viernes, 19 de mayo de 2017

Francisco Pi y Margall, La República de 1873. Apuntes para escribir su historia. Vindicación del autor

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El historiador Ogai el Viejo (según nos fabulaba Rafael Sánchez Ferlosio) tuvo la inmensa fortuna de hallar un antiguo y excelente ejemplo del género denominado testimonio: «Comenzaba con la forma ritual del testimonio: la autopresentación del autor, que lo caracteriza expresamente como relato personal, y, como era igualmente ritual, por la exposición del motivo. Esto último parece deberse a que los primeros testimonios, a partir de los cuales habría de configurarse y fijarse el género, eran confesiones o revelaciones de hechos —que, generalmente, por cualquier circunstancia, habían tenido que permanecer secretos— que se contaban, o dejaban contados, para cuando ya nadie pudiese dudar de ellos, ya sea por falta de beneficio alguno para su autor —debido, por ejemplo, a la muerte—, ya por cualquier otra razón, como el haber cesado el motivo para el secreto, y para que surtiesen algún efecto de justicia, como una reivindicación de inocencia o de buena fama o restauración del honor (…) A veces, sin embargo, el único efecto que buscaba el testimonio era el de producir como verdad ante los demás una versión de los hechos ignorada o, más a menudo, no creída en su día. El no creído escribía para después de su muerte, porque juzgaba que sólo desinterés o indiferencia de difunto podía garantizar y autorizar una verdad como verdad, supuesto que pasión, temor ni empeño alguno podían llevarle ya a preferir una versión mejor que otra.» (El testimonio de Yarfoz)

Políticos y gobernantes siempre han querido (y quieren) dejar constancia de su versión de los acontecimientos, y para ello dispusieron de abundantes y agradecidos propagandistas, artistas y escritores. Pero en la edad contemporánea, al tomar parte fracciones más numerosas de la población en el intrincado juego y teatro del poder, se hace mucho más urgente, necesario, pero también convencional y menos efectivo, el legar a la posteridad, y casi al hilo de los acontecimientos, la que se intenta sea la interpretación ortodoxa de la propia carrera política. Pero al deber competir dicha memoria con otras diferentes y opuestas, resultado de planteamientos diferentes, rivales, e incluso enemigos, ya no tienen sentidos las prevenciones que nos trasmitía Ogai el Viejo, correspondientes a la época de la dinastía de los Catránidas… Parece poco útil (criterio básico en la modernidad) aguardar hasta después de la propia muerte para dar a conocer nuestra verdad. Y resultaría excesiva (a no ser entre los plenamente adoctrinados) la presunción de considerar las memorias de políticos y gobernantes «la verdad sobre aquello».

Un excelente ejemplo es el que presentamos. Francisco Pi y Margall (1824-1901), de quien ya hemos comunicado La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales (1855) y Las nacionalidades (1876). En La República de 1873. Apuntes para escribir su historia, se propone vindicarse ante las acusaciones que se le hacen por la culminación de su carrera política: los breves meses en que concentra un considerable poder primero como ministro de la Gobernación, después como jefe de gobierno, en la confusa república del llamado sexenio democrático, todo él también conflictivo y confuso. Escribe estas memorias cuando todavía subsiste el régimen republicano, aunque ya en manos de una (también confusa) coalición de progresistas, antiguos unionistas y demócratas más o menos cimbrios. Eso sí, sin parlamento y sin convocatoria de elecciones, y con una también confusa variedad de oposiciones: radicales, carlistas, alfonsinos, además de los propios republicanos. Jorge Vilches, en su Progreso y libertad (2001) caracteriza así a nuestro autor:

«Otra tendencia (del republicanismo) fue la que inspiró Pi y Margall, fundada sobre la idea de la emancipación política y social del cuarto estado, las clases trabajadoras, mediante la democracia, la división federal del poder público y las asociaciones obreras, como conjunto garante de la libertad. Este proyecto, federal y socialista, no transigía con ningún partido liberal, y su materialización, en palabras de Pi hasta 1873, no saldría más que de las bayonetas, esto es, del derecho de insurrección. Aunque luego en la República varió tal conclusión y hasta confesó su error, el discurso pimargalliano tuvo como principal resultado los pactos federales de 1869, que llevarían al levantamiento de ese año, al surgimiento de la facción ―que no fracción en este caso― intransigente que contaría sus actividades por insurrecciones durante el reinado de Amadeo I, y finalmente al cantonalismo de 1873. La organización del partido llevada a cabo por Pi y Margall durante ese período dio lugar a que el republicanismo fuera exclusivamente federal pactista o pimargalliano en sus principios teóricos y prácticos. El pactismo, esa construcción de abajo arriba de un sistema federal basado en la autonomía y voluntad individual y local, se convirtió en el proyecto regenerador de la masa federal y de los que se llamaron republicanos intransigentes o de provincias.»

Con La República de 1873, Pi y Margall quiso vindicar su labor de gobierno, justificar su fracaso (y el entonces ya previsible del régimen), a consecuencia no de posibles errores suyos, sino de la conjunción de circunstancias, apresuramientos y traiciones. Y al mismo tiempo, reconfortar a sus seguidores y mantener su fe en un futuro que, necesariamente, ha de ser pactista, sinalagmático, conmutativo y federal. La realidad quedó así justificada, y «el universo usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza», con palabras de Borges referidas a aquellos codiciosos bibliotecarios de Babel que «abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación(…) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero».

viernes, 12 de mayo de 2017

El Corán

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«No es fácil presentar de un modo sistemático la doctrina del Islam, ni tampoco es posible señalar con precisión hasta qué punto estaba ésta definida en los días del Profeta. Mahoma, que no era un espíritu lógico ni tenía una firme base teológica, elaboró su doctrina influido por el cristianismo, el judaísmo y en parte por el parsismo o zoroastrismo, más por aquel que por éstos, adaptando a estas doctrinas algunas tradiciones locales con un cierto oportunismo. Por otra parte, muchas de sus prescripciones religiosas se fueron concretando después de muerto Mahoma.

»La doctrina del Islam y las reglas por las que deben conducirse sus creyentes están en el Corán y en la Sunna. Las predicaciones y revelaciones de Mahoma habían quedado en su mayor parte en la memoria de sus oyentes, y sólo años más tarde fueron recogidas por el cuidado de Omar, bajo el califato de Abu Bakr o durante su propio gobierno. De ello fue encargado Zaid ben Tabit, que había sido secretario de Mahoma. Tras diversas recenciones, el califa Otmán ordenó al mismo secretario que llevara a cabo una edición definitiva (653), y mandó destruir las demás versiones. El Corán así redactado, comprende 114 capítulos o suras, presentadas sin orden alguno metódico ni cronológico. Por otra parte, muchas de sus revelaciones resultan contradictorias, y corresponde a los especialistas el señalar los capítulos vigentes y los abrogados.

»La Sunna es una reunión de tradiciones (hadizes) sobre la conducta de Mahoma en casos concretos, no incluidas entre las revelaciones del Corán. Se formó con noticias recogidas de sus familiares, especialmente de Aixa, la viuda del Profeta. Es una fuente más tardía e impura, y hay toda una ciencia crítica juridicoteológica para precisar los hadizes que deben reputarse como auténticos.» (José María Lacarra, Historia de la Edad Media, tomo I, primera edición 1960).

Por su parte, Daniel Pipes pone de relieve una de las características básicas del libro sagrado del Islam: «El Corán, como la Biblia hebrea y contrariamente a las escrituras cristianas, contiene muchas reglas; aproximadamente la décima parte de los versículos del Corán dan instrucciones a los musulmanes sobre cómo deben actuar, aunque sólo ochenta aproximadamente dan preceptos específicos. Algunos definen asuntos estrictamente religiosos, como el ayuno y la peregrinación; lo que concierne a las mujeres (el matrimonio,el adulterio, el divorcio y su separación de los hombres) tiene gran importancia, como otros aspectos de la vida de familia: la orfandad, la adopción, la herencia, etc. Existen prohibiciones sobre la usura y el juego, así como también restricciones alimenticias y suntuarias. El Corán da instrucciones a los musulmanes sobre los esclavos, los no musulmanes, la guerra, los contratos, el procedimiento judicial, las limosnas y las penas criminales.» (Daniel Pipes, El Islam de ayer a hoy; título original: In the Path of God, 1983.

Final de la sura Maryam, en un manuscrito de la Universidad de Birmingham

viernes, 5 de mayo de 2017

José de Espronceda, El ministerio Mendizábal y otros escritos políticos

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Acabada la segunda guerra mundial se publica en París Cultura y democracia, revista de prestigio y propaganda del Partido Comunista de España en el exilio; naturalmente por entonces es Jorge Semprún Maura uno de sus principales controladores. En abril de 1950 se publica su cuarto número, que contiene un breve artículo titulado Espronceda, su tiempo, su vida y su obra, firmado por F. Ganivet, que interpreta y recicla al viejo revolucionario romántico y liberal según los intereses y objetivos del estalinismo patrio:

«Nacido al comienzo de la Guerra de la Independencia, le vemos a los 15 años fundando con otros compañeros una sociedad secreta: Los Numantinos; condenado a cinco años de reclusión en un convento al descubrirse las actas de la reunión que celebraron a raíz de la cruel tortura y ejecución de Riego, que vieron con sus propios y espantados ojos. En las actas se constata que, después de escuchar a Espronceda, “todos juraron no omitir medio alguno para vengar la muerte de aquel héroe en todos sus autores, comenzando por el más alto”. Le encontramos en libertad mucho antes de cumplir su condena, con un certificado, expedido por el guardián, diciendo haber cumplido ya una parte de aquélla “a su satisfacción, y considerarla tiempo suficiente”... suficiente para haber revuelto de tal modo a los frailes jóvenes con su propaganda revolucionaria que al fraile guardián le faltó tiempo para librarse de su presencia. A los 17 años emigrado en Lisboa; después en Londres y París; aquí le encontramos, a los 23, batiéndose en las barricadas; presto a marchar en una brigada internacional que se intentó formar para liberar a Polonia del yugo del zar de Rusia. Más tarde ayudante del que fuera famoso guerrillero y coronel del ejército en la Guerra de la Independencia, Joaquín de Pablo (Chapalangarra), con la tropa de emigrados que pasaron los Pirineos para luchar en los campos de Vera de Navarra, mientras Torrijos atacaría por el sur, y otra fuerza por Cataluña, acaudillada por Espoz y Mina. Fue una acción heroica, pero infructuosa, contra la reacción fernandina, bajo los pliegues de la bandera tricolor de la República (roja, verde y morada; la actual fue adoptada después de la revolución de 1868). Le hallamos, a la muerte de Fernando VII y acogido a la amnistía, de vuelta en España, con 27 años, capitán de milicianos, fundador y colaborador de los periódicos más avanzados: El Siglo, El Labriego, El Huracán, El Español, que se mantienen en un duelo constante con los gobiernos moderados, sosteniendo en alto la bandera contra la reacción, y planteando los problemas, sobre una plataforma republicana. Le encontramos por los caminos y sierras de España, a caballo, a pie, pasando ríos a nado, para organizar sociedades clandestinas, enlazándolas, orientándolas; después, cerca ya del fin de sus días, secretario de la legación en La Haya; diputado a Cortes, donde da pruebas de sus grandes dotes como político, de su consecuencia como revolucionario demócrata y de su gran capacidad sobre problemas militares, de economía, industria y hacienda e internacionales.

»La vida de Espronceda fue tan tumultuosa como su época, y si se encontró enzarzado en ella y en su avanzada no fue por mero instinto, o por un ímpetu más o menos ciego, nacido de un ardor indefinido por la justicia y la libertad. Las aventuras de Espronceda son las hazañas de un revolucionario demócrata en acción que se ha marcado un objetivo que alcanzar y hacia él orienta su esfuerzo cualesquiera que sean las variadas circunstancias en que se encuentre. Éste es el valor de la vida y la obra de Espronceda. Espronceda veía al pueblo, y no sólo cuando mozo sino después y siempre, no como la plebe, como otros literatos de su tiempo, sino de otra manera. A los 27 años, en un opúsculo dirigido contra el gobierno Mendizábal por sus errores y debilidades, acusaba a éste de “haber marchado a la deriva y de no mirar por la elevación y emancipación de los proletarios”... plantea la necesidad de “acabar con tanto paniaguado, inepto y holgazán”... y “poner coto a las arbitrariedades de los generales”; después de denunciar “la persecución de muchos ciudadanos por sus ideas”... continúa: “A los pueblos no basta decirles que callen; es necesario no darles motivo de hablar; y no es posible que callen los que todo lo han sacrificado por la libertad y ni aun libertad tienen”. Trata a continuación de la devastadora prolongación de la guerra carlista y dice: “En vano se afanará el soldado y prodigará su sangre si el gobierno no hace sentir a los pueblos sublevados los beneficios que ha de reportarles el abandonar a don Carlos, y a todos los de España las ventajas de la libertad con decretos que interesen a las masas populares y las hagan identificarse con la causa que defendemos. Uno de los errores más perjudiciales cometidos el año 1820 fue que nuestros gobernantes no hiciesen aprecio del pueblo que llaman bajo, y que, si no es alto, es porque se le niegan los medios de subir. Precisa interesar las masas populares para terminar la guerra y afirmar la libertad mostrándoles la diferencia que existe entre un pueblo esclavo y miserable y una nación libre y feliz”...

»Espronceda no lucha por la justicia y la libertad en un sentido abstracto; ni se abate pesimistamente ante la carroña y sordidez de la sociedad caduca que le rodea. Combate en todo momento contra las arbitrariedades y el despotismo. Un ejemplo de ello fue su famosa defensa ante los tribunales del periódico El Huracán, suspendido por su campaña contra la monarquía, y del cual era Espronceda asiduo colaborador. Con el apoyo de las masas, entre las que Espronceda gozaba de gran popularidad, consiguió que el periódico continuara su publicación y alcanzar la libertad de su director, contra quien se había incoado proceso. Fue, pues, Espronceda un revolucionario demócrata, partidario de una revolución burguesa que abriese cauce a la industrialización de España, y al desarrollo agrícola y comercial simultánea y complementariamente, y que esta revolución burguesa rematase las medidas ya iniciadas para la extirpación del feudalismo merced a la transformación del régimen de propiedad de la tierra.»

viernes, 28 de abril de 2017

Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, El Federalista. Artículos sobre la constitución de los Estados Unidos

Alexander Hamilton por John Trumbull
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En mayo de 1931 Miguel de Unamuno escribía en su habitual comentario publicado en El Sol, unas reflexiones que hoy, casi un siglo después, continúan siendo actuales: «Hay otro problema que acucia y hasta acongoja a mi patria española, y es de su íntima constitución nacional, el de la unidad nacional, el de si la República ha de ser federal o unitaria. Unitaria no quiere decir, es claro, centralista, y en cuanto a federal, hay que saber que lo que en España se llama por lo común federalismo tiene muy poco del federalismo de The Federalist o New Constitution, de Alejandro Hamilton, Jay y Madison. La República española de 1873 se ahogó en el cantonalismo disociativo. Lo que aquí se llama federar es desfederar, no unir lo que está separado, sino separar lo que está unido. Es de temer que en ciertas regiones, entre ellas mi nativo País Vasco, una federación desfederativa, a la antigua española, dividiera a los ciudadanos de ellas, de esas regiones, en dos clases: los indígenas o nativos y los forasteros o advenedizos, con distintos derechos políticos y hasta civiles. ¡Cuántas veces en estas luchas de regionalismos, me he acordado del heroico Abraham Lincoln y de la tan instructiva guerra de Secesión norteamericana! En que el problema de la esclavitud no fue, como es sabido, sino la ocasión para que se planteara el otro, el gran problema de la constitución nacional y de si una nación hecha por la Historia es una mera sociedad mercantil que se puede rescindir a petición de un parte, o es un organismo.»

Es éste, quizás, un momento oportuno para volver a la obra citada por el rector de Salamanca. Alexander Hamilton (1755-1804) y James Madison (1751-1836) jugaron un papel decisivo de la Convención de Filadelfia (1787) que elaboró la definitiva constitución norteamericana, en sustitución de la vieja y más laxa confederación de diez años atrás. Representaban a Virginia y Nueva York, respectivamente, por lo que ambos aparecerán entre los firmantes del nuevo texto constitucional. Pero la necesidad de lograr su ratificación por los trece estados en medio la polémica y lucha de intereses entre los partidarios y enemigos de un mayor poder central en la joven república, decidió a Hamilton a emprender una serie de artículos para combatir a los críticos, tarea en la que contó con la colaboración de Madison y de John Jay (1745-1829) diplomático (había sido embajador en España) que ocupaba entonces el cargo de secretario de asuntos exteriores. Fueron en total ochenta y cinco entregas, publicadas bajo el seudónimo de Publius principalmente en tres periódicos de Nueva York, aunque reproducidos en otros estados. Su difusión fue grande, y se recogieron en dos volúmenes ya en 1788. Mucho más tarde acabarán siendo conocidos como The Federalist Papers.

El resultado fue la asunción, hasta cierto punta definitiva, del concepto de pueblo (We the People…), que se quiere supere ampliamente al de cada uno de los trece estados. Y será el pueblo norteamericano ―pueblo nacional― el que se revista con una nueva identidad que supera, incluyéndolas, a las de las antiguas trece colonias. El poder central ya no es una mera delegación de los poderes originarios de los estados, con frecuencia dispuestos a reclamar estos o a ignorar aquella, como ha ocurrido frecuentemente por todo el territorio de la república una vez terminada la guerra de Independencia. Ahora culmina el proceso revolucionario: una nueva realidad, el pueblo de los Estados Unidos, es el origen tanto del poder local como del central. Ambos representan esferas o ámbitos complementarios, respetables los dos, pero es cada vez más evidente para todos cuál representa más perfectamente los intereses, la voluntad popular, del pueblo norteamericano. El partido federal de John Adams, Hamilton y Jay ha triunfado plenamente, pero no por mucho tiempo. Su tendencia conservadora y su acercamiento y reconciliación con el Reino Unido, acabarán por restarles apoyos y serán derrotados en el cambio de siglo por los republicanos demócratas de Thomas Jefferson, al que se incorporará Madison. Y como luctuoso final de una época, el 11 de julio de 1804 Alexander Hamilton muere en el duelo con el que se enfrenta a su rival de Nueva York, el también abogado Aaron Burr.

viernes, 21 de abril de 2017

Charles F. Lummis, Los exploradores españoles del siglo XVI

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La obra que presentamos esta semana es un acabado ejemplo de divulgación de combate: el autor se ocupa de una cuestión que considera mal explicada o directamente tergiversada, a causa del desconocimiento en unos casos, y de la animadversión en otros. Ante la ignorancia, la envidia, la malevolencia y otros oscuros propósitos (principalmente políticos) que han generalizado una interpretación errónea y condenatoria de unos hechos, personajes o naciones, el justiciero escritor emprende lo que él mismo percibe como un desigual combate en defensa de los perjudicados, y restituirles así el honor mancillado. Y en muchas ocasiones sus propósitos son plenamente razonables. El problema es que con frecuencia cae en el mismo defecto que critica, mediante una simple inversión de la valoración: los héroes y los villanos de la versión dominante intercambian sus papeles, y la leyenda negra se transforma en leyenda rosa. La historia, que persigue simplemente profundizar en el conocimiento del pasado, continúa enmascarada en una historia-instrumento, herramienta para alcanzar determinados objetivos, que busca imponer una determinada visión sesgada de la realidad. Por ejemplo la mal llamada (y malhadada) memoria histórica.

Charles F. Lummis (1859-1928) fue un interesante intelectual norteamericano de múltiples ocupaciones e intereses: arqueólogo, etnógrafo, historiador, poeta… Y en buena parte de ellas, hispanista que deriva en hispanófilo. Nuestro conocido Rafael Altamira, que lo trató personalmente en Los Ángeles, lo caracteriza así en el prólogo a la versión castellana de la obra que comunicamos: «Lummis tiene tanto corazón como voluntad y cerebro, y es así capaz de sentir el más cálido entusiasmo por todas las cosas del mundo que lo merecen, y capaz también de expresar su sentimiento en palabras que suenan como una poesía. Quien le ha oído hablar de España (yo he tenido esa fortuna) y calificar de bendición de madre algo que de ella procedía, como reconocimiento de la gran labor hispanófila que Lummis ha realizado, sabe bien qué profundo sentido artístico hay en el ama viril y aventurera (sanamente aventurera) del autor de este libro.»

Pero, aunque Altamira celebra la publicación de Los exploradores españoles del siglo XVI, no deja de poner de relieve algunas inconsistencias o errores (y quizás esto sea la causa de que su prólogo desapareciera de algunas de las numerosas ediciones posteriores). Y Altamira concluye: «la manera eficaz de vindicar nuestra historia en todo lo que deba ser vindicado, consiste en saber de ella más y mejor que los que puedan tener, en cualquier momento, interés de contrahacerla, o simplemente carezcan del de mostrarla tal como fue en todos sus aspectos. Mientras nuestro conocimiento de lo que hicimos en cualquier orden de nuestra vida interior o exterior dependa de los libros extraños, nos encontraremos en una enorme inferioridad para intervenir en la polémica. Conquistemos en esto nuestra independencia mediante una persistente labor, y el resto se nos dará por añadidura.»

Pues bien, ¿qué interés conserva hoy este centenario texto? A pesar de que Lummis construye la imagen de los conquistadores españoles a partir de los pioneers del Far West; a pesar de que toma partido por unos (Pizarro, por ejemplo), y critica a otros en los que ve conductas o intenciones torcidas (Hernán Cortés). Y a pesar, lo que resulta más llamativo, de que un defensor de los indios norteamericanos descalifique por principio las culturas precolombinas: «aquellos sorprendentes seres, cuyo imaginado gobierno deja tamañita a cualquiera nación civilizada y moderna, no eran más que indios.» A pesar de todo ello, la obra de Lummis continúa siendo valiosa, tanto por facilitar un primer acercamiento a la exploración y conquista de América, como por constituir una excelente muestra de los enfrentamientos nacionalistas a la hora de imponer la propia interpretación del pasado.

viernes, 14 de abril de 2017

Atanasio de Alejandría, Vida de Antonio

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«En décadas recientes, los historiadores han abandonado la vieja cautela hacia las narraciones de milagros; y ha sido un acierto, puesto que tales narraciones nos dicen, sobre la sociedad no aristocrática y los valores religiosos y culturales, más de lo que podemos saber por las demás fuentes. No suponen una ventana abierta a la sociedad campesina, claro; ningún texto es así y estos, además, casi nunca fueron escritos por campesinos (aunque uno o dos sí lo fueron, como la Vida de Teodoro de Siqueón). Pero son la mejor guía que tenemos y, por muy sometidos al estudio que hayan sido, aun siguen teniendo más cosas que contarnos.» Y es que «los autores cristianos nos dicen más cosas de la mayoría campesina de lo que hicieron jamás los autores paganos. Los campesinos podían convertirse en santos, si eran excepcionales; también eran testigos de los actos notables de los santos y santas rurales, que vivían lejos de las élites urbanas, con lo cual las vidas de santos nos aportan retratos de la sociedad rural que faltan casi por completo en la literatura anterior. A fin de cuentas, los pobres podían ir al cielo con la misma facilidad que los ricos (y en la teoría cristiana, más fácilmente que ellos).» (Chris Wickham, El legado de Roma. Una historia de Europa de 400 a 1000, Barcelona 2013)

Atanasio (296-373), patriarca de Alejandría en Egipto, escribió esta biografía en 357, apenas un año después de la muerte de Antonio, cuando éste era más que centenario. Aunque no el primero, fue uno de los pioneros anacoretas, y será muy pronto denominado padre de los monjes. Hoy tiende a considerarse que no fue esta obra, escrita en griego e inmediatamente traducida al latín, y muy difundida, la que le dio su fama a san Antonio Abad, como acabará siendo conocido. Posiblemente fue al revés: Atanasio, uno de los personajes destacados de la Iglesia del siglo IV, protagonista en los conflictos relacionados con el arrianismo y el poder imperial ―cinco veces desterrado―, y con frecuentes relaciones con los monacoi tan abundantes en el desierto, es la voz autorizada para proporcionar una versión ortodoxa del personaje, que contribuya a la difusión de esta novedosa forma de ascetismo y a la instrucción de los que la practican.

En cuanto a la abundancia de lo prodigioso, los milagros, las apariciones repetidas de demonios (a las que sacaron tanto partido pintores como El Bosco) debemos interpretarlos en función de la época, y en buena medida de la propia influencia pagana. Chris Wickham, en la obra citada, señala como «para la mayoría de los paganos, el aire estaba lleno de poderosos seres espirituales ―daimones, en griego―, que a veces eran bondadosos, pero otras no (...) Para muchos cristianos ―incluidos los autores de nuestras fuentes, desde luego, pero también la gente corriente que aparece en las narraciones de las vidas de santos―, este mundo oculto pasó a ser concebido como claramente dividido en dos: los ángeles, buenos, y los demonios, malos (aun se usaba el término daimones).» Pues bien, en la obra que presentamos se puede observar un esfuerzo por desdramatizar este planteamiento: los demonios son por principio impotentes ante un cristiano, que por tanto no debe temerlos. Esta consideración que podemos atribuir tanto a Antonio como a Atanasio, paradójicamente contribuye, en contra de lo que a veces se suele manifestar, a secularizar la vida romana, tradicionalmente tan empapada de lo sagrado, lo numinoso, que limitaba poderosamente la autonomía personal, y hacía depender en buena medida el día a día del individuo, de la acción de sacrificadores y arúspices.

El Bosco, Tentaciones de San Antonio

viernes, 7 de abril de 2017

Ibn al-Qutiyya (Abenalcotía el Cordobés), Historia de la conquista de Al-Ándalus

Ilustración de Bob de Moor
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María Jesús Viguera Molins se refiere a esta obra como una «compilación seguramente puesta por escrito a mediados del siglo X, a la que se aplica el título de Historia de la conquista de al-Andalus (Tarij Iftitah al-Andalus), recogiendo transmisiones procedentes del gramático, poeta y narrador Muhammad Ibn al-Qutiyya: (“el hijo de la Goda”) Abu Bakr b. Umar b. Abd al-Aziz b. Ibrahim b. Isa b. Muzahim, que llevó también ―como algunos de sus antecesores y descendientes― ese apelativo de el hijo de la Goda, otorgado a los hijos del primer matrimonio de Sara la Goda (al-Qutiyya) con Isa b. Muzahim (m. 136 H./755 d. C.), en principio para distinguirlos de la descendencia de Sara y su segundo marido. Los hechos referidos por Ibn al-Qutiyya se encuentran contrastados y aprovechados por contribuciones sucesivas de la investigación, bien planteadas tanto en el marco general de la historia de España en el siglo VIII, como en el marco concreto relativo a Ibn al-Qutiyya, su familia de ilustres antepasados, entre ellos los witizanos, y su personalidad cultural, carácter y situación de su obra histórica, acerca de este característico sabio andalusí, nacido quizás en Sevilla o ya en Córdoba, en la última decena seguramente del siglo IX, y que murió en Córdoba en 367 de la Hégira 977 d. C.» (La conquista de al-Andalus según Ibn al-Qutiyya, Aljaranda 81, 2011)

Por su parte, María Isabel Fierro había valorado la obra que nos ocupa de este modo: «Ribera y otros investigadores interpretan… que Ibn al-Qutiyya se habría sentido próximo a los muladíes de al-Andalus por sus orígenes hispano-godos: recuérdese que su tatarabuela, Sara la Goda, era nieta del rey visigodo Witiza (…pero más bien) Ibn al-Qutiyya sería un partidario de la integración de las diferentes etnias que coexistían entre los musulmanes de al-Andalus, integración posible a partir de ese elemento común: la religión musulmana. Resumiendo, el contenido del Tarij refleja el punto de vista de un mawlà partidario de los omeyas, y de un ulema con una concepción moralizante de la historia: Ibn al-Qutiyya con su Tarij quiere enseñar que el poder otorgado por Dios a los omeyas en al-Andalus se mantendrá siempre y cuando éstos gobiernen con justicia (para lo cual necesitan rodearse de buenos y fieles consejeros, dar los cargos religiosos a musulmanes de intachable conducta y mantener buenas relaciones con los ulemas) y siempre y cuando sepan poner fin, con los métodos adecuados a cada caso, a las rebeliones de árabes, beréberes y muladíes.» (La obra histórica de Ibn al-Qutiyya, Al-Qantara, X, 1989).


viernes, 31 de marzo de 2017

Textos de Historia de España

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En 1929 los jóvenes profesores Sánchez Albornoz y Viñas presentaban así sus Lecturas históricas españolas: «De modo unánime se reconoce hoy que las lecturas históricas son la forma más eficaz para enseñar la historia a la juventud. De todas suertes, son el complemento forzoso de los manuales. En éstos se presentan los acontecimientos históricos obedeciendo a un sistema concatenado, aspirando a dar una visión de conjunto del pasado, y en su deseo de lograrlo dan entrada al mayor número posible de sucesos, exponen las más varias actividades de la sociedad y los pormenores biográficos de las grandes individuales. El resultado evidente es que entre tan espesa red de datos y de síntesis se escapa lo más atrayente y animado de la historia, y con ello lo más característico y sugerente de la misma. Con su empleo exclusivo el escolar asiste sin interés, e incluso con tedio, al desfile cansado y monótono de un cortejo de sombras. Rara vez consigue alguna de éstas prenderse en los repliegues del recuerdo, y al cabo de meses o de años, el estudiante llegado a madurez mira con desdén, sino huye con rencor, de la novela más rica en emociones, más sugestiva en enseñanzas, más variada y más compleja que puede imaginarse: la que los hombres todos o cada pueblo en su propio solar han ido escribiendo a través de siglos y milenios.»

Este planteamiento nos excusa de cualquier otra justificación para la miscelánea de textos histórico que comunico en esta entrada. Fueron preparados hace algunos años para uso de mis alumnos que cursaban Historia de España. Las veleidades de los programas oficiales, volcados en la contemporaneidad (pero ¿en qué época no ha ocurrido lo mismo? Véase la distribución de espacios y tiempos en las grandes historias de España ya difundidas aquí), explican hasta cierto punto la distribución de contenidos, que he corregido y aumentado mínimamente en esta ocasión. En total son quinientos textos, muchos muy breves, otros extensos. Unos presentan narraciones que se quieren veraces, disposiciones legales, documentos oficiales, informes administrativos… Otros, las elaboradas reconstrucciones históricas de sus propias épocas… También los que nos proponen sus planteamientos políticos o ideológicos, con intención de intervenir directamente en los acontecimientos… Y aún están aquellos en los que predomina el talante del espectador que, sin implicarse aparentemente en aquellos, nos los muestran a través de su mirada…

Una última reflexión. Los ilustres historiadores antes citados echaban en falta el uso de lecturas históricas en las aulas españolas, mientras que se usan «en todos los grados de enseñanza en los países que exigen una escrupulosa formación histórica en sus clases dirigentes. ¡Qué utilidad podrán reportar en España, pueblo sin memoria y con un atenuado sentido histórico!» Naturalmente la situación cambió, y con rapidez, y también aquí se hizo común su empleo. Pero aunque nos libramos de Escila, en ocasiones caemos en Caribdis, y convertimos el goce del acceso directo a los testigos de una época, en un premioso, maniático y ritualizado comentario (o cementerio, según Miguel D'Ors) de texto. Y trocamos ―mal negocio― un enriquecedor hablar con los muertos, por una cansina, repetitiva y pretenciosa autopsia forense.

viernes, 24 de marzo de 2017

Julián Ribera, Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana

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Claudio Sánchez Albornoz en su oceánica La España musulmana, señala al presentar su ramillete de textos andalusíes sobre los “Libros en Córdoba”: «Los cordobeses de la época califal amaban los libros. Sólo en el arrabal occidental de Córdoba se ganaban la vida copiando manuscritos 170 mujeres. Se publicaban al año en la ciudad sesenta mil volúmenes. El califa Al-Hakam reunió una biblioteca de cuatrocientos mil. Los nobles imitaron su ejemplo. Todos, magnates y estudiosos, rivalizaban en la adquisición de libros y en la formación de bibliotecas. Fue famosa la de Isa ben Futays. Había un floreciente increado de libros. Se pujaban en él las obras raras o lujosas. La noticia de uno de esos remates dice, más que ningún elogio, cuál había llegado a ser el gusto por el libro y la moda de reunirlos entre los cordobeses. Después, el dictador Almanzor, para congraciarse con los alfaquíes o teólogos, rígidamente intolerantes, y con las masas ignaras que les seguían, ordenó el espurgo de la magnífica biblioteca califal, única en Europa. Durante las revoluciones cordobesas, de principios del siglo XI, se perdieron ricos tesoros bibliográficos en los incendios y saqueos de Medina al-Zahra y de Medina al-Zahira y de los palacios de los grandes, y muchos de éstos hubieron de vender sus bibliotecas. Pero a pesar de tanto desastre, todavía a fines del siglo XII Córdoba era, según Averroes, la ciudad que poseía más libros.»

En realidad Sánchez Albornoz está espigando la información que recogió el autor de la obra que presentamos, así como sus discípulos y compañeros del arabismo de hace un siglo: «Los grandes maestros Ribera y Asín... —dice el autor de España, un enigma histórico— han dado un impulso decisivo a los estudios arábigos. Debemos al primero monografías de gran valor científico sobre la lengua, la literatura, la enseñanza, la música y las instituciones de la España musulmana. Ha revolucionado el segundo el conocimiento de la filosofía y la mística hispano-árabes. Ambos han descubierto horizontes insospechados sobre las influencias culturales de Al-Ándalus en el Occidente Europeo. Sus discípulos, ya maestros a su vez han continuado su labor por las sendas que ellos abrieron y han abierto otras nuevas, por lo que hace al arte, a la poesía, a la filología, al derecho... de la España islamizada.» Y más adelante: «Cada día va siendo aceptada por mayor número de estudiosos —y si no fuera de paternidad hispánica habría sido ya admitida sin contradicción— la teoría del maestro Ribera sobre el origen hispano-árabe de la música medieval de los trovadores y de los minnesinger. El gran patriarca del arabismo español ha ido marcando los cambios que los andaluces introdujeron en la música oriental —la transformaron de monódica en coral, y trocaron y vivificaron su tonalidad, su ritmo y su armonía— y ha ido señalando sus contactos con la música de aquende y de allende el Pirineo y las sendas por donde pudo llegar la arábigo-hispana hasta Provenza. Otra tesis del mismo Ribera, sobre el origen andaluz de la lírica europea, ha sido reforzada por los estudios de Nykl y ha sido demostrada en los últimos tiempos por un romanista de la talla de Menéndez Pidal.»

viernes, 17 de marzo de 2017

León de Arroyal, Pan y toros. Oración apologética en defensa del estado floreciente de España

Ilustración de Juillard
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La obra que hoy comunicamos fue un exitoso panfleto satírico político en defensa de las ideas políticas más innovadoras de su tiempo. Corrió manuscrito (atribuyéndose torticeramente su autoría a Jovellanos) por España desde 1793 o incluso antes, al rebufo de la polémica iniciada con los juicios críticos sobre España de los ilustrados como Montesquieu y Voltaire, incrementada con el artículo de Nicolás Masson en el tomo I de la Geografía de la Enciclopedia metódica, y contestada, entre otros, por la Oración apologética de Juan Pablo Forner. Pan y toros supone la asunción de las críticas francesas, y el cuestionamiento y rechazo expreso de la amalgama de nuevas ideas y tradición con las que Forner quiere responderles. Sólo será impresa a partir de 1812, y continuará apareciendo Jovellanos como autor. Su difusión fue grande, especialmente en los momentos de mayor agitación política. Y la expresión del título se convertirá en un lugar común, especialmente desde el estreno de la zarzuela Pan y toros, de Picón y Barbieri, en 1864.

En 1904, el hispanista francés Morel-Fatio solicitaba a su amigo Menéndez y Pelayo información sobre la autoría de esta obra, y éste le respondía así: «Quién fuera éste, no creo imposible averiguarlo. El mismo Carmena parece que nos pone en camino, describiendo (número 165 de su Bibliografía) un ejemplar que llevaba esta nota manuscrita: Esta obrita falsamente se atribuye a Jovellanos: su autor es D. Luis (sic) de Arroyal, escrita en 1792. Creo que este D. Luis es D. León del Arroyal, poetastro bastante conocido y cuyas ideas avanzadas se transparentan en muchos de sus Epigramas. Sospecho que son de Arroyal las curiosas Cartas Políticas que Rodríguez Villa publicó a nombre de Campomanes. Recuerde Vd. que una de estas cartas está fechada en Vara de Rey, 1787. Precisamente en ese pueblo de la provincia de Cuenca, que no sé si sería su patria, residía Arroyal cuando terminó sus escolios a los Dísthicos de Catón, 1787. El espíritu de las Cartas y el de Pan y Toros me parecen uno mismo, en lo que toca a la crítica de la antigua monarquía española, aunque en la oración se expresa con más violencia. Vd. dará a esta conjetura el valor que pueda tener, si es que tiene alguno.»

Esta intuición del polígrafo fue definitivamente confirmada por François Lopez en su «Pan y Toros». Histoire d'un pamphlet. Essai d'attribution. Bulletin Hispanique, tome 71, n°1-2, 1969. pp. 255-279, artículo del que extraemos la cita anterior. Así presentaba el destacado hispanista nuestra obra: «Dans le courant de l'année 1812, alors que, depuis un peu plus de trois ans, une relative liberté d'expression était pratiquement instaurée en Espagne et que discours, proclamations et journaux foisonnaient dans toutes les provinces, un imprimeur madrilène, Santiago Fernández, donna au public un pamphlet de trente-deux pages promis à une étonnante carrière. Il était intitulé : Pan y Toros. Oración apológica (sic), que en defensa del estado floreciente de España en el reynado de Carlos IV, dixo en la plaza de toros de Madrid, D. G. M. de Jovellanos. Quelques semaines après, une nouvelle édition de cette brochure sortait des presses de la Imprenta Patriótica à Cadix, et l'année suivante une traduction anglaise en était faite et imprimée à bord d'un navire britannique croisant en Méditerranée.

»Pour rencontrer un tel succès, il fallait que l'ouvrage fût d'actualité ou passablement scandaleux. De fait, il répondait bien à ces deux conditions, par la violente diatribe qu'on y trouvait contre l'Inquisition et par ses attaques furibondes contre le clergé et les dévotions populaires. Certes, l'ardent réquisitoire de Pan y Toros ne se bornait pas à cela. Mais, au moment où le public attendait le grand affrontement qui, dans l'enceinte des Cortès, devait opposer partisans et adversaires du Saint-Office, il était naturel que les libéraux n'y vissent qu'une satire anticléricale et le pendant, en somme, du Diccionario crítico-burlesco de Gallardo qui venait de soulever un beau tumulte. Avec le rétablissement de l'absolutisme et de l'Inquisition, sa carrière qui avait si bien débuté se trouva évidemment interrompue, mais le libelle condamné ne tomba point pour autant dans l'oubli, car, durant le triennat constitutionnel qui succéda à cette période, les éditions reprirent avec une exubérance exceptionnelle. Pour la seule année 1820, en effet, on n'en connaît pas moins de treize. Vint ensuite une nouvelle ère de répression et donc une nouvelle condamnation qu'enfreignirent du reste deux impressions furtives sans doute faites en Espagne et deux ou trois éditions parisiennes de 1826 dont de nombreux exemplaires durent passer les Pyrénées. Enfin, à partir du ministère Mendizábal, Pan y Toros sort à nouveau de la pénombre et bénéficie de 1836 à 1884 d'une très large diffusion, tantôt publié en brochure, tantôt inclus dans les oeuvres de Jovellanos.»

viernes, 10 de marzo de 2017

Juan Pablo Forner, Oración apologética por la España y su mérito literario

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Tradicionalmente se percibió a Juan Pablo Forner (1756-1797) a través de la visión encomiástica de Menéndez Pelayo: «Forner, aunque malogrado a la temprana edad de cuarenta y un años, fue varón sapientísimo, de inmensa doctrina al decir de Quintana, que por las ideas no debía admirarle mucho; prosista fecundo, vigoroso, contundente y desenfadado, cuyo desgarro nativo y de buena ley atrae y enamora; poeta satírico de grandes alientos, si bien duro y bronco; jurisconsulto reformador, dialéctico implacable, temible controversista y, finalmente, defensor y restaurador de la antigua cultura española y caudillo, predecesor y maestro de todos los que después hemos trabajado en la misma empresa (...) No ha dejado ninguna construcción acabada, ningún tratado didáctico, sino controversias, apologías, refutaciones, ensayos, diatribas, como quien pasó la vida sobre las armas, en acecho de literatos chirles y ebenes o de filósofos transpirenaicos. Su índole irascible, su genio batallador, aventurero y proceloso, le arrastraron a malgastar mucho ingenio en estériles escaramuzas, cometiendo verdaderas y sangrientas injusticias, que, si no son indicios de alma torva, porque la suya era en el fondo recta y buena, denuncian aspereza increíble, desahogo brutal, pesimismo desalentado o temperamento bilioso, cosas todas nada a propósito para ganarle general estimación en su tiempo, aunque hoy merezcan perdón o disculpa relativa.»

Y más adelante continúa: «Forner, enemigo de todo resto de barbarie y partidario de toda reforma justa y de la corrección de todo abuso, como lo prueba el admirable libro que dejó inédito sobre la perplejidad de la tortura y sobre otras corruptelas introducidas en el derecho penal, fue, como filósofo, el enemigo más acérrimo de las ideas del siglo XVIII, que él no se cansa de llamar siglo de ensayos, siglo de diccionarios, siglo de diarios, siglo de impiedad, siglo hablador, siglo charlatán, siglo ostentador, en vez de los pomposos títulos de siglo de la razón, siglo de las luces y siglo de la filosofía que le daban sus más entusiastas hijos. Contra ellos se levanta la protesta de Forner más enérgica que ninguna; protesta contra la corrupción de la lengua castellana, dándola ya por muerta y celebrando sus exequias; protesta contra la literatura prosaica y fría y la corrección académica y enteca de los Iriartes; protesta contra el periodismo y la literatura chapucera, contra los economistas filántropos, que a toda hora gritan: humanidad, beneficencia, y protesta, sobre todo, contra las flores y los frutos de la Enciclopedia. (… Y) aprovechó un instante de tregua para lanzar contra los enciclopedistas franceses su Oración apologética por la España y su mérito literario, (en respuesta a) un geógrafo oscuro, Mr. Masson de Morvilliers.»

Naturalmente, esta apreciación le situó, por mucho tiempo, entre las filas mal denominadas reaccionarias. Hubo que aguardar a las interpretaciones mucho más ricas de José Antonio Maravall y de François Lopez para obtener una percepción más completa de su compleja y poliédrica posición política. Pedro Carlos González Cuevas, en su Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días, lo sintetiza así: «Otro protonacionalista español de la época es Juan Pablo Forner. Pero con el extremeño entramos en otro horizonte filosófico, muy distinto al de Zeballos o el de los jesuitas expulsos. Forner era acérrimo partidario del absolutismo real, en cuanto éste suponía una racionalización del Antiguo Régimen. En este sentido, para Forner la monarquía debía ser regalista y el absolutismo implicar anticlericalismo. Por ello, José Antonio Maravall ha aportado una coherencia a toda la obra forneriana en el sentido de introducir las nociones significativas de nación y patria como conceptos anuladores de las diferencias entre el Forner racionalista e ilustrado y el Forner supuestamente reaccionario. Forner es, ante todo, un nacionalista español, cuyo objetivo es defender a España de las acusaciones de incultura y brutalidad proferidas por Masson de Morvilliers y otros ilustrados franceses. En su célebre Oración apologética por España y su mérito literario, el extremeño ataca a Rousseau y Voltaire como sofistas ultramontanos y hace un balance positivo de la cultura española desde la época romana a la de Carlos III para apostar claramente por las ciencias experimentales, las únicas realmente útiles. Aunque reconoce que no hemos tenido un Cartesio o un Newton, hemos tenido justísimos legisladores y excelentes filósofos prácticos.»

viernes, 3 de marzo de 2017

Nicolás Masson de Morvilliers, España, dos versiones del artículo de la Encyclopédie méthodique

Hugo Pratt
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Víctor Cases, en su La polémica España de Masson de Morvilliers, encuadra así las circunstancias de la obra que nos ocupa, y la polémica que originó: «En 1782 salía a la luz el primer volumen de la Géographie moderne que formaba parte de la Encyclopédie méthodique editada por Charles-Joseph Panckoucke. En principio pocos podían esperar que este título ―uno de los 210 que componen la vasta empresa que duró medio siglo...― diera lugar a uno de los debates más acalorados y prolíficos de la España de finales del siglo XVIII. A pesar de que el pasaje ha sido citado en numerosas ocasiones, conviene refrescarnos la memoria: “¿Pero qué se debe a España? Y desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace diez, ¿Qué ha hecho ésta por Europa? Se parece hoy a esas colonias débiles y desgraciadas, que necesitan sin cesar el brazo protector de la metrópoli: hay que ayudarla con nuestras artes, con nuestros descubrimientos; se parece incluso a esos enfermos desesperados que, sin conciencia de su enfermedad, rechazan el brazo que les da la vida. Sin embargo, si hace falta una crisis política para sacarla de  este vergonzoso letargo, ¿qué es lo que espera aún? ¡Las artes están dormidas en ella; las ciencias, el comercio! ¡Necesita nuestros artistas en sus manufacturas! ¡Los savants están obligados a instruirse ocultando nuestros libros! ¡España carece de matemáticos, de físicos, de astrónomos, de naturalistas!”

»El fragmento no es sino un simple botón de muestra de las abundantes críticas vertidas en la entrada “Espagne” del primer volumen de la Géographie moderne, firmada por Nicolas Masson de Morvilliers. Como vemos, el texto dista de ser una descripción objetiva de los méritos y las deudas de la nación española, cuyos defensores no podían dejar pasar la ocasión de reivindicar una vez más las excelencias de una patria que soportaba una leyenda negra que influyó profundamente en la imagen que la conciencia española poseía de sí misma. Si bien hacia el final del artículo Masson de Morvilliers reconoce que en la actualidad puede hablarse de una tímida recuperación de España, avalada por las buenas medidas gubernamentales que tienden a corregir los déficits del reino, por la penetración de la filosofía en el territorio (que es fundamental, sin duda, subraya Masson, para derribar los prejuicios y supersticiones) y por el hecho de que los hombres de mérito, sea cual sea su  cuna, han  comenzado a ocupar determinados cargos públicos; si bien el autor francés ofrece algunos motivos para la esperanza, la polémica evidentemente ya está servida: el español es indolente, perezoso, apático, leemos en la Encyclopédie méthodique, España es un “pueblo de pigmeos”, “pobre en mitad de sus tesoros.” “El español tiene aptitud para las ciencias, dispone de muchos libros, y, sin embargo, es quizá la nación más ignorante de Europa. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que necesita la licencia de un fraile para leer y pensar?”

»Como es obvio, las respuestas no tardaron en llegar. En 1784, aparecen las Observations de M. l’abbé Cavanilles sur l’article “Espagne” de la Nouvelle Encyclopédie, que fueron traducidas ese mismo año al castellano. Eminente botánico español afincado en París desde hacía varios años, Antonio José Cavanilles afirma que “estaba reservado a Mr. Masson el ofrecernos un modelo de la ignorancia más reprehensible y la más atrevida presunción” (…) La réplica del abate Cavanilles fue contundente, como lo será también la de Carlo Denina, que aparecerá dos años más tarde y, al igual que las Observations, será traducida inmediatamente al castellano. Pero la magnitud de la ofensa requería una respuesta institucional, y de este modo se anunciaba en la Gaceta de Madrid del 30 de noviembre de 1784 el nuevo tema propuesto por la Real Academia para el concurso de elocuencia del año siguiente: “Para la Oratoria. Una apología o defensa de la Nación, ciñéndose solamente a sus progresos en las ciencias y las artes, por ser esta parte la que con más particularidad y empeño han intentado obscurecer su gloria algunos escritores extranjeros, que llevados de sus engaños y faltos de seguras noticias, han publicado obras llenas de injurias e imposturas”. A partir de aquí comienza a gestarse la Oración apologética por la España y su mérito literario de Juan Pablo Forner.»

Y más adelante hace referencia a «la versión española publicada diez años más tarde, cuando vio la luz en la Imprenta de Sancha de Madrid la traducción de Juan Arribas y Soria y Julián de Velasco. Como cabía esperar, el artículo “España” de nuestra Geografía moderna no es una traducción literal de las páginas firmadas por Nicolas Masson de Morvilliers, sino una versión muy libre que parte de algunas (sólo algunas) de las reflexiones del autor francés e incorpora otras muchas cuestiones, entre ellas una relación exhaustiva de los reyes que han pasado por la Península o una historia de la monarquía hispana mucho más extensa e infinitamente más elogiosa que la trazada por Masson de Morvilliers, para terminar componiendo una apología de una nación cuyos literatos, teólogos, matemáticos y médicos ―leemos en las reflexiones finales del artículo― han inspirado en no pocas ocasiones a los tan cacareados savants extranjeros, ocupados en “las vanas sutilezas de la metafísica.”»

viernes, 24 de febrero de 2017

Los filósofos presocráticos. Fragmentos y referencias (siglos VI-V a. de C.)

Crónicas de Nuremberg (1493)
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Guillermo Fraile, en el tomo I de su Historia de la Filosofía, los presenta así: «La invasión dórica en el siglo XII obligó a emigrar a los jonios, los cuales buscaron refugio en las costas e islas adyacentes del Asia Menor, fundando numerosas colonias, consolidadas en el siglo VIII por una nueva oleada de emigraciones. En esas colonias (Mileto, Éfeso, Clazomenes, Samos…), en contacto directo con las culturas del Oriente Proóximo, nace la Filosofía. La importancia de este período es extraordinaria. El hecho de que la Filosofía griega culmine en los grandes pensadores atenienses del siglo IV ha repercutido sobre los que les anteceden, haciéndoles aparecer con el carácter de precursores. Ciertamente lo son, en cuanto que preparan el advenimiento de las grandes concepciones sistemáticas helenas. Pero tienen por sí mismos un alto valor. Aun cuando Grecia no hubiese llegado a las cumbres de Platón y Aristóteles, solamente las especulaciones de los presocráticos le darían derecho a ocupar un puesto destacado en la historia del pensamiento.

»El siglo y medio que transcurre entre Tales de Mileto y los sofistas constituye un período sumamente rico de vida intelectual. En contraste con la lentitud oriental, el pensamiento heleno sorprende por su brillante rapidez. Apenas comienzan a filosofar los griegos, imprimen a la especulación un impilso y un ritmo desconocido hasta entonces. La Filosofía, recién nacida en las primeras respuestas de los milesios al problema de la Naturaleza, se remonta rápidamente a las audaces concepciones de Heráclito, Parménides, Empédocles, Anaxágoras y los atomistas. El panorama intelectual es muy movido, Las controversias entre los filósofos contribuyen a afinar los conceptos y a crear una verdadera técnica filosófica. Rápidamente van surgiendo los problemas fundamentales, aunque todavía en forma embrionaria e implicados unos en otros. Aparecen también los primeros intentos de solución, aun cuando haya que reconocer que la importancia de los presocráticos consiste más en el hecho mismo de haberse planteado los problemas que en las soluciones concretas que les pudieron ofrecer.

»Los presocráticos elaboran sobre la marcha muchas nociones importantísimas: de ser y de hacerse, de sustancia y accidente, de movimiento y quietud, de naturaleza común y seres particulares, de realidad y de fenómenos, de materia y espacio, de finito e indefinido, de limitado e inlimitado, de tiempo y eternidad, de conocimiento sensitivo e intelectivo, de lleno y vacío, de divisible e indivisible, de número y medida, de identidad y contradicción, de ciencia y de opinión, de causa y efecto, de orden y de ley, de responsabilidad moral y de sanción, etc., etc. También se esbozan claramente las tendencias fundamentales que prevalecerán a lo largo de la Historia del pensamiento: realismo e idealismo, monismo y dualismo, mecanicismo y dinamismo, etc. En este aspecto los presocráticos pueden considerarse como precursores no sólo de Sócrates, sino de toda la Filosofía europea.»

Y más adelante concluye: «Los positivistas del siglo [ante]pasado saludaron con alborozo el acontecimiento del paso del mito a la ciencia, realizado en el suelo de Grecia, y que significaría una manifestación más del milagro helénico. Esto quiere decir que en Grecia, para explicar los fenómenos de la Naturaleza, se habrían sustituido por vez primera los espíritus por causas naturales, y la voluntad arbitraria de los dioses por leyes fijas y necesarias. La expresión tiene un cierto fondo de verdad. Pero es demasiado simplista para ser exacta. El tránsito a la ciencia se realiza en Grecia, pero tampoco de una manera rápida y total. En su primer período la Filosofía conserva todavía en gran parte la forma mitológica y antropológica. Las primeras tentativas de una representación racional del Universos arrastran por mucho tiempo un lastre considerable de mitos y alegorías. En los presocráticos perduran muchos elementos de los antiguos poemas cosmogónicos, mezclados con otros de procedencia órfica, o de una inspiración moral y religiosa muy semejante, como sucede en el pitagorismo y en Empédocles.»

William Russell Flint, The Odissey of Homer, 1924

viernes, 17 de febrero de 2017

José Gutiérrez-Solana, La España negra

Autorretrato
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Un viejo conocido nuestro, don Jorgito el Inglés, ejemplarmente traducido por Azaña, nos deleitó con la descripción de una España que era, al mismo tiempo, la de su tiempo y la suya propia, fabricada desde el romanticismo, desde los prejuicios británicos, y sobre todo desde la misma emanación avasalladora de su personalidad. El gran pintor José Gutiérrez-Solana (1886-1945) publica en 1920 La España negra, en la que lleva a cabo un proceso comparable de construcción de la realidad. Tras una pesadilla en la que se ve a sí mismo cadáver, emprende un animado aunque deslavazado viaje que le conduce por Santander, las dos Castillas, Aragón y Zamora. Y en todas ellas contempla y describe una sociedad intemporal de máscaras y autómatas de mecanismos rotos. La crítica y condena es patente, los dicterios son gruesos y tajantes. Y sin embargo… cierta paradójica combinación de distanciamiento y ternurismo disfrazado, impide que la caractericemos de inmisericorde.

Camilo José Cela, en su discurso de recepción en la Real Academia Española (1957) lo expresó así: «Solana se fabricó, a su imagen y semejanza, un mundo en el que vivir, otro en el que agonizar y aún otro, trágico y burlón, en el que morir. Los personajes, los temas y los escenarios de Solana hacen eclosión, como la flor que se abre, en sus primeras páginas y ya no le abandonarán hasta su muerte. Sus chulos, sus criadas, sus mendigos, sus sacamuelas, sus charlatanes, sus boticarios, sus carreteros, sus pellejeros, sus modistillas, sus horteras, sus soldados, sus organilleros, sus criminales, sus cajistas, sus monstruos, sus enfermos, sus encuadernadores, sus verdugos —aquellos verdugos que, ¡vaya por Dios!, iban perdiendo la afición—, sus chalequeras, sus peinadoras, sus tullidos, sus traperos, sus curas, sus zapateros y sus cigarreras, toda la abigarrada fauna ibérica de la que quiso rodearse, formó, en apretadas filas, en compacto y bullidor batallón, tras Solana, que gozaba, como un niño que descubre y que se inventa el mundo, sabiéndose escoltado por tan fiel —y saltarín y entrañable— guiñol de cristobitas de carne y hueso.»

Y más adelante: «El mundo de Solana en este libro —no olvidemos su título— es aún más sombrío que en los anteriores y su musa parece como gozarse en bucear la España más amarga, más estática, más seca y monstruosa.» Y aún después: «Quisiéramos ahora añadir que este viejísimo mundo en que Solana se movía y hacía moverse a sus criaturas, fue, en él, un mundo inventado, un mundo creado y vuelto a crear, desde el principio al fin y una vez y otra, para su mejor y más emocionado reflejo: un mundo estrenado —en su tiempo— por él; un mundo de primera mano, no obstante su aspecto de trasnochado bazar de chamarilero o de abigarrado y sangrante escaparate de casquero. Pudiera decirse que la España de Solana —o, mejor, la sola España de Solana— no es España o, dejémoslo aún más claro, no es toda España. Probablemente, no se encontrarían razones lo bastante sólidas para contradecir o, al menos, desvirtuar tal aseveración. Y, sin embargo, tampoco podría negarse —quien este argumento esgrimiera— a admitir que la España de Solana sí fue, en su macabra violencia, en su doliente desnudez, un poco el alcaloide de la España eterna, de la España que duerme —a veces con hambre saltándole en la panza— con la cabeza debajo del ala sin plumas y, en la cabeza, las más estrafalarias y descomunales figuraciones.»

Y Gregorio Marañón, en su discurso de contestación aporta esta consideración: «¿Cuál era la limitación de Solana, la de sus libros como la de su pintura? Sin duda, su sinestrismo, o sea, la incapacidad de ver, en el panorama del mundo, todo aquello que no fuera infeliz, funesto o aciago. Este sinestrismo es distinto de lo que hoy se llama tremendismo. El sinestrismo es una actitud nativa, del espíritu y no de los ojos, no exenta de ternura, llena de profundidad filosófica, que si unas veces parece descarada, otras encubre una intención ascética. Mientras que el tremendismo es un gesto artificioso, superficial y casi siempre insincero, hecho de deliberada batahola para impresionar a los demás. No hay confusión posible. El sinestrismo es una noble actitud, que ya aparece en la Biblia, que tiene su gran esplendor, de verdadero espíritu de siglo, en la Edad Media, como apunta Cela, en relación con Solana, y que se extingue después, por lo menos como actividad colectiva, a medida que la humanidad progresa y se hace más fuerte y más alegre.»

El cartel del crimen (1920)

viernes, 10 de febrero de 2017

Francisco Pi y Margall, Las Nacionalidades

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De Francisco Pi y Margall (1824-1901) ya hemos comunicado La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales, obra con la que en 1855 intenta proporcionar al liberalismo una base ideológica rigurosa. Con ella podemos considerar que inicia su carrera política, desde entonces encuadrada en el ámbito republicano federal y demócrata. Apenas veinte años después, ya convertido en uno de los referentes del movimiento, ocupará el ministerio de la gobernación y luego la presidencia de una república a la que se ha llegado de un modo que él rechaza: por medio de la decisión de una asamblea parlamentaria, en lugar de mediante una constelación de levantamientos revolucionarios por toda la geografía española. Serán unos breves meses —de febrero a junio, y de junio a julio de 1873— en los que sus principios ideológicos, políticos e incluso morales, chocarán con una confusa realidad en la que se entremezcla la lucha política entre republicanos conservadores, centristas e intransigentes, sobre el telón de fondo de las guerras cubana, carlista y cantonales. Durante la república autoritaria de 1874 y la subsiguiente Restauración, Pi mantendrá sus principios y su vida política activa, por lo menos hasta la muerte de Alfonso XII.

Reflejará su valoración de estos acontecimientos recientes con los que se ha intentado llevar a la práctica sus planteamientos en su La República de 1873. Apuntes para escribir su historia. Vindicación del autor. Y a continuación redactará un nuevo texto teórico para fundamentar su defensa del federalismo, que publicará en 1876: Las Nacionalidades, que aquí presentamos. Supone un esfuerzo para justificar sus principios mediante el análisis de la organización política de cuatro estados federales: el Imperio Alemán, los Estados Unidos, el Imperio Austríaco, y Suiza. Y, en consecuencia, la conveniencia de su aplicación en el caso español para superar los errores del unitarismo. La obra merece la pena por retrotraernos a su época y a sus planteamientos radicales pero aún plenamente liberales, por más que flirtee con el naciente socialismo.

Pero aun posee otros valores que quizás pueden resultar más sorprendentes e innovadores en su época. El catalán Pi y Margall se siente profundamente español desde el punto de vista histórico, político y (lo que quizás era más importante para él) cultural: fue un excelente literato y editor de grandes obras de la literatura, como la Historia de España de Mariana. Y sin embargo en esta obra nos resulta gratamente refractario a los excesos nacionalistas entonces ya comunes y habituales desde todas las posturas políticas. Así, sostiene que las naciones no dependen ni de las lenguas, ni de las fronteras naturales, ni de la historia, ni de las razas. Abunda en lo contradictorio, opuesto y nocivo de todos estos criterios, especialmente el último de ellos, que relaciona con las ideas de Haeckel. Naturalmente, la solución que propone será que cualquier nación es, en último caso, resultado del pacto, de la decisión de convivir. Y lo ejemplifica en el caso suizo: «Dentro de la misma Europa hay una nación que corrobora lo que estoy diciendo. Me refiero a Suiza, compuesta de veintidós cantones o Estados. De estos cantones, unos son por su origen alemanes, otros franceses, otro italiano; unos son protestantes, otros católicos; unos entraron libremente en la Confederación, otros por la fuerza; unos empezaron por ser meros aliados de la república, otros meros súbditos. Viven, sin embargo, formando todos tranquilamente un solo cuerpo, sobre todo desde que establecieron en toda su pureza los principios democráticos, y como los Estados Unidos, les dieron la nación por salvaguardia y escudo.»

viernes, 3 de febrero de 2017

Isidro Gomá y Tomás, Apología de la Hispanidad

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Ángel Ganivet, en su Idearium español (1897), escribía: «La idea de fraternidad universal es utópica; la idea de fraternidad entre hermanos efectivos es realísima; y entre una y otra existen gradaciones que participan de lo utópico y de lo real: las relaciones fraternales que engendra la vecindad, la conciudadanía, la raza, el idioma, la religión, la historia, la comunidad de intereses o de cultura. Yo he tenido ocasión de tratar a extranjeros de diversas naciones y a hispano-americanos, y no he podido jamás considerar a los hispanoamericanos como a extranjeros. No es que yo tenga una idea preconcebida ni que desee hacer alarde de sentimientos fraternales por el estilo de los que usa un orador o un propagandista para emocionar a su auditorio: es que noto que con un hispano-americano estoy en comunicación intelectual apenas hemos cruzado cuatro palabras; en tanto que con un extranjero necesito muy largas relaciones, muchos tanteos para conseguir entenderme con entera naturalidad: en un caso voy sobre seguro, porque sé que existe una comunidad ideal que suple la falta de confianza; en otro he de comenzar por apoyarme sobre las reglas banales de la urbanidad, hasta que con el tiempo voy allanando las dificultades que presenta el entenderse con una persona extraña, cuando no se posee, como yo no poseo, la flexibilidad necesaria para sacrificar las ideas y sentimientos propios en aras de las conveniencias sociales.»

El nacionalismo español de la época de los sucesivos desastres del penúltimo cambio de siglo ―1898, 1921, 1936―, buscará consuelo en la comunidad hispanoamericana, tan sentida y constatada como imaginada y proyectada. Lejos ya de cualquier pretensión de superioridad sobre las ahora consideradas repúblicas hermanas, se recalcan los elementos que se consideran compartidos: lengua, cultura, religión… Y esto se llevará a cabo desde las más contrapuestas orillas ideológicas. Buena prueba de ello lo constituirá el nutrido exilio ―transtierro, lo llamó José Gaos― tras la guerra civil, que reinsertará en las sociedades de la América Latina a un buen número de españoles, especialmente en Méjico, los cuales dejarán abundantes testimonios de su percepción de la Hispanidad. En este sentido el franquismo no inventará nada, simplemente incluirá en su visión del mundo y de la historia esta construcción ideológica. Pero su utilización ―con frecuencia más retórica que otra cosa― presentará dos rasgos decisivos: por un lado su hispanoamericanismo bebe de las fuentes más conservadoras y tradicionalistas (Maeztu, García Villada…); por otro el régimen autoritario que es le permitirá monopolizarlo, y hasta cierto punto identificarse con él. Lo cual conducirá necesariamente a una debilitación del concepto, especialmente con los grandes cambios ideológicos y sociales que cristalizan a partir de los años sesenta, y al consiguiente rechazo que le mostrarán.

La breve obra que presentamos es una conferencia pronunciada por el entonces arzobispo de Toledo Isidro Gomá (1869-1940) en el teatro Colón de Buenos Aires, con motivo del Congreso Eucarístico internacional de 1934. Aún está lejos el paradójico Gomá de la guerra civil, que por un lado supone el apoyo eclesiástico al bando autodenominado nacional, y por otro la resistencia a la fascistización del nuevo estado, en defensa de un indefinido estado católico, como ha estudiado José Andrés-Gallego. En el texto que presentamos, junto con la crítica de la denominada leyenda negra, se insiste ante todo en el carácter católico que percibe como decisivo en el concepto de Hispanidad. Incluimos como apéndice un breve artículo de 1944, en el que Zacarías de Vizcarra, al que tanto Maeztu como Gomá habían atribuido la creación del término Hispanidad, expone el origen de su nuevo uso político-cultural.

Cozzi. Ilustración para la portada de Pelayos 16-10-1938