sino también en el resto de los ámbitos de la existencia humana. Su proyecto social está explicado en Voyage à l'Icarie (1842), obra en la que diseña una sociedad comunista en la que no existe la propiedad privada y prevalece el igualitarismo. Sin embargo, la Icaria de Cabet, al contrario que otros utópicos, no contempla la disolución de la familia ni la religión, y concibe esta última como la verdadera realización del Evangelio a través de la fraternidad. Como puede observarse, las ideas de Cabet no pasan por el uso de la violencia para cambiar la sociedad, sino que considera más útil la práctica del ejemplo y la instauración de una dictadura provisional, aceptada por el pueblo, que conduzca a las personas a la comunidad igualitaria. Cabet intentó poner en marcha sus proyectos en los Estados Unidos, ya que en Francia fue perseguido por su oposición a la monarquía de Luis Felipe de Orleans. Los experimentos comunitarios en los Estados Unidos resultaron fracasados. La obra de Cabet está muy influida por la Utopía de Thomas More y por Robert Owen, a quien conoció en Londres durante su exilio. Su proyecto social ha sido considerado como el primer esbozo de la sociedad comunista moderna. Las propuestas de Cabet y sus seguidores tuvieron cierto eco en España a través del periódico barcelonés La Fraternidad, editado por Narciso Monturiol en 1847.»

Poco podemos añadir. Icaria es una país idílico, en el que la reforma comunitaria de la sociedad que se ha llevado a cabo, ha eliminado por completo la posibilidad de cualquier conflicto social. El igualitarismo es absoluto tanto en lo económico y laboral, como en lo ideológico y emocional. Todos actúan y se comportan del mismo modo, todos disfrutan de los mismos placeres, todos disponen del mismo número de muebles en sus idénticas casas, y todos utilizan las mismas vestimentas aprobadas por la comunidad. Todos participan por igual en las decisiones políticas, tanto las de mayor peso como las más nimias. Y sin embargo… Las mujeres ejercen todas las profesiones, pero no parecen penetrar en las cámaras de representantes más que como espectadoras. Además (junto con las niñas) se responsabilizan de las tareas hogareñas todavía no comunitarizadas… Naturalmente existe una estricta censura comunitaria: la libertad de imprenta habría sido justa antes de la revolución, pero después ya no. Es más, se han destruido todos los libros considerados perjudiciales, incluso de los clásicos se han confeccionado versiones expurgadas… Por ello, se desaconseja, para la mayoría, el aprendizaje de lenguas extranjeras (y no digamos si son muertas). Carecen de cualquier espacio, no ya para discrepancia alguna, sino para la mínima duda. Icaria, con el culto a la personalidad de su fundador, Icar, el amado dictador sostenido por el pueblo, se nos presenta como la benevolente visión de sí mismas que van a tener los regímenes totalitarios del siglo XX. Su influjo en el imaginario de los revolucionarios que propondrán nuevas y diversas sociedades perfectas, fue profundo y sostenido en el tiempo ¿hasta nuestro presente?

viernes, 20 de enero de 2017

Gregorio Magno, Vida de san Benito abad

Miniatura, 983
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Ya hemos incluido en Clásicos de Historia algunas hagiografías, con un muy distinto carácter: Millán, Eulogio, Ignacio de Loyola. La aportación de esta semana, sin embargo, puede considerarse ejemplar, tanto por el autor ―el papa Gregorio Magno (540-604)―, como por el protagonista ―el definitivo modelador del monacato latino, san Benito de Nursia―. Sus vidas, no muy alejadas en el tiempo pero tan diferentes, coincidieron en influir poderosamente en la transformación de un mundo antiguo, que se conservará sin embargo vivo y presente, en el mundo medieval.

Entre la abundante producción de Gregorio Magno, repetidamente copiada en los siguientes siglos destacan sus Diálogos, en los que presenta como modélicas las vidas de numerosos santos italianos. El libro II se ocupa exclusivamente de san Benito. No puede atribuirsele por tanto un carácter historiográfico: sus propósitos son otros muy diferentes, y llevan al autor a acumular sucesos maravillosos que pueden influir en la conducta cristiana de sus lectores. Y sin embargo, estos relatos hagiográficos resultan de considerable utilidad a los historiadores de la antigüedad tardía: alrededor de los datos escasos verificables, actúan y se describen monjes y clérigos, campesinos y siervos, élites romanas y germanas, y la presencia constante ―que en parte parece inadvertida― de las creencias religiosas precristianas… El tejido vivo de la sociedad de su tiempo.

Alejandro Masoliver, en el tomo I de su Historia del Monacato cristiano, analiza así esta obra: «Sería sin duda injusto privar de toda historicidada la única “biografía” de nuestro santo. En efecto, es exagerado, como hace notar Turbessi, querer que Gregorio describa puramente en el libro “la figura idealizada del monje perfecto y la propia concepción mística.” Su objeto esencial, sin embargo, la edificación espiritual de Pedro, su destinatario (cuya finalidad está próxima a la “panegírica y cuasi catequética”), condiciona su historicidad. Gregorio cita a sus informadores, que son en este caso concreto, especialmente cuatro personajes bien conocidos (…) No hay inmediatez… en la utilización de las fuentes y, todavía más ―cosa esencial―, no es ciertamente su objeto la precisión cronológica. Estamos ante un caso típico de perfecta honradez, pero también de fidelidad a un determinado género literario, la hagiografía de la época, muy lejos de la estricta precisión crítica del tratado o del manual histórico de los tiempos modernos. Nos parece muy correcta la conclusión a que llegó Colombás en esto: “formularíamos… esta ley general diciendo que es lícito tomar como datos propiamente históricos todo aquello que no favorece directa o indirectamente los fines pastorales…, la tesis que pretende demostrar el autor; (lo) dicho de pasada… sin especial interés. Y ello en nuestro caso es mucho.”»

Monasterio de Subiaco

viernes, 13 de enero de 2017

Henry St. John vizconde de Bolingbroke, Idea de un rey patriota

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El ilustrado Oliverio Goldsmith, del círculo del doctor Johnson y autor de la afamada novela El vicario de Wakefield, redactó una interesante Historia de Inglaterra, que sería publicada en español en 1855 con la continuación de Charles Henry Coote. Allí se ocupa del periodo de protagonismo político de Henry St. John, vizconde de Bolingbroke (1678-1751), al que también dedicará en otro lugar un amplio estudio biográfico. Durante el reinado de Ana de Inglaterra (1702-1714), la última Estuardo en el trono, el secretario de estado Harley (Lord Oxford) «escogió para colega a Enrique San Juan, después el famoso lord Bolingbroke, hombre de notable elocuencia, de ambición más notable todavía, de espíritu emprendedor y activo, de carácter altivo, poseedor de bastante talento, pero con pocos principios. Contentóse al pronto con hacer un papel subalterno y con favorecer los designios de Oxford; mas apenas conoció toda la extensión de su influencia, se sintió animado del deseo ardiente de ser el primero en el Estado y de destruir el poder del que en un principio le había elevado. Sir Simon Hartecourt, jurisconsulto de gran habilidad, se unió a ellos, y sus esfuerzos tuvieron por objeto reorganizar y reconciliar los desunidos torys. Entre sus partidarios difundieron el rumor de que la reina estaba resuelta a no tolerar más tiempo la tiranía del ministerio wigh; que ella siempre había sido afecta en su interior al partido tory y de la alta iglesia, por cuyo nombre se hacía distinguir este bando.» Sin embargo los planes no fructificaron, y los wighs se reafirmaron en el poder.

«En este primer descalabro de los torys Bolingbroke tomó la resolución de participar de la desgracia de su amigo Harley (…) El (cargo) de Bolingbroke, que era secretario de la guerra, fue conferido a Roberto Walpole, que comenzaba a ejercer mucha influencia en la cámara de los comunes, y que después figuró de una manera importante en los dos reinados siguientes.» Sin embargo esta retirada fue provisional. Las preferencias de la reina, conflictos llamativos como el del clérigo Scheverel y la marcha de la guerra europea, condujo al triunfo al partido tory. En la nueva situación Bolingbroke fue nombrado secretario del consejo. «Nada más quedaba del sistema wigh en que se fundó este reinado, sino la guerra que continuaba con más furor que nunca, aumentando considerablemente los gastos de cada año.» Sin embargo, la renuencia de los torys a la guerra (y la consiguiente separación del duque Marlborouh, el famoso Mambrú de las canciones infantiles españolas) y el cambio de la situación internacional motivado por el fallecimiento de José I de Austria, condujo al inicio de las conferencias de Utrecht (1712). Ese mismo año «el secretario San Juan, creado a la sazón vizconde de Bolingbroke, fue enviado a la corte de Versalles, donde se le recibió de la manera más distinguida… Halagáronle mucho el rey de Francia y el marqués de Torcy, con quien arregló los principales intereses del duque de Saboya y del elector de Baviera. Después de esta negociación que se terminó en pocos días, regresó Bolingbroke a Londres.»

Pero por entonces se inician los enfrentamientos en la cúpula del partido tory dominante: «Harley acababa de ser nombrado conde de Oxford, y San Juan vizconde Bolingbroke. Los dos se habían guiado por los mismos principios y distinguido por las mismas miras; pero viendo vencidos a sus adversarios comenzaron a dirigir sus armas el uno contra el otro. Nunca se vieron dos caracteres menos adecuados para dirigir juntos los negocios del reino. Oxford era un hombre tardo, desconfiado y reservado; Bolingbroke, ardiente, impetuoso y orgulloso. El uno estaba dotado de una vasta erudición, el otro de una capacidad natural muy extensa. El primero era imperioso y obstinado en el mando; el segundo, dispuesto firmemente a no obedecer. Oxford pretendía conservar el rango que había obtenido en la administración cuando la disolución del ministerio anterior; Bolingbroke repugnaba obrar como subalterno de un hombre a quien se creía capaz de instruir y guiar. Ambos por lo tanto principiaron a separar sus intereses y a adoptar máximas diferentes: el plan de Oxford era el más moderado; el de Bolingbroke , el más vigoroso, pero el menos seguro. Oxford, según todas las apariencias, estaba por la sucesión hannoveriana, mientras que Bolingbroke abrigaba la esperanza de elevar al pretendiente al trono. A pesar de aborrecerse sinceramente, vivieron los dos en buena inteligencia por algún tiempo; bien que esto fue por la mediación de sus amigos y parciales, a quienes no tardó en presentarse la más triste perspectiva, sin que les quedara duda a consecuencia de tales discordias interiores y exteriores, de que sus esperanzas estaban amenazadas por todas partes.»

El enfrentamiento concluyó con el triunfo de Bolingbroke: «Oxford fue destituido de sus empleos, jactándose su triunfante rival de la victoria. Pero sólo fue de corta duración un triunfo tan miserable, y por más que Bolingbroke se regocijó por algún tiempo de la confusión en que la corte y el reino entero se hallaban por la imprevista caída del tesorero, en vano se lisonjeó con la ambiciosa esperanza de que bien pronto sería llamado a reemplazar a Oxford y a remediar los desórdenes que a la sazón había: no tardó la salud de la reina, que decaía rápidamente, en darle temores, haciéndole entrever con espanto el triunfo de sus enemigos.» Y así ocurrió. El duque de Shewsbury ocupó el puesto de Oxford, y así «frustáronse las ambiciosas miras de Bolingbroke en el momento en que menos lo aguardaba», y se aseguró la sucesión hannoveriana del futuro Jorge I, tras la muerte de la reina Ana, y el fracaso de los planes torys de mantener la corona en la familia Estuardo, en la persona del pretendiente Jacobo, hijo de Jacobo II.

El inicio del reinado de Jorge supuso la caída de los torys. Goldmisth lo valora así: «El soberano que es jefe de un bando, sólo reina sobre una parte de sus súbditos. Sin embargo, al nuevo monarca parecía que importaba poco tal verdad, y por desgracia suya y la de la nación estaba rodeado de hombres que le irritaban incensamente sin entretenerle más que en sus preocupaciones e intereses personales. Sólo los wighs fueron admitidos a los empleos del Estado, y so pretexto de afirmar al rey en el trono, echaron mano de todos los medios posibles para lograr sus miras ambiciosas, acreciendo su poderío a fuerza de intrigas e imponiendo leyes aun al mismo soberano, al paso que pretendían ser su apoyo. Realizóse por tanto un cambio total y súbito en la administración del reino: todos los cargos fueron confiados a los wighs, los cuales desde luego manejaron al gabinete y a la corte, a quienes no tardaron en hacer sentir el peso de su opresión.»

«En tal estado de efervescencia general, ni justicia ni misericordia debía esperar el ministerio precedente, y varios de sus miembros se retiraron de los negocios. Bolingbroke, que hasta entonces siempre se había presentado en la cámara y hablado como acostumbraba, sintió un temor superior al deseo de justificar su conducta, y no dudando que sería denunciado antes de mucho, se retiró al continente dejando una carta en que declaraba “que no se alejaría si hubiera tenido la más ligera esperanza de ser juzgado públicamente y con justicia; pero que conociendo de antemano la opinión de la mayoría con respecto a él, creía prudente atender a su propia seguridad saliendo del reino.”» Los hechos confirmaron su temor, y pronto «lord Walpole acusó públicamente a lord Bolingbroke de alta traición. Semejante lenguaje llenó de sorpresa a muchos miembros de la cámara; porque nada del contenido del dictamen merecía la imputación de tal crimen.» Naturalmente, el siempre inquieto Bolingbroke se comprometerá con Jacobo Estuardo, el pretendiente, en sus intentos de lograr una sublevación general, que sólo tomará importancia en Escocia. «Tal fue el mal éxito de las dos tentativas hechas a favor del pretendiente, porque el plan carecía completamente de reflexión y de prudencia. Y sin embargo, la conducta de los partidarios que dicho pretendiente tenía en Inglaterra, era discreta en comparación de la que habían adoptado los que estaban en París, donde Bolingbroke fue nombrado secretario de él y Ormond primer ministro, bien que estos dos hombres de estado no tardaron en conocer que nada se podía esperar de una causa tan mala.» Y así fue: en 1716 el pretendiente regresó a Francia tras su su breve estancia escocesa, en la que había sido coronado como Jacobo III.

En 1723 logrará el perdón real, y regresará a Inglaterra. Nunca recuperó el protagonismo político de que había gozado: aunque contribuyó a renovar el partido tory, su influencia fue ante todo literaria, a través de las numerosas obras que publica, en buena medida en oposición a la administración de Walpole. Muestra de ello es la obra que presentamos, en la que elabora una defensa de la monarquía moderada fruto de la revolución de 1688 que tendrá considerable influencia en los círculos ilustrados franceses.

Folleto en defensa de Bolingbroke

viernes, 6 de enero de 2017

Marco Tulio Cicerón, El sueño de Escipión

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Macrobio (siglo IV) inicia así su comentario a la obra que nos ocupa: «Entre los libros de Platón y Cicerón que ambos dedicaron al Estado, hemos observado a simple vista que aquel organizó la república, éste la describió; uno expuso cómo debería ser, el otro, cómo la instauraron nuestros antepasados. Sin embargo, en un aspecto la imitación conservó al máximo su conformidad con el modelo: Platón, al final de su libro, hace que cierto personaje, tras volver a la vida que parecía haber dejado, cuente cuál es la condición de las almas despojadas de los cuerpos y añada una descripción nada superficial de las esferas celestes y de los astros, en tanto que el Escipión ciceroniano ofrece una imagen similar de la naturaleza, que le habría sido sugerida durante el sueño. Pero ¿qué necesidad tuvo Platón de semejante ficción o Cicerón de un sueño como ése, especialmente en los libros en que hablaban de la ordenación del Estado? ¿Qué interés tenían en describir, entre las leyes para gobernar las ciudades, los círculos, las órbitas y las esferas, y en tratar del movimiento de los planetas y la revolución del cielo?» Y con este punto de partida elabora una prolija obra, con carácter neoplatónico, que se ocupa del cosmos y sus esferas, el lugar del alma en él, la Tierra (por supuesto esférica) como centro de aquel, así como de las propiedades místicas de diversas artes: numerología, música… El éxito de esta obra de Macrobio permitió la conservación del pasaje de la República de Cicerón, del libro VI, que había tomado como punto de partida.

C. S. Lewis, en su interesante La imagen del mundo. Introducción a la literatura medieval y renacentista (o mejor, en su título original, The Discarded image, 1964), se refiere así a esta breve obra: «Escipión comienza diciéndonos que durante la tarde que precedió a su sueño había estado hablando sobre su abuelo (adoptivo), Escipión el Africano Mayor. Ésa es sin duda ―dice― la razón por la que se me apareció en mi sueño, pues nuestros sueños suelen nacer de los pensamientos que preceden al sueño (…) El Africano Mayor lleva al Africano Menor a un cerro desde donde contempla Cartago: “desde un lugar elevado, brillante y resplandeciente, lleno de estrellas”. De hecho, están en la esfera celestial más alta, el Stellatum. Esta descripción es el prototipo de muchas subidas al cielo de la literatura posterior: la de Dante, la de Chaucer en Hous of Fame), la del espíritu de Troilo, la del amante de King's Quair. En una ocasión, Don Quijote y Sancho estuvieron convencidos de que estaban realizando la misma subida.

»Después de predecir la futura carrera política de su nieto… el Africano le explica que “todos los que han sido salvadores o paladines de tierra natal o han acrecentado sus dominios tienen reservado un lugar en el Cielo”. Esto constituye un buen ejemplo del refractario material que hubo de afrontar el sincretismo posterior. Cicerón estaba fabricando un cielo para los hombres públicos, para los políticos y los generales. Ni los sabios paganos (como Pitágoras) ni los santos cristianos podían entrar en él. Aquello era completamente incompatible con algunas autoridades paganas y con todas las cristianas. Pero, como veremos más adelante, en este caso se había logrado una interpretación armonizadora antes de que se iniciase la Edad Media (…) En la literatura posterior vamos a encontrar otros detalles procedentes del Somnium, aunque indudablemente no fue el único conducto por el que se transmitieron todos ellos. En (un) apartado tenemos la música de las esferas; en (otro) podemos ver que el Sol es la mente del mundo, mens mundi (…) Como todos sus sucesores, Cicerón considera la Luna como la frontera entre las cosas eternas y las perecederas y también afirma la influencia de los planetas en nuestro destino: de forma bastante vaga e incompleta, pero también sin las salvedades que habría añadido un teólogo medieval.»